Thundercat en Chile: Una farsa de buena fe

Thundercat Chile 2025 Teatro Coliseo Portada
Después de un intento fallido por tocar en Chile, el reconocido bajista Thundercat se presentó en el Teatro Coliseo en un show marcado por el jazz-rock fusión de su trío musical y un público que no estaba preparado para el espectáculo que vio.

Fotos por: Patricio Núñez, de Revista La Máquina.

Hace algunos fines de semana me encontraba entre cuicos hablando de Thundercat en un carrete. El grupo conversaba enumerando los posgrados que tomarían, tomaron o habían pensado tomar. De la nada, alguien preguntó si el resto planeaba ir a ver a Thundercat, muchos dijeron que sí pero otra persona respondió que no lo conocía y consultó qué tipo de música tocaba. La respuesta fue algo como esto: “Ay, no sé. Algo muy chill. Es un negro muy buena onda”. 

El sábado 16 de agosto, día del concierto de Thundercat, el Teatro Coliseo se veía lleno de exactamente ese tipo de personas. Gente que llegó a este show buscando al “negro buena onda”. Buscando la fiesta de sábado por la noche. No sabían que estaban siendo embaucados en vivo y en directo, y no solo porque la lata de cerveza Kross costaba $4.000 lucas; me refiero a algo mucho más profundo.

Stephen Lee Bruner es el nombre real de Thundercat, quien subió al escenario a tocar cerca de las 09:10 de la noche. Después de un intento previo de show en Chile (cancelado), el músico por fin había arribado a Santiago con su trío de jazz-rock fusión, y apenas apareció en escena la marihuana también hizo lo suyo en el extraño público. Fue ahí, dentro de esa nube de humo psicodélico que se comenzaba a armar en la cancha del Teatro Coliseo, que entendí cuál era el juego que el bajista de Los Angeles estaba jugando.

Es muy posible que Thundercat conozca tan bien al público de música actual que entienda cómo venderse mejor que la mayoría de los artistas: en redes sociales su personaje es uno de los más cool, siempre con artistas interesantes o con disfraces alocados. Es otaku hasta la médula, un nerd melómano y una persona que no le hace el quite a la idiotez intrínseca del hombre millenial, y aparentemente todos lo aman por eso. Pero es fácil imaginar que cuando comenzó su carrera todos esos rasgos no eran tan bien vistos, así que los tuvo que aprender a vender de otra forma para apelar a la masa. Este show fue muestra de ello.


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Durante el siglo XIX, el empresario y circense P. T. Barnum popularizó en Estados Unidos el uso de la palabra humbug, una forma de referirse a algunas de sus atracciones de feria que rápidamente la gente definía como farsa. Pero Barnum comenzó a utilizar humbug más como algún tipo de “patraña de buena fe”. Algo que no cumple expectativas pero que funciona de todas maneras por lo nuevo que entrega.

¿Qué tiene que ver Thundercat con esto? Que quedó claro que su show es un humbug

Thundercat se hizo conocido como uno de los músicos que acompañó a Kendrick Lamar en el neoclásico To Pimp A Butterfly (junto a otros como Kamasi Washington o Flying Lotus), para luego seguir su coqueteo con el mainstream gracias a diversas colaboraciones: Mac Miller (‘What’s the Use’), Childish Gambino (‘II. Shadows’), Gorillaz (‘Cracker Island’), Silk Sonic (‘After Last Night’), Tame Impala (‘No More Lies’), entre otros. Con ese movimiento llegó a las orejas de los curiosos a través de la fama de otros artistas, demostrando su destreza técnica y atrayéndolos seductoramente a sus shows.

Y una vez que están todos en su concierto, los destruye con su trío músical lleno de largos solos improvisados de bajo, cuatro o cinco teclados con distintos sonidos (tocado por Dennis Hamm) y una batería completamente alocada que no da respiro (tocada por Justin Brown). Tan bien suenan los tres — que llevan años girando juntos— que los clásicos problemas de sonido del Coliseo casi no se notaron. 

El artista encontró momentos para mostrar mucha música nueva, recordar a Mac Miller, saludar a Mild High Club, lanzar bromas al público (todo en inglés, algo que no fue problema). Aunque su interacción más extraña fue cuando saludó a Ozzy Osbourne, explicando a la sorprendida audiencia que también fue una gran influencia para él.

Thundercat se vendió como una fiesta, y si bien para muchos lo fue (un saludo al loco con la polera del Mothership Connection de Parliament), una porción grande del público llegó claramente de rebote a este show o derechamente como esos invitados cuicos con los que a las productoras les gusta llenar sus conciertos. Cualquier sea el caso, una cosa queda clara: Thundercat fue una gran farsa, pero una de buena fe. Un humbug, dirán algunos.

Fuiste a una fiesta pero llegaste a ver a Earth, Wind & Fire si en vez de pop fueran progresivos. Fuiste por R&B y terminaste con un jazz más parecido al Bitches Brew de Miles Davies. Fuiste por carrete fácil y terminaste viendo un espectáculo que no tenía ningún derecho en ser tan violentamente groovero. Ojalá más de uno saliera del show con ganas de conocer más música de la que este “negro buena onda” bebe.


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