Por: Judith Herrera C.
Hace ya unas semanas tuve la fantástica experiencia de ver en el cine la versión remasterizada de El señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2001, 2002, 2003) –dos veces porque sí y ahora que Cinemark la pondrá en IMAX, ¡de nuevo iré!– y no solo salí con la confirmación, una vez más, de lo excelente que es la trilogía dirigida por Peter Jackson, sino que también lo que le falta al cine épico actual y cuánto se extrañan los momentos de amistad y amor sin risas de por medio, sin ese guiño a la cámara que nos dice “cursi, ¿cierto?”.
Vamos por partes: El señor de los Anillos (ESDLA en adelante porque es un título larguito) es una adaptación del popular libro del profesor J.R.R. Tolkien. Antes de publicarlo ya había escrito El hobbit, una obra corta y de carácter más infantil que, precisamente, había creado para su hijo Christopher. ESDLA en cambio, además de contar con un argumento coral, tiene una temática más marcada sobre el bien contra el mal, sacrificios, redención y misericordia.
¿De qué va la historia? Como pasa con otras franquicias masivas al estilo de Star Wars, es difícil encontrarse con personas que no saben qué es ESDLA, o al menos, qué importancia tiene ese señor y sus anillos. Pero sé que existen y que incluso pueden ser mis amigos: la trama ocurre en la Tierra Media y gira en torno a Frodo Bolsón (Elijah Wood), un joven pariente de Bilbo (Ian Holm) –el protagonista de El hobbit–, quien hereda una argolla misteriosa que tiene el poder de la invisibilidad para quien la porta.
Sin embargo, esa no es su única característica pues como le explica Gandalf el mago (Ian Mckellen), en realidad se trata del Anillo Único forjado en el monte del Destino por Sauron, con el poder de dominar a otros anillos mágicos con sublimes fuerzas.
En palabras de la elfa Galadriel (Cate Blanchett) al inicio de la primera película: “Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”.
Frodo debe, junto a sus tres amigos hobbit –Samsagaz Gamyi (Sean Astin), Merry Bradigamo (Dominic Monaghan) y Pippin Tuk (Billy Boyd)– llegar hasta Rivendel, una de las ciudades protegidas de los elfos, donde se realiza un concilio para decidir el futuro del anillo: su destrucción la cual solo es posible en el mismo lugar donde se construyó la pieza, aquel monte que se encuentra en Mordor, la tierra del señor oscuro.
Entre discusiones y peleas viene uno de los grandes momentos del pequeño hobbit: “Yo lo llevaré… pero no conozco el camino”. Así se crea un equipo para la hazaña: Gandalf, Aragorn (Viggo Mortensen), el montaraz quien también es el rey no asumido de Gondor –el último de los grandes reinados del hombre–; Boromir (Sean Bean), hijo del senescal de Gondor; Legolas (Orlando Bloom), un elfo del Bosque Negro, hijo del rey Thranduil; Gimli (John Rhys-Davis), enano hijo de Gloin; y los hobbit amigos de Frodo.
Y esa es la sinopsis de La Comunidad del Anillo, la primera película de la trilogía que también está compuesta por Las Dos Torres y El Retorno del Rey.

Haciendo una buena adaptación
Si ya El hobbit era una obra encantadora y nueva, ESDLA sentó las bases de la fantasía épica de las que nacerían juegos como Calabozos & Dragones (Dungeons & Dragons) y la saga de Canción de Hielo y Fuego (Song of the Ice and Fire). Tolkien, un erudito, un filólogo, y un nerd, era un conocedor de mitologías y de los cantares épicos como el de Los Nibelungos o Beowulf y aquel saber se nota en cada página de su legendarium –de El Silmarillion aprovecho de comentar que es mi favorito aún cuando permanezca incompleto y el debate sobre lo que es canon y no sea larguísimo. También diré que puede parecer denso e incluso aburrido, pero vale la pena darle una, dos, tres y más oportunidades–.
Así, Jackson tenía una enorme tarea al adaptar una obra que marcó a la literatura en el siglo XX y que diseñó un nuevo género dentro de la fantasía, un reto que cumplió. En Nueva Zelanda y por meses y meses de grabación dio vida a la trilogía que entre 2001 y 2003 ganó más de US$2,9 mil millones y que se quedaría con 17 premios Oscar: en 2003, de hecho, ganó cada una de sus 11 nominaciones.
No era un desafío fácil, ESDLA si bien no tiene el nivel de complejidades de El Silmarillion –¡léanlo, que esto no los intimide!–, sí cuenta con un buen número de personajes y eventos en sus libros. Además, la mitología de la Tierra Media es cuantiosa y se nota también en cada página.
La trilogía tuvo nuevos focos como la mayor relevancia al romance entre Aragorn y la elfa Arwen (Liv Tyler), y tramas como la crisis existencial que sufre el hombre en buena parte de las películas por sus dudas sobre asumir o no su rol como rey, o cambios para resumir la narrativa –Elrond nunca estuvo con Isildur en el monte del Destino–. Y hay personajes que simplemente no salen –oh, Tom Bombadil y Glorfindel– y otros cuya aparición se redujo.
Pero una buena adaptación no se traduce en dejar intacto el material original, algo que claro es ideal si se puede, una buena adaptación se siente cuando sus personajes, historia, su significado, sí es mantenido. Algo que logran las películas de Jackson y con creces.
En especial se nota en el buen cuidado de las grandes temáticas de Tolkien: la lucha contra el mal, el poder del amor y el perdón como camino.
Jackson supo cómo contar y resumir la historia agregando un breve prólogo al inicio de La Comunidad del Anillo donde Galadriel explica el nacimiento de los anillos, quién es Sauron y lo que se vendrá en las películas.
¿Cómo se hace una épica sin igual?
Hace poquitos años el mundo del cine y la cultura pop vivieron un hito enorme: el estreno de Endgame (2019, Anthony Russo y Joe Russo), la película con la que Marvel Studios cerró su Saga del Infinito, el final para varios de los personajes que desde 2008, con el estreno de Iron Man (Jon Favreau), nos acompañaban. El más grande evento cinematográfico de una adaptación de cómic.
¿Envejeció de buena forma? ¿Valió la pena? ¿Es Marvel Studios una empresa que ahora solo saca basura? Mucho se podrá decir de las adaptaciones de superhéroes de la Casa de las Ideas, pero, para bien o mal, este ensayo no apunta a eso porque serían páginas y páginas de opinión.
Primero, un pequeño repaso sobre a qué nos referimos con cine épico: “suelen ser grandes producciones, con una temática normalmente dramática”, indica la siempre bien ponderada Wikipedia que añade en su entrada que son películas “de larga duración, que a menudo centran su trama en tiempos de guerra o de conflictos y que suelen abarcar un amplio espacio de tiempo”.
No se puede hablar de este género en la actualidad sin mencionar las películas de Marvel Studios. Si en los cincuenta y sesenta, la época gloriosa de este tipo de cine, las más destacadas eran títulos de guerra o de la biblia, como El Puente sobre el Río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957, David Lean), Ben-Hur (1959, William Wyler) Los 10 Mandamientos (The Ten Commandments, 1956, Cecil B. DeMille) o Cleopatra (1963, Joseph L. Mankiewicz), por estos días lo que queda del cine épico, un blockbuster por naturaleza, se enfoca en contarnos historias de personajes de historietas.
A veces una película de ciencia ficción como Dune (2021, Denis Villeneuve) se suma, pero, en general, las épicas en la pantalla grande han estado dominadas por superhéroes y una fórmula propia.
Sí, fórmula. Podrías pedirle a la inteligencia artificial que te escribiera una sinopsis épica y genérica de Marvel y ya sabes con lo que te toparías. ¡No te preocupes! Yo lo hice y me quedo acá con el último párrafo que redactó Chat-GPT: “Una película de Marvel repleta de efectos visuales asombrosos, emocionantes secuencias de acción, y un guión que combina el humor característico de Marvel con momentos emocionales”.
Efectos visuales asombrosos.
Emocionantes secuencias de acción.
Humor combinado con momentos emocionales.
¿A qué no se te vienen varias películas de superhéroes a la mente?
Es la fórmula con la que no solo se hizo conocido el estudio, sino que su hegemonía cultural en la actualidad ha perseverado a tal nivel que otras productoras, directores y guionistas han copiado la receta y, por lo mismo, tenemos aún más films que utilizan esos tres ingredientes sin descanso.
Volvamos a ESDLA, una trilogía épica y que, aún así, también usa sabores similares a los mencionados. Sin duda muchos de sus efectos especiales siguen viéndose increíbles y ¿qué secuencia de acción puede ser más emocionante que las batallas del Abismo de Helm o la de Los Campos de Pelennor?
No obstante, si bien el humor con momentos emocionales existe, es tratado con respeto. En ESDLA es orgánico y no forzado –aunque reconozco que el uso de Gimli en el humor es excesivo–, cada película te inmersa en su historia, en lo que sienten los personajes, y no se avergüenza si aquellos sentimientos y emociones son cursis.
Sí, cursis.
(Alerta de spoilers)
ESDLA tiene la sabiduría de respetar a su audiencia y su necesidad de catarsis ante lo que ocurre en la pantalla, ya sea rabia, dolor o simpatía. Al final de La Comunidad del Anillo, Boromir ha sufrido la corrupción de la joya oscura, atentando contra Frodo para robársela. Sus acciones tienen consecuencias, la ruptura de la comunidad, y aunque entra en razón, ya es demasiado tarde: Frodo se ha ido y los orcos han llegado. Dedica entonces su fuerza a salvar a Pippin y Merry sabiendo que será vencido.
Su conversación final con Aragorn, luego de caer tras recibir varias flechas, es la siguiente:
Aragorn: No sé qué fuerza está en mi sangre, pero te juro que no dejaré que la Ciudad Blanca caiga, ni que nuestro pueblo falle.
Boromir: Nuestro pueblo, nuestro pueblo. Te habría seguido, mi hermano… mi capitán… mi rey.
Aragorn: Vete en paz, hijo de Gondor.
Es un diálogo sentimental que cierra con Aragorn depositando un beso en la frente del soldado caído, casi de prosa púrpura. Pero no les mentiré, me hace llorar como un bebé. Y los dos días que estuve en el cine vi llorar a hombres adultos y barbones con la escena.
A la trilogía no le importa las posibles lecturas entre sus personajes, qué claro que las hay en el subtexto, no le da miedo mostrar fraternidad que pueda ser interpretada como amor romántico porque, al final del día, es amor sea cual sea el tipo.
Es que ESDLA se permite ser sentimental, que sus personajes lloren, se abracen. Se toma en serio las emociones no solo de estos, sino que también de sus espectadores. No tendrás que enfrentarte a un incómodo chiste de “no homo” o algún guiño a la cámara de “pero qué cursi, riámonos un poco” que rompa la catarsis.
Y esa seriedad es, de manera simbiótica, respetada por la audiencia, quien asimismo se toma en serio aquellas escenas. La gravedad de lo que ocurre en la pantalla, lo que atraviesan los personajes, se vuelve verosímil mediante este pacto de sentimentalismo.
Las batallas más grandes que tiene ESDLA funcionan a través de ese acuerdo entre espectador y película, e, incluso, aquel sentimentalismo es lo que les entrega más significado y resalta su carácter como épicas. En el Abismo de Helm, con el sol saliendo, Theoden (Bernard Hill) y Aragorn intercambian este diálogo:
Theoden: ¡Cuánta muerte! ¿Qué pueden hacer hombres contra un odio tan temerario?
Aragorn: Cabalgue conmigo, vamos a atacarlos.
Theoden: Por la muerte y gloria.
Aragorn: Por Rohan. Por su pueblo.
Theoden: La trompeta de Helm Mano de Hierro sonará en el Abismo una última vez. Qué esta sea la hora en que blandamos espadas juntos. Actos siniestros, despierten. Es tiempo de ir, tiempo de ruina y un amanecer rojo. ¡Adelante, eorlingas!
Un diálogo que podría parecer demasiado, pero que por las actuaciones, el momento y por sobre todo, la puesta en escena, se siente serio y digno. Te emociona y te hace sentir al lado de esos hombres en pie de guerra pese a las adversidades.
Y después de la destrucción de anillo y Sauron, en medio del infierno, Frodo le dice a Sam “me alegro de estar contigo Samsagaz Gamyi, aquí al final de todas las cosas”, que trae a la mente a ese “es su Sam quien lo llama. No se vaya a donde yo no pueda seguirlo” de Las Dos Torres.
Este sentimentalismo y aquel pacto se tratan de características levantadas de la obra original. La trilogía de Tolkien está llena de emociones, canciones –por ejemplo, Aragorn, Legolas y Gimli componen una para Boromir tras su muerte–, discursos sobre amistad y amor.
La misma idea de la lucha entre el bien y el mal –un arquetipo de historia muy viejo, quizás el más viejo de todos– Tolkien la construye e incluso la logra deconstruir. Ursula K. Leguin, una de las más grandes escritoras de fantasía y ciencia ficción, decía sobre el autor en su colección de ensayos, El Niño y la Sombra (The Child and the Shadow, 1975), que los críticos habían sido duros por su supuesta “simpleza”, por haber dividido a los habitantes de la Tierra Media entre buenos y malos.
K. Leguin argumentaba que, en realidad, es una historia compleja porque los enfrentamientos son internos, en especial entre Frodo y Gollum, quien funciona como sombra del primero: “No es simplista. Es el tipo de historia que solo puede ser contada por alguien que se ha vuelto y enfrentado a su sombra y mirado en la oscuridad. Que se cuente en el lenguaje de la fantasía no es un accidente, ni porque Tolkien fuera un escapista, ni porque estuviera escribiendo para niños. Es una fantasía porque la fantasía es el lenguaje natural y apropiado para relatar el viaje espiritual y la lucha entre el bien y el mal en el alma”.
ESDLA está lleno de estas temáticas arquetípicas como el amor incondicional que muestra Sam a Frodo en cada uno de los pasos que lo alejan de su comarca y lo acercan más hacia Mordor. Amor compasivo como el de Frodo al perdonarle la vida a Gollum, al tratar de empatizar con él, un perdón lleno de sabiduría y que termina convirtiéndose en la clave para la sobrevivencia de la Tierra Media y la destrucción del anillo.

Una misericordia, escribiría años después Tolkien en sus cartas, que muestra por qué Frodo no falló, aún cuando terminó siendo corrompido por el anillo: “Frodo, de hecho, ‘fracasó’ como un héroe, según lo concebido por mentes simples: no resistió hasta el final; cedió, se rindió”, decía el profesor sobre aquellas opiniones que “suelen olvidar ese elemento extraño en el Mundo que llamamos Piedad o Misericordia, que también es un requisito absoluto en el juicio moral (…) No creo que el fracaso de Frodo fuera un fracaso moral (…) Su humildad y sus sufrimientos fueron recompensados justamente con el más alto honor; y su ejercicio de paciencia y misericordia hacia Gollum le ganó la Misericordia: su fracaso fue reparado”.
ESDLA es consciente de qué historia, y de qué tipo, está llevando al cine. Sus diálogos floridos, tensas batallas, y fuertes amistades –o algo más, lo dejo para sus interpretaciones– son los ingredientes que hacen épica las películas, sin vergüenza por tomarse en serio a sí mismas, por ser sentimentales. Por respetar a su espectador.
Su argumento principal, la lucha entre el bien y el mal, demuestra por qué este arquetipo se volvió cliché y por qué siempre será una historia digna que contar: lo llamativo del poder que corrompe, de las buenas intenciones que pavimentan el camino hacia la destrucción, y del amor como la herramienta que puede vencer hasta al máximo villano.
De hecho, en Las Dos Torres hay una increíble escena meta con la que cierra el clímax de la película que deja claro lo perceptivo del guión y lo valioso y satisfactorio qué puede ser lo cursi y cliché al momento de narrar y entender a la audiencia.
Frodo: No puedo hacer esto, Sam.
Sam: Lo sé. Está mal. Ni siquiera deberíamos estar aquí. Pero aquí estamos. Es como en las grandes historias, señor Frodo, las verdaderamente importantes. Siempre estaban llenas de oscuridad y peligro. Y a veces uno no quería saber el final porque ¿cómo podrían ser felices? ¿Cómo puede volver el mundo a ser como antes después de tantas cosas malas? Pero, al final, es solo una cosa pasajera esta sombra. Hasta la oscuridad debe pasar. Llegará un nuevo día. Y cuando brille el sol, brillará con más claridad. Ésas eran las historias que recordabas que significaban algo. Aún cuando eras muy joven para entender por qué. Pero creo, señor Frodo, que sí entiendo. Ahora lo sé. La gente en esas historias tenía muchas oportunidades de volverse atrás, pero no lo hacía. Seguía adelante porque se estaba aferrando a algo.
Frodo: ¿A qué nos estamos aferrando, Sam?
Sam: A que existe la bondad en este mundo, señor Frodo… y que vale la pena pelear por ella.



