It’s a Wonderful Life: un clásico navideño que fusiona el altruismo y la comunidad para enfrentar al sistema

It's a Wonderful Life Frank Capra
La película protagonizada por James Stewart es un clásico navideño: ese ángel que muestra cómo sería el mundo si no estuvieras en este. Una obra que, eso sí, tiene mayor profundidad que sus imitadoras con una historia que retrata las difíciles dimensiones de la generosidad, además de entregar un potente mensaje a favor de la colaboración.

Por: Judith Herrera

La Navidad ya está aquí y no faltan películas temáticas para acompañar la comida, el cola de mono y, por supuesto, los regalos. ¡Hay tantas para elegir! Pero en este ensayo nos centraremos en la favorita de quien escribe, aún por sobre Mi Pobre Angelito (Home Alone, 1993, Chris Columbus) y El Regalo Prometido (Jingle All the Way, 1996, Brian Levant): hablo de ¡Qué Bello es Vivir! (It’s a Wonderful Life).

Dirigida por Frank Capra, uno de los grandes directores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX —detrás de la cámara de otros clásicos como Esto Sucedió Una Noche (It Happened One Night, 1934) o Caballero Sin Espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939)—, y protagonizada por un maravilloso James Stewart —quien también lidera la última mencionada—, It’s a Wonderful Life, estrenada en 1946, fue un fracaso de taquilla que, sin embargo, es hoy un infaltable para la Navidad.

Puede que no todos la hayan visto o que, incluso, no la conozcan. Pero como ocurre con Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1843), la novela de Charles Dickens que cuenta con numerosas adaptaciones —incluso, esta película se inspira libremente en aquel libro—, la obra de Capra sigue un destino similar: si les digo si acaso han visto un capítulo de alguna serie donde algún personaje es visitado por un ángel que le muestra cómo sería el mundo si él no existiera, lo más probable es que responderían que sí —en su Wikipedia mencionan más de 20 de estos casos—.

Aquel tropo narrativo es una parte central, pero no la única, de It’s a Wonderful Life. Es que la película no solo es un retrato del valor del altruismo, sino que también de la importancia de la comunidad y como no somos una isla si sabemos ayudarnos, en especial, para hacerle frente al sistema.

Vamos por una sinopsis (¡con spoilers!): la película sigue a George Bailey (James Stewart), Un tipo que, a lo largo de su vida en el pequeño pueblo de Bedford Falls, ha sacrificado en repetidas ocasiones sus aspiraciones a raíz de las responsabilidades que acarrea, su generosidad y su altruismo, conceptos que, sin embargo, solo le han traído problemas: abrumado por las dificultades financieras y sintiéndose desesperado, contempla quitarse la vida.

Clarence Odbody (Henry Travers), un ángel en formación, debe intervenir para mostrarle a George cómo sería el mundo si nunca hubiera existido, no sin antes conocer mediante flashbacks la historia del protagonista. Ahí la narrativa muestra momentos clave en su vida incluyendo su juventud, matrimonio con Mary Hatch (Donna Reed), y su trabajo en la empresa Bailey Building and Loan, una institución que ha brindado oportunidades a aquellos que de otra manera estarían atrapados en la pobreza.

En estas secuencias se aprende de George y el contraste que tiene con Henry F. Potter (Lionel Barrymore), el villano de la historia. Se trata del hombre más rico del pueblo que busca consolidar su poder económico a expensas de la comunidad. Es quien ha intentado por años hundir a George y su empresa, el gran obstáculo para adueñarse de todo Bedford Falls.

Esas tácticas han presionado a la firma de Bailey. En la mañana previa a Navidad, el tío Billy (Thomas Mitchell) acude al banco a depositar 8 mil dólares en la cuenta de la compañía, pero pierde el dinero porque es un idiota. Es justo el día en que la empresa tiene una inspección de Hacienda, lo que provocará que los acusen de fraude y que vayan a la cárcel.

Con aquella tormenta encima y sin nadie más a quien acudir, George va donde Potter, quien no solo lo denuncia a la policía, sino que le indica que por su situación vale más muerto que vivo. Desciende aún más en su espiral de desesperación hasta tomar la decisión de morir. Ahí conoce a Clarence el ángel, quien le muestra un mundo alternativo en el que nunca existió, un lugar desolado que se llama Pottersville, lleno de bares y otros locales propiedad de Potter y donde muchos de los personajes a los que ha ayudado están perdidos en esa distopía.

Comprendiendo su importancia, George pide que le devuelvan la vida, con lo que termina la visión y vuelve a su casa. Y al igual que Ebenezer Scrooge lo hace en el clásico de Dickens, Bailey les desea a todos feliz Navidad. Sus problemas siguen existiendo, pero ahora no le preocupan con la misma desesperación.

Son problemas que se resuelven en el clímax cuando llega toda la ciudad a ayudarlo, la comunidad por la que tanto ha hecho recauda suficiente dinero para cubrir los millones perdidos y anular la denuncia que hizo Potter. “El hombre más rico del pueblo”, lo llama su hermano Harry (Todd Karns) entre aplausos y deseos navideños.

Qué bello es vivir It's a Wonderful Life

Altruismo no es ingenuidad

Si bien con esa sinopsis la historia podría parecer excesivamente empalagosa, digna de las películas navideñas de Hallmark, no lo es. La dirección de Capra y por sobre todo la actuación de James Stewart (quien regresaba hace poco de su paso como soldado en la Segunda Guerra Mundial), le entregan una profundidad con distintas dimensiones a George Bailey que dejan claro que el altruismo no nace de su ingenuidad. Siempre es una opción.

Una opción que al inicio le surge de manera orgánica, como cuando con 12 años, salva a su hermano pequeño de una muerte segura al caer a través del hielo en un lago congelado. Acto que le ocasiona un resfriado que resulta en la pérdida de audición en su oído izquierdo. O poco tiempo después, trabajando en la farmacia local, presencia la tristeza del señor Gower (H. B. Warner), el farmacéutico, quien, afligido por la pérdida de su hijo comete un error fatal al poner sin intención veneno en la medicina destinada a un niño. George evita la tragedia, pero Gower, sumido en la pena, no se da cuenta de inmediato y lo golpea antes de comprender y agradecerle por su salvación. 

Después, con cada nueva buena acción se ve como George se cansa más y más. Siempre se resigna a su altruismo, a dejar de lado las opciones que sí lo harían feliz como irse del pueblo y construir otra vida.

El altruismo de George nace de su sentido de responsabilidad, no porque sea un tonto que solo quiere hacer el bien. Bailey entiende lo que pierde en cada decisión y como sus deseos propios son sacrificados por su hermano, sus amigos, la comunidad. El retrato que hace Capra no es uno de cursilerías bondadosas, sino que uno que se origina del dolor de hacer lo correcto.

Es un retrato que, además, muestra el cansancio propio de quien nunca se ha puesto en primer lugar. Vemos como George se amarga y como por años el peso del pueblo en sus hombros lo ha hundido por más que quisiera sentirse pleno. Por muy orgulloso que esté de su hermano, el héroe de guerra, no puede evitar sentirse como una falla.

Es consciente de todo lo que ha perdido y más cuando tiene al viejo Potter encima, sacándole en cara lo feliz que podría ser si renunciara a tratar de salvar a Bedford Falls. Una tentación a la que se le hace difícil negarse, casi cayendo antes de arrepentirse. 

–No te importaría vivir en la casa más bonita del pueblo, comprarle a tu esposa un montón de ropa elegante, hacer un par de viajes de negocios a Nueva York al año, tal vez de vez en cuando a Europa. No te importaría eso, ¿verdad, George?

–Lo sé ahora mismo, y la respuesta es ¡no! ¡NO! ¡Maldita sea! Se sienta aquí y teje sus pequeñas redes y piensa que el mundo entero gira en torno a usted y a su dinero. 

Stewart retrata con perfecta claridad esta dicotomía dentro del personaje, su entendimiento de lo correcto, de sus responsabilidades, pero también su deseo oculto de elegirse a sí mismo. Como se nota después, cuando está en su casa y en su dormitorio, el que el guión describe como una habitación “modestamente amueblada con una cama barata, una o dos sillas y una cómoda”.

–Sé lo que voy a hacer mañana y al día siguiente, y el próximo año y el año siguiente. Me estoy sacudiendo el polvo de este miserable pueblito y voy a ver el mundo… Y voy a construir cosas. Voy a construir campos de aviación. Voy a construir rascacielos de cien pisos de altura. Voy a construir un puente de una milla de largo –se promete. Una idea que, sabemos, no se hace realidad.

Es, precisamente, ese deseo, esa amargura e insatisfacción, la que lo empuja a su drástica decisión de quitarse la vida. Es verdad que su empresa y por ende él y su familia —y toda la comunidad de Bedford Falls— están en peligro, pero lo que más pesa a George es su sentido de falla: toda su vida, todos sus sacrificios, han sido para mantener la comunidad en pie y en minutos todo se ha desarmado. Nada ha valido la pena.

Ni siquiera la casa en la que vive, roñosa como era cuando con Mary se fueron a vivir ahí. Ya no recuerda lo feliz que fueron, solo cómo siempre la casa se está cayendo a pedazos.

–¡Esta vieja y fría choza! Es como vivir en un refrigerador. ¿Por qué tuvimos que vivir aquí en primer lugar y quedarnos en este miserable y despreciable pueblo? 

¿Cómo no sentir rabia y odio? ¿Amargura? Ni la presencia de su esposa e hijos son suficiente para sacarlos de esa oscura desesperación, no cuando tiene confirmación de que se equivocó en todas las decisiones que tanto le han costado. Si nada de eso tiene sentido, entonces su vida, el valor de su vida, tampoco lo tiene. Vale más muerto que vivo.

–¿Qué eres ahora, sino un hombre joven distorsionado y frustrado? Un miserable empleado que se arrastra aquí de rodillas y suplica ayuda. Sin valores, sin acciones, sin bonos, nada más que una miserable póliza de seguro de vida con un valor de quinientos dólares. Vales más muerto que vivo. ¿Por qué no vas con la chusma que tanto amas y les pides ocho mil dólares? ¿Sabes por qué? Porque te echarían de la ciudad a patadas –le restriega en su cara Potter.

Qué bello es vivir It's a Wonderful Life

La comunidad se ayuda

Bailey, cuyo altruismo ya desprende una amargura que solo lo incapacita para comprender que a quienes ha ayudado son también individuos como él y que también es parte de la comunidad que construyó con esfuerzo.

Bailey no está solo. “Si George está en problemas, cuenta conmigo” es la respuesta de quienes aportan en su salvación, por poco que pudiera ser: “El dinero se vierte sobre la mesa: centavos, monedas de diez centavos, cuartos, billetes de un dólar. Pequeñas cantidades de dinero, pero muchas”, señala el guión que añade que “George se queda allí, abrumado y sin palabras (…) Al ver los rostros familiares, les dedica grandes sonrisas. Lágrimas corren por su rostro. Sus labios pronuncian sus nombres al saludarlos”.

Y aquí está la magia de It’s a Wonderful Life, una esencia que no siempre es bien adaptada en las cientos de imitaciones. Y es que no es solo que George sea fundamental para la existencia del pueblo y la plenitud de sus habitantes, como lo muestra la visión. No es solo que sin él todo se iría al infierno lo que lo saca de su oscuro episodio. Ahí está la diferencia con todas esas otras películas de Hallmark.

Lo que a George le impacta es su propio valor: que cada uno de esos detalles que tanto le han dolido, esos caminos que incluso pensó en no seguir para no continuar con el sacrificio después de tantos años, sí importa. Es el efecto mariposa de sus acciones que, por fin, le quitan la ceguera a lo que no era capaz de ver entre su amargura y dolor: la construcción de la comunidad y el fortalecimiento de sus redes de apoyo. Bailey no está solo y en su momento de mayor necesidad es ayudado por aquellos a quienes él apoyó.

No es lo que George puede hacer por los demás lo que importa, sino lo que los otros han aprendido de él y cómo le devuelven la mano.

Qué bello es vivir It's a Wonderful Life

La comunidad se ayuda a sí misma. It’s a Wonderful Life no solo cuenta la historia de George Bailey, sino que retrata un problema mayor: la resistencia al sistema que busca hundir a quienes no tienen los medios para hacerle frente. En Potter, el malévolo villano que no tiene ninguna característica redentora, se observa a un perfecto estereotipo del capitalismo invasor: o sucumbes por las buenas o te mueres lentamente.

Su sueño de poseerlo todo, de quitarle la identidad a la comunidad, se ve realizado en la realidad alternativa que revela Clarence. Un Potterville donde ya no existe la comunidad que alguna vez fue; ahora está lleno de locales y mercado sin control. Ya no queda nada de ese sentido de pertenencia, de personalidad ante lo vacío del máximo capital.

Potter y Bailey son espejos contrapuestos al igual que sus empresas. El villano es dueño del banco, los periódicos y cada uno de los negocios del pequeño pueblo. Su objetivo durante la película es disolver la compañía de empréstitos de George porque es una amenaza para sus negocios. Claro que sí, es el pilar que impide que pueda seguir quitándole a la gente pues el Building and Loan se creó para ayudar a las personas, oponiéndose a los bancos como los de Potter, que solo buscan obtener ganancias, y funciona como una cooperativa.

Una empresa que le permite a George construir Bailey Park, una villa de pequeñas viviendas financiadas con los préstamos concedidos por su compañía. Un lugar donde la gente puede ser dueña de sus propios hogares y no tener que estar pagando alquileres altísimos como los que cobra Potter. 

George mismo explica la importancia de la empresa y la resistencia en la que se ha convertido. Lo hace cuando se disponen a salir de luna de miel con Mary y se topan con un pánico bancario, teniendo que usar ese dinero para conceder préstamos a los clientes hasta que el banco abra de nuevo.

–Ustedes… están pensando en este lugar de manera equivocada. Como si yo tuviera el dinero de vuelta en una caja fuerte. El dinero no está aquí. Su dinero está en la casa de Joe… justo al lado de la suya. Y en la casa de Kennedy, y en la casa de la señora Macklin, y en otras cien casas. Ustedes les están prestando el dinero para construir, y luego ellos se lo van a devolver de la mejor manera que puedan. 

Es al final, luego de que George ya se encuentra en paz consigo mismo y sus decisiones, con el camino que tomó toda su vida, que es esa misma comunidad que ha resistido los ataques del poderoso capitalista, la que lo saca de apuros. Son las personas las que lo salvan y, al mismo tiempo, se salvan a sí mismas de caer en el infierno que Potter construiría si se perdiera esa pertenencia y generosidad.

El altruismo que dibuja It’s a Wonderful Life no es uno ciego, es uno doloroso y difícil de digerir, que te hace hasta pensar que George es un tonto. Pero es un altruismo necesario, centrado en la comunidad que el concepto ha sustentado y que se ha levantado como un muro frente al individualismo y capitalismo voraz competitivo que ejerce Potter.

Han pasado 77 años desde el estreno de esta película que se puede de ver de manera gratuita por estar en el dominio público —debido a un error administrativo como suele ocurrir con varias en esta categoría—, carácter que le permitió convertirse en el clásico que es hoy tras sus repeticiones anuales en la televisión norteamericana y de otros países (acá en Chile, Andrés Bello Televisión, ABT, siempre te recordaré). ¿Hay cosas que han envejecido mal? ¡Por supuesto! ¿Es el tío Billy el personaje más molesto después de Potter? ¡Sin duda!

Pero más allá de eso, su mensaje, marcado por el New Deal que cambió las políticas estadounidenses en la década de los años 30 —y más allá también de que Frank Capra fuese más tarde del otro espectro político—, sigue presente hasta estos días donde el sentido de comunidad está cada vez más perdido entre los deseos infinitos de sacar ganancias, de monetizar todo lo que se pueda o todo en lo que se sea bueno. 

George Bailey y su Bedford Falls siguen vivos y aquella relación entre altruismo y comunidad tiene más relevancia que nunca.

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