El público de Kraftwerk es muy dispar. Desde góticos con looks sacados directamente de las primeras películas de Blade, pasando por melómanos nostálgicos de la tercera edad mostrándole la banda a generaciones más pequeñas, y llegando hasta lo que solo puede definirse como la audiencia de Radio Sonar intentando asistir con sus mejores looks que no fuesen tan rockeros.
Eso es lo entretenido de Kraftwerk, que pese a ser una banda que toca un género tan específico (que para fines didácticos llamaremos en este texto proto-electrónica) su música ha llegado a una multitud de personas completamente distintas y el show que dieron el pasado jueves 25 de mayo en el Movistar Arena sirvió como un punto de congruencia para toda la fanaticada chilena.
Los alemanes llegaban con una alineación que cuenta con Henning Schmitz, Fritz Hilpert y Falk Grieffenhagen como apoyo para el protagonista de la velada, el que podríamos decir que es el Señor Kraftwerk: Ralf Hütter, el único miembro original aún girando con la banda. Pero eso en ningún caso quita energía a su propuesta como puede pasar con otras agrupaciones; y es que los alemanes desde siempre se presentaron como robots, herramientas ensambladas y reparables que amalgaman sonidos hasta crear música y bajo este prisma no sería sorpresivo que en un futuro, con Hütter ya muerto, Kraftwerk siguiera girando como verdaderos robots que mantienen el legado humano vivo.
Pero si lo histórica que es la agrupación es una de las cosas que llama la atención de su presentación, la otra parte es el show mismo. En un presente donde los conciertos musicales son constantemente vendidos como “experiencias imperdibles” (porque esa es la forma de llamar a las marcas y a los cuicos que no saben en qué gastar su dinero), Kraftwerk supo abrazar esto y crear shows que pueden sorprender a todo tipo de generaciones.

La última vez que los tuvimos en Chile fue en el 2016 cuando llenaron el Teatro Caupolicán con una experiencia 3-D donde los asistentes se pudieron ir hasta con lentes de tres dimensiones oficiales de la banda. Este año vinieron con una suerte de grandes éxitos que repasaba sus temazos y muchas veces los actualizaban musicalmente para hacerle guiños a los géneros musicales que ellos mismos influenciaron en su momento. Así es como muchos pasajes que en sus discos son más calmos, en vivo se convirtieron en trances bailables que te hacen recordar de inmediato que la mayoría de los ritmos actuales, desde el hyperpop hasta el reggaeton y el trap, tienen alguna influencia de la banda.
Muchos momentos del concierto se vieron tomados en su totalidad por los ritmos bailables y si bien el público resultó ser muy serio fue inevitable que, en algún momento, los pies se movieran aunque fuera un poco y la cabeza también. Todos en el Movistar queríamos ser robots, pero hay una cosa que Kraftwerk sabe muy bien: y es que el ritmo no perdona.
Por otro lado, tenemos los videos que la banda muestra durante sus canciones. Cada canción vino acompañada de un juego visual especialmente diseñado para ese tema, que al ser combinados con los trajes que cambian de color que usó la banda, hicieron de todo el espectaculo un transe continuo y muy disfrutable.
Mención aparte merece el vídeo que acompañó la canción Spacelab, donde una nave espacial apuntaba desde el espacio a Chile para terminar aterrizando en el Parque O’Higgins, a las afueras del Movistar Arena, desatando los gritos y risas del público.
Pero quizás lo más interesante es ver como Kraftwerk, que en su momento fue una suerte de grupo de vanguardia que venía a mostrar las bondades de la tecnología en la música, hoy son una celebración nostálgica de su historia, abrazando los videos con texturas sacadas derecho de las primeras gráficas creadas por computadora (como esa serie que se llamaba ReBoot y que daban en el primer Fox Kids, no sé si se acuerdan), demostrando que el futuro que ellos presentaban hoy es un pasado obsoleto que nuestro presente dejó atrás. Una suerte de Volver al Futuro pero en cuestión de videos.
Este último punto podría ser, seguro, el más importante de la estética actual de Kraftwerk, ya que es lo que les termina de dar forma. El uso de estos gráficos pre-playstation sirve como manifiesto, una manera visual de dejar claro que saben que su tiempo ya fue, pero que no por eso dejan de ser relevantes en el panorama actual.
Si bien había muchas infancias que asistieron al concierto medio obligadas, espero que hayan salido con la idea clara de que todo este sonido de viejos hace que hoy tengamos gráficos más impresionantes y sonoridades cada vez más locas. Después de todo, más de uno se dio cuenta que se podía perrear (o hasta hacer twerk) con los nuevos pasajes sonoros que proponían los alemanes. Ahora solo falta que nos juntemos a hacerlo.




