Por Judith Herrera Cabello
«Todos somos insignificantes y estúpidos”. Con resignación encantadora, Joy (Stephanie Hsu) le aclara a su madre Evelyn (Michelle Yeoh) —ambas personificadas como voces de rocas inertes en un planeta sin vida— que la humanidad ha pasado gran parte de su historia, si no acaso toda, matándose por tonterías egocéntricas cuando el universo es infinito, desconocido y por sobre todo una suma de eterna confusión.
Se trata de una de las escenas de la película que se llevó los premios más importantes la noche de los Oscar de este año, Todo en Todas Partes al Mismo Tiempo (Everything Everywhere All at Once, 2022, Daniel Kwan y Daniel Scheinert), y que destaca una de sus temáticas claves: somos insignificantes y eso… significa tanto.
Pero rebobinemos un poco.
EEAAO, sigla en inglés que se ha popularizado al hablar del film considerando lo larguísimo de su título, cuenta una historia que une varios géneros y que tiene como pieza central a Evelyn Quan Wang, inmigrante China en Estados Unidos dueña de una lavandería que está en problemas con el Servicio Interno de Impuestos, donde Deirdre Beaubeirdre (Jamie Lee Curtis), ejecutiva de la institución, la tiene entre ceja y ceja.
No es lo único en problemas pues son varios los aspectos de su vida que están desarmándose.
Su hija Joy quiere presentarle su novia Becky (Tallie Medel) a su abuelo Gong Gong (James Hong); pero Evelyn lo impide porque, a su juicio, terminaría de pésima forma por las diferencias generacionales, lo cual es solo la punta del iceberg en la compleja relación madre-hija; mientras, su esposo Waymond Wang (Ke Huy Quan) siente que el matrimonio ya no funciona y está a punto de entregarle los papeles para divorciarse.
La historia, que se divide en tres fases (Todo, En Todas Partes y Al Mismo Tiempo), toma lo que debería ser una simple auditoría como el punto de partida para introducir los elementos que hacen que la película no sea solo una comedia dramática, sino que sume ciencia ficción al momento en que Waymond se vuelve un artista marcial con dotes de espía y revela que existe el multiverso.
De ahí, el resto es una excelente narrativa que mezcla distintos géneros con habilidad, sin olvidar el humor, y que pincela temas filosóficos con índole existencialista que, de manera simple, desarrollan una tesis que sin bañarse de azúcar entrega un mensaje de aceptación propia, cariño incondicional y nihilismo optimista.

La peor versión
Si bien, las escenas del multiverso con la temida Jobu Tupaki, contraparte villanesca y nihilista de Joy, resaltan al momento de hilar el relato, no son más que un muy buen desarrollado macguffin que los directores no tienen como objetivo profundizar, ni deberían tenerlo. EEAAO no busca ser ciencia ficción dura, su explicación simple sirve para contar la historia de Evelyn: cada decisión, cada acción, origina otro universo.
Eso sí, la falta de mayor información respecto del cómo funcionan las conexiones en el multiverso ha sido una de las críticas que han levantado los detractores del film, junto con mencionar lo reutilizado del mensaje donde el amor lo puede todo como solución. Si bien pueden ser comentarios válidos, la identidad y tesis de la película entregan suficiente material para estar satisfecho.
Y es que al centro está ella, la versión más patética y perdedora de las decenas que existen y han existido. La que nunca logró nada de valor con su vida, que vive de amarguras y arrepentimientos. Que ha olvidado cómo querer sin dañarse a sí misma y a quienes le rodean.
Es quien debe salvar al universo en una excelente subversión al arquetipo del “único”, esos chosen one como en Matrix (1999, Lilly Wachowski y Lana Wachowski) o Buffy la Cazavampiros (Buffy The Vampire Slayer, 1992, Joss Whedon) que por sus sorprendentes habilidades y demases ha sido seleccionado para proteger a la humanidad.
En el caso de Evelyn, la película no se cansa de jugar y hacer reír con lo lamentable que es la versión que seguimos. A diferencia de esa otra en que es artista marcial, o la chef, la Evelyn que se casó con Waymond no logró nada… a su parecer. Dejó a sus padres, exiliada por su decisión de contraer matrimonio; puso una lavandería que nunca quiso y se embarazó; colecciona pasatiempos sin destacar en ninguno; y no soporta a su pareja.
De acuerdo con el Waymond del universo Alpha, son precisamente esas características las que la posicionan como la mejor para enfrentarse a Jobu Tupaki. ¿Por qué? ¿qué tiene de especial la menos especial de todas?
En otra historia vendría el momento en que la protagonista se entera de sus poderes secretos, descubre un don que se activa justo en ese instante o ¡se da cuenta de que la han engañado y sí es poderosa!
Veamos un poquito del diálogo entre ella y Waymond:
—No soy buena en nada.
—Exactamente. He visto a miles de Evelyn, pero nunca a una Evelyn como tú. Tienes tantos objetivos que nunca has terminado, sueños que nunca has conseguido. Estás viviendo tu peor yo (…) Cada fracaso aquí se ramifica en un éxito para otra Evelyn, en otra vida. La mayoría de la gente solo tiene unas pocas rutas vitales alternativas significativas, tan cerca de ello. Pero tú, aquí, eres capaz de todo porque ya eres muy mala en todo.
EEAAO juega con el tropo y lo transforma: porque sí, Evelyn es especial, y minutos después de que Waymond le dé ese discurso la vemos convertida en una tremenda artista marcial, golpeando traseros por doquier sin temor, cumpliendo la especie de profecía.
Sin embargo, la subversión tiene una segunda capa que brilla y le da cuerpo a la tesis. Toma lo que dijo Waymond y la idea de que esta Evelyn, la que ha facilitado el éxito de esas otras por sus malas decisiones, mediante las habilidades que puede adquirir —estando en el centro de las Evelyns más capacitadas— derrotará a Jobu Tupaki, y le da un giro: pues “vencer” a su hija no lo logra por esas otras versiones triunfadoras.
No lo hace con patadas voladoras, ni un poder sobrenatural. Lo hace como ella, como Evelyn, lo hace comprendiendo a su hija, a su esposo y a sí misma.
Todo es amor
Entramos al segundo ciclo de la película: En Todas Partes. Vale la pena volver a destacar una vez más que los Daniels no se hacen problemas en explicar su multiverso, las muertes que ha provocado Jabu, o las realidades paralelas que se conectan en este punto. Acá lo que importa es la narrativa sentimental que ata a la familia Wang y que da pie a que se empiece a tejer el futuro clímax.
Bajo el alero de la ciencia ficción, Jabu se enfrenta a Evelyn en una pelea cuya estética es preciosa, resplandeciente en blancos luminosos, donde nos presentan a la Dona, arma de destrucción masiva.
Acá Jabu plantea: “cada versión de Joy es Jabu… he sentido todo lo que tu hija ha sentido y conozco la alegría y el dolor de tenerte como madre».
Evelyn se defiende, afirma con seguridad que todo lo que ha hecho y que hace es por su hija, lo correcto para ella, pero Jabu, no, Joy a estas alturas, argumenta que “lo correcto es una cajita inventada por la gente que tiene miedo y sé lo que se siente al estar atrapada dentro de esa caja”.
Nos visita un pequeño flashback del inicio: una Joy desesperada por presentarle a su abuelo su novia y la negación de su madre que bien pasa como rechazo. Y ahora, de nuevo, su pobre defensa: “[Tu abuelo] es de una generación diferente”, dice Evelyn, pero ya con duda.
Los siguientes minutos son su momento más bajo: derrotada tras observar la Dona, absorbida en el pesimismo y en la depresiva realidad que hundió ya a Joy quien «solo buscaba a alguien que pudiera ver lo que yo veo, sentir lo que yo siento».
Ahí viene la frase, el singular «nada importa» que pronuncia Evelyn. Lo dice con un amargo desánimo. Y en paralelo, la Evelyn más triunfadora le rompe una vez más el corazón a ese Waymond que también salió adelante. Y en otra línea, arruina su propia fiesta, describiendo la pesadilla que es su vida, su monotonía, y firmando el divorcio. Y así, y así, cada una de las versiones que hemos seguido lo echa todo a perder.
«Solo una vida, momentos de fractura, de contradicciones y confusión», narra Joy momentos antes de una de las secuencias más icónicas con distintas Evelyn viviendo un momento de triste resignación que se traduce en catarsis.
Entramos al comienzo de este ensayo. Evelyn y Joy convertidas en dos piedras en un planeta sin ápice de vida. Entendemos, entonces, que lo que busca Joy no es precisamente la destrucción total. Vuelve el tema de la comprensión, de soledad. “He estado atrapada así durante tanto tiempo experimentando todo. Esperaba que vieras algo que yo no vi, que me convencieras de que había otra manera», le explica a Evelyn en un diálogo que bien podría suceder sin multiversos, en un cada día, en una confrontación tras discutir por sus diferencias.
Le revela que la creación de la Dona y el recorrer los otros versos fueron para destruirse a sí misma. Y en esa realidad, por fin, encontró a la madre que buscaba, esa que escuchó y que vio. “Al menos así, no tendré que hacerlo sola”, admite mientras toma su mano y caminan hacia sus muertes.
Pero antes de convertirse en un film bleak al estilo de La Niebla (The Mist, 2007, Fran Darabont), llega una nueva epifanía. Esta Evelyn no solo ha sido la única capaz de entender sus propias fallas y de observar la desnudez emocional de su hija, ya que, además, estudia a su esposo bajo otra perspectiva.
Es Waymond quien la despierta, toma de manera metafórica su mano para sacarla del pozo negro, de la interpretación más negativa que se puede conseguir del “nada importa”. Sus pequeñas acciones, desde hornear unas galletas hasta detener su lucha, se vuelven imposibles de ignorar.
El Waymond exitoso tiene su propio monólogo:
—Crees que soy débil ¿no? Me dices que es un mundo cruel y que todos estamos dando vueltas en círculos, ya sé eso. He estado en esta tierra tantos días como tú, cuando elijo ver el lado bueno de las cosas no estoy siendo ingenuo. Es estratégico y necesario, es como he aprendido a sobrevivir a través de todo (…) Quería decir, en otra vida, me hubiera gustado mucho solo lavar la ropa y hacer los impuestos contigo.
Mientras, el Waymond que está en medio de una pelea pide que sean amables. Otro, tras detener la clausura de la lavandería, barre y tararea una canción. Y en todas esas realidades Evelyn lo mira y lo mira y sabemos que lo ve, quizás, por primera vez.
Esta Evelyn, la peor de todas, tras su catarsis por remordimientos y fracasos comprende el valor de la simpleza, del cada día, de “hacer los impuestos” con quien eliges. El recorrido de su viaje le ha permitido superar, o al menos comenzar a hacerlo, su disgusto hacia sí misma y su vida; el origen de la crisis de Joy y sus falencias como madre; y lo valioso de la esperanza y optimismo de un compañero que tan bien la complementa.
Son esas, finalmente, las verdaderas armas para detener a Jabu Tupaki.

Nada importa
Para Jabu Tupaki es simple la respuesta: si Evelyn no quiere morir, lo hará sola. No la necesita. Nunca la ha necesitado.
Evelyn lucha a su manera, reparando y no dañando. Y si bien Joy tenía razón sobre su madre, también se equivoca: no era precisamente que Evelyn no la aceptara, pero si se escondía tras excusas era porque temía que otros rechazasen a su hija, partiendo por su propio padre, quien años antes le cerró las puertas a ella. Así lo deja claro al enfrentarse a Gong Gong:
—Está bien si no puedes estar orgulloso de mí porque yo finalmente lo estoy. Puede que veas en ella todos tus mayores miedos vertidos en una sola persona. Pasé la mayor parte de su infancia rezando para que no terminara como yo. Pero resultó ser testaruda, sin rumbo, un desastre. Igual que su madre. Pero ahora lo veo, está bien que sea un desastre, porque al igual que yo el universo le dio alguien amable, paciente y que perdona para compensar todo lo que a ella le falta. Esta es Becky, la novia de Joy.
Con todo, a estas alturas no logra ser suficiente la acción, es demasiado tarde para arreglar lo que son años de problemas. Un discurso, por significativo, no logra reparar dudas ni dolor, detener el camino hacia la destrucción de su hija. Ambas lo saben, Joy se lo deja claro, no quiere sufrir más y cada vez que están juntas termina destrozada. Le pide que sigan caminos separados, que la deje ir.
Pero Evelyn, tras su propio viaje y sus nuevos entendimientos, ahora es capaz de ayudarla:
—De todos los lugares que podría estar ¿por qué querría estar aquí contigo? tienes razón, no tiene sentido. Tal vez sea como tú dices, tal vez haya algo allá afuera, algún nuevo descubrimiento que nos hará sentir como pedazos de mierda aún más insignificantes, algo que explique el por qué fuiste a buscarme a través de todo este desorden y por qué, sin importar qué, todavía quiero estar aquí contigo. Yo siempre quiero estar aquí contigo.
Llegamos a la catarsis final, la ratificación del nihilismo optimista que se ha ido desarrollando. Las piezas encajan: el valor de lo cotidiano, de lo simple; la validez de no triunfar —o lo que se entiende por triunfo bajo términos sociales y económicos—, la poca relevancia que tienen todas esas estresantes preocupaciones, los pensamientos absorbentes y dolorosos de fracasos y rechazos.
Llegamos a un abrazo lacrimoso y un acuerdo de comprensión mutua. Y ahí, ese «nada importa» que pronuncia Evelyn entre risas, logra una connotación totalmente diferente. Y con tanto significado.




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