Por Judith Herrera
Por estos días, las apariciones en prensa de Bruce Willis tienen relación con su salud, por el diagnóstico de demencia frontotemporal que se conoció en marzo. Si no, las menciones se deben a lo polémica que fue la última etapa de su carrera cinematográfica antes de retirarse debido a la altísima cantidad de películas de acción B que grabó y que, incluso, tienen una nube de incertidumbre en cuanto a su real consentimiento de participación.
Pero es grato que también se recuerde una filmografía donde destaca el valor que le entregó al cine de acción en especial durante la década de los ochenta y noventa de la mano de películas como Duro de Matar (Die Hard, 1988, John McTiernan) o El Último Boy Scout (The Last Boy Scout, 1991, Tony Scott). No es el único género en que brilla, pues Willis ha tenido una importante participación en la ciencia ficción.
Acá queremos reconocer, precisamente, una de sus películas más underground pero recordadas y que hasta inspiró una serie de televisión: Doce Monos (Twelve Monkeys, 1995, Terry Gilliam).
La considero entre mis películas favoritas. El factor que la prioriza va de la mano con lo fea, feísima, qué es. No estoy siendo despectiva con su cinematografía, que es notable, si no que alabando una decisión artística de parte de su director Terry Gilliam, antiguo miembro del grupo de comedia negra inglés Monty Python –que merecen mención aparte en un artículo propio dedicado a la grandiosidad de su humor y sketches–.

Estética y paranoia
Gilliam había incursionado 10 años antes en la ciencia ficción con Brasil (Brazil, 1985), una creativa película distópica y fantástica por sí sola. El espíritu e ideario de ese film se pueden encontrar en Doce Monos cuya historia gira en torno a viajes en el tiempo, paranoia, locura y, por supuesto, amor.
Inspirada en el corto francés La Jetée (1962, Chris Marker), con guión de David Webb y Janet Peoples, ofrece una visión de una futura distopía en que los humanos viven en condiciones horribles debajo del suelo terrestre. En ese contexto es que a John Cole (Bruce Willis), un preso sin futuro, se le ofrece la libertad si acepta misiones de viajar al pasado e investigar el virus que causó la pandemia que arruinó la existencia entre 1996 y 1997.
Se supone que la infección fue liberada por una organización terrorista conocida como el Ejército de los Doce Monos. En su primera misión, fallida, llega a 1990 y no 1996, el año del brote, y termina siendo arrestado e internado en un psiquiátrico, por sus supuestos desvarios de venir del futuro, donde conoce a la doctora Kathryn Railly (Madeleine Stowe) y a Jeffrey Goines (Brad Pitt), un paciente obsesionado con los derechos de los animales.
Tras más problemas, Cole finalmente regresa a su época donde es interrogado por científicos que le muestran un mensaje sobre El Ejército de los Doce Monos que confirma la responsabilidad de esa organización en la pandemia. De ahí, más viajes en el tiempo hasta que, por fin, llega a 1996.
Se trata del acto final, con resoluciones y revelaciones. Railly empieza a darse cuenta que Cole no está perturbado, o al menos no en el sentido que ella pensaba, y que sí es un viajero en el tiempo. En contraste, Cole duda de su propia cordura y cree que todo se trata de alucinaciones.
El tono de la película, su fealdad, se entrelaza con la sensación de claustrofobia. En Doce Monos no interesan las escenas de acción, de peleas, lo importante es el vértigo que produce el futuro y la perturbación del pasado. Gilliam utiliza la estética hábilmente para generar aquellas percepciones y delinear aún más cómo cuenta la historia.
De hecho, usa lentes de Fresnel para grabar algunos momentos como los que muestran a Cole en prisión al momento de ser visitado por los científicos que planifican el proyecto. Después, cuando se encuentra ya en el pasado, se repite el método al verlo en el psiquiátrico.
La perturbación de Cole, las dudas que tiene sobre lo real, hacen buen juego con las decisiones artísticas de Gilliam quien aprovecha hábilmente los planos de cámara para resaltar el estado mental del protagonista.
La imaginería que se utiliza en la interrogación del protagonista luego de su viaje, fue inspirada en los trabajos del arquitecto Lebbeus Woods, como los visores con los que los científicos lo graban y los televisores deambulando dentro de la habitación en un estilo cyberpunk que bien puede verse en obras japonesas del estilo de Katsuhiro Otomo o Ghost in the Shell.
La música también es parte del lenguaje que usa Gilliam para generar esa sensación de mareos. El tema principal está basado en la Suite Punta del Este del músico de tango y compositor argentino Ástor Piazzolla. Esa balada con la que inicia la película, y que va de la mano con imágenes icónicas de monos girando en un espiral, da un vértigo espectacular.
De esta manera, los enfoques cerrados, los ángulos de cámara y los colores hiper fríos, subliman para dejarle en claro a la audiencia que el mundo es un lugar desolado y triste. Gilliam hace de la fealdad visual una herramienta para comunicar lo jodidos que están todos dentro de la película.
Con todos esos elementos solo queda uno por mencionar: la actuación de Bruce Willis. Como decíamos, conocido principalmente por sus películas de acción y personajes de hombre común, acá se roba el escenario mediante una creíble y dura demostración de desequilibrio, paranoia y desesperanza que ensombrece a Cole en gran parte del metraje.
Willis acá no necesita andar de pies descalzos tumbando a terroristas o conduciendo un taxi volador para crear un personaje que se vuelve inolvidable al revelar su desamparo.
Narrativa meta
El viaje en el tiempo, argumento principal, ha sido recurrente en la ciencia ficción y tiene decenas de películas, basta con ver la popularidad de Terminator (1984, James Cameron).
En Doce Monos, la narrativa permite entender al film como un ciclo paradójico. La escena con la que comienza es de estilo onírico y muestra a un niño viendo la muerte de un hombre en los brazos de una mujer rubia y la siguiente tiene a Cole despertando. Se trata de su sueño, recurrente a lo largo del film.
Hacia el cierre, cuando los cabos se están atando llegamos a un descubrimiento: al momento en que Cole y Railly intentan evitar que el doctor Peter (David Morse) libere el virus en el aeropuerto, somos testigos de que aquel sueño es una memoria. Con esto, la estructura de la película brilla pues la muerte de Cole se vuelve un fuerte hilo conductor que une el inicio con el final y convierte aquel sueño y memoria, flashback, en una paradoja temporal.
Cole nunca podría haber salvado al mundo, haber detenido la liberación del virus y el inicio de la pandemia. Su vida, desde esa imagen del aeropuerto, ha sido una paradoja. Su utilidad para los científicos que planificaron el proyecto netamente cabía en un papel de recabar evidencia.
Se trata de un excelente ejemplo de aquellas narrativas de ciencia ficción donde no se puede cambiar el pasado: los hechos fijos ya están determinados.
Gilliam también se encarga de resaltar la paradoja con otros medios como es la metaficción.
Se logra evidenciar cuando Cole y Railly se esconden en un cine que transmite Vértigo (Vertigo, 1958, Alfred Hitchcock). Ahí, entonces, somos testigos de la metanarrativa al momento en que la cámara se enfoca en esa película: es la escena donde Madeleine Elster (Kim Novak) recorre con sus dedos las líneas de un árbol y dice que ese “es el año en que nací. Y aquí muero. Para ti representó un momento. Ni te enteras”.
La frase no es aleatoria, está elegida por un motivo claro pues hace alusión a la paradoja que se desarrolla. De hecho, presenciamos a Cole viendo la película y mencionando a Reilly que “creo que ya vi esta película cuando niño, por televisión. Sí, ya la vi (…) Eso es lo mismo que nos pasa a nosotros, como el pasado”. Gilliam abandona cualquier subtexto en su lenguaje meta para reafirmar la premisa del bucle temporal.
Doce Monos resalta una estética vertiginosa y desagradable para contar una historia de perturbación psicológica que encuentra en una paradoja su mayor alcance, con más y más detalles en cada visionado. Tal cual Cole -con una de las mejores actuaciones que ha tenido Willis, le dice a su doctora: “La película no cambia. No puede cambiar, pero… cada vez que se ve es distinta, porque has cambiado. Te fijas en otras cosas”.




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