Descansa en paz Ozzy: Mis recuerdos con el Príncipe de las Tinieblas

Ozzy Osbourne Muerte Portada
La muerte del ídolo del rock, a solo semanas de su concierto de despedida en Birmingham, ha causado revuelo en el mundo de la música y también en Matadero, donde quisimos dedicarle unas palabras a quien fue el vocalista original de Black Sabbath y una de las voces principales del heavy metal.

En Matadero he escrito sobre películas, cómics y libros. No conozco mucho de música, área donde prefiero leer a quienes se manejan más. Pero habiendo dicho eso, hace unos días, y por primera vez, quise escribir sobre el tema.

Y es que el 6 de julio, le decía por WhatsApp a nuestro gran Alex Miranda:

“Ayer fue el concierto de despedida de Ozzy y Black Sabbath (…) No sé si lo viste, pero weón, me lo lloré mucho JAJAJAJA (…) podría escribir algo? yo no cacho tanto (nada) de música, pero Ozzy es terrible importante para mí ;_;”.

¿Cómo no? Con una de mis hermanas nos juntamos en mi casa ese sábado, precisamente, para disfrutar de la despedida de los padres del heavy metal en ese fabuloso Back to the Beginning que realizaron en el estadio de Villa Park de Aston, en Birmingham, Inglaterra: la ciudad que los vio surgir. El concierto que, como anunció Tom Morello, buscaba ser “el mejor show de heavy metal de la historia” también se coronó como el que más dinero ha recaudado para donar a organizaciones de beneficencia.

Esa tarde, apenas apareció Ozzy sentado en su trono me empezaron a correr las lágrimas. Ya cuando entonaba Mama, I’m Coming home, mi departamento era un eco de sollozos e interpretaciones desafinadas.

¿Cómo no querer escribir sobre esa y tantas otras experiencias que me regaló el Príncipe de las Tinieblas?

Sin embargo, entre el trabajo y la vida, el texto lo tuve que mover… O al menos esa era mi planificación hasta que pasó lo que pasó.

***

Eran las 14:22 del 22 de julio, en medio del almuerzo en mi trabajo cuando uno de mis jefes menos metalero miró su celular y dijo: “Se murió Ozzy”

Creí que era un chiste. 

Desde siempre le he comentado a todo el mundo que el día que muriera Ozzy –que para mi nunca era un “cuando”, siempre un lejano “si es que”–, no pensaba trabajar, menos levantarme. ¿Cómo podría ser verdad que estuviera muerto? ¡Hace solo unos días había cantado!

De alguna forma, estúpida e infantil, creía que Ozzy era inmortal: mi artista favorito durante mi infancia, adolescencia, juventud y adultez. Las veces que había tratado de imaginar ese horrible hecho, siempre había sido conmigo despertando con la noticia, revisando temprano el celular y leyendo que Ozzy Osbourne había fallecido.

No en medio de un maldito almuerzo en el trabajo. 

¿Cómo era posible? El fin de semana previo, cantaba en un carrete —con más amor que talento— No More Tears, mientras explicaba una vez más mi plan si Ozzy se moría.

Lamentablemente el breaking news en el celular de mi jefe era real.

John Michael Osbourne había fallecido rodeado de sus familiares a los 76 años, tras años de un complicado parkinson (y ni hablar del consumo de drogas en años anteriores).

***

Como una persona con muy pocas habilidades musicales y con pésimo oído, la música es más un acompañante de fondo que una pasión. En línea similar, no suelo escuchar sonidos nuevos y me repito una y otra vez a los mismos artistas y canciones que llevó escuchando toda mi vida. 

En mi cabeza puede sonar cientos de veces la misma canción en una semana y no me aburro (y pese al intento de amigos, es algo que no cambiará: me cuesta mucho conocer música nueva y llego tarde a cada fenómeno).

En ese contexto, Ozzy está entre los artistas que más veces se repite en mi mente.

No recuerdo la primera vez que escuché su música, pero sí recuerdo que debió ser a fines de los 90, junto a una de mis hermanas mayores y un cassette suyo. Ahí aprendí que el rock y el metal eran mis géneros favoritos: melódicos, diversos y fuertes, capaces de callar cualquier pensamiento o voz intrusiva. AC/DC, Iron Maiden, y por supuesto: Black Sabbath y Ozzy.

Primero fue con esos cassettes y algunos CDs, incluso originales, también con la radio Futuro y Rock & Pop. La voz de Ozzy no era la más melodiosa, ni con la mejor técnica vocal, pero tenía un no sé qué que me hacía querer escucharlo una y otra vez, aún cuando no tuviera ni la menor idea de lo que estaba diciendo (así con las pésimas clases de inglés de la enseñanza básica).

¿Cómo no amar la calidez de su voz? ¿O ese tipo de eco infinito que siempre sonaba en cada coro?

La vez que me di cuenta de que Ozzy era más que solo un cantante de metal, no fue de la forma más gloriosa, exitosa o, incluso, de buena calidad. Fue en el año 2000 y bajo la mano de Adam Sandler y su mediocre película Little Nicky, en una visión pirateada que se veía y escuchaba pésimo. 

En aquel entonces en mi casa no teníamos TV Cable, nada de MTV o VH1, y las revistas que se leían eran más estilo Reader Digest que Rolling Stone. Así que Ozzy para mí era un tipo con vestimenta oscura, pelo largo, diabólico, pero por sobre todo, alguien con una voz mítica y esa imagen característica del rock.


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Sí había visto algunos de sus videos más clásicos como el de Bark at the Moon, donde es un científico loco, y algunos antiguos de Black Sabbath, pero de él, como artista y persona, solo tenía esa visión del cantante mítico.

Fue con aquella película (que no recomiendo para nada) que mi pequeña yo notó que Ozzy superaba las barreras de la música y que era trascendental: un ícono de la cultura pop.

¿Cómo me podían importar las boy bands de la época cuando Ozzy se veía más fenomenal? No solo era un excelente cantante, sino que era como un muerto viviente, un Príncipe de las Tinieblas inmortal ¡Parecía un personaje de los cómics que leía! ¡Era como si hubiera salido de los Cuentos de la Cripta!

Si a su música, que ya amaba, le sumaba esa estética creepy y de horror, se convertía en la mezcla perfecta para alguien que desde que tiene memoria ha amado los monstruos y el terror.

Algo que, por lo demás, era el objetivo de Black Sabbath cuando comenzaron, por algo su nombre proviene de la película homónima de 1963 de Mario Bava.

¿Ozzy con Black Sabbath? Un lujo. Puedo escucharlo todo el día, literalmente.

¿Pero Ozzy como solista? Un privilegio del que nunca me aburriré: mi disco favorito es lejos No More Tears (1991), la perfección pura, seguido de Blizzard of Ozz (1980) y Down to Earth (2001). Mención especial a lo mucho que he escuchado estos días Ordinary Man (2020) y Patient Number 9 (2022), impresionante la buena música que siguió sacando en sus 70.

¿Ozzy como figura pop? Un regalo. Y es que, desde aquel primer contacto audiovisual, para mí the Ozzman siempre fue un viejo metalero, medio tiritón, hablando en murmullos inentendibles y con miles de anécdotas, algunas divertidas, otras perturbantes, otras penosas, muchas completamente despreciables, pero siempre con alguna historia que contar.

Mis queridos amigos, aquellos que me mandaron sus pésames estos días, lo saben bien porque muchas veces mi repertorio de conversación gira en torno a las cosas que cuenta Ozzy en su autobiografía. Libro que, por supuesto, compré con mi bello primer sueldo.

Libro que además, se me había ocurrido revisar de nuevo tras el concierto, reencontrándome con el Ozzy que no solo siempre me entregó su música, sino también el que siempre me hizo reír. 

***

Si a los 10 años para mí Ozzy era eterno, una figura creepy que cantaba de manera espectacular, lo siguió siendo en mi adolescencia y juventud. Me acompañó en mis etapas conociendo música: mientras escuchaba Los Prisioneros, Green Day, Pearl Jam; y en mis momentos con amigos, familia, en penas y alegrías. Siempre ahí, como una sombra, un lugar seguro al que siempre podía volver.

Tuve la suerte de disfrutarlo también en vivo dos veces: en 2016, cuando vino al Estadio Nacional en su gira de despedida con Black Sabbath, en lo que fue una noche realmente mágica; y en 2018, en el Movistar Arena, cuando empecé a darme cuenta de que quizás sería la última vez que podría verlo ahí, frente mío.


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Qué puedo decir de ambas citas. ¿Fueron perfectas? Por supuesto. También me hicieron ver que mi estado físico —y el de mis acompañantes— no era el mejor como para seguir yendo a conciertos de metal en cancha. Pero en resumen: inolvidables. 

Mi viejo querido, pelo largo y liso, ojos oscuros pintados, apenas moviéndose, pero elevando las manos y clamando por más y más, su voz aún sonando tan mágica que como cuando yo tenía 9, 17 y mis ahora 34 años.

***

El fin de semana del 5 de julio, además de tener que trabajar, también estaba preparándome para viajar a Canadá el lunes siguiente. Así que el día del gran concierto, estaba más que un poco distraída. Lo tenía anotado como tarea: mi hermana estaba en mi departamento, teníamos algunas cosas para comer, lo íbamos a escuchar.

Claro que duró horas. Horas en las que, sinceramente, no presté mucha atención hasta que apareció él. Se veía tan distinto a sus últimas apariciones en el escenario y es que, siendo honesta, había querido hacer caso omiso a que Ozzy estaba enfermo. Me había puesto la venda en los ojos en completa negación de que ya no era el mismo de 1979, 1990, 2018 y que había tenido varios accidentes, cirugías, y un parkinson terrible. 

Quería vivir en la ignorancia donde Ozzy seguía siendo una figura mítica, inmortal, llena de vida. 

Pero ese sábado se veía frágil, anciano, aunque todavía lleno de esa energía que aún casi inmovilizado llamaba a cantar con él, con esa mirada desorbitada, pidiendo por nuestras almas o bendiciendonos en medio de alguna canción.

Y si hace siete años verlo en el escenario me había causado una euforia fantástica, ahora, el sentimiento era de algún tipo de resignación y pena. No de lástima, nunca lástima. Pero sí de esa pena de saber que algo se acaba y nunca volverá a ser lo mismo, por más que te tapes los oídos y trates de fingir que todo sigue igual. Una pena al comprender que el mundo ha cambiado y nunca habrá marcha atrás, que ciertas etapas de la vida ya no volverán.

Y es que mientras lo veía, entendía que realmente se trataba de su última puesta en escena, que ese fantástico concierto era su despedida: un esfuerzo final para sus fans, quienes siempre lo escuchamos, queriéndonos tanto como nosotros a él.

Cuando su voz se rompía, también lo hacía la mía. Cuando él lloraba, los miles de fanáticos que estaban rodeándolo en vivo, de todas las generaciones —y qué increíble fue ver eso, gente tan joven aún escuchándolo—, lloraban con él. Con mi hermana también fuimos parte de eso, lagrimeando en mi departamento.

Así que tenía que escribir algo de Ozzy, de su adiós y de la infinita pena que me daba saber que nunca más tendría la oportunidad de verlo cantar, de disfrutar tanto con él. 

Pero no creí que esa despedida se convertiría en la definitiva. Realmente irreversible. No creí que menos de tres semanas después mi jefe miraría su celular y diría: “se murió Ozzy”.

Sigo sin creerlo. Escribo esto y pienso, imposible, Ozzy es eterno. Me duele mucho, por ridículo que suene cuando nunca lo conocí, pero lo sentía como familia.

Cosas que me reconfortan: lo mucho que ha sido homenajeado y querido de forma transversal. Lady Gaga, Oasis, The Offspring, Rod Stewart son solo algunos de los que le han dedicado minutos en sus propios conciertos. Cada uno de sus videos en YouTube tiene epitafios y elogios, Google le dedicó un banner de agradecimiento. Ni hablar de los foros especializados, han sido mar de lágrimas y de recuerdos.

Cosas que tengo que aceptar: que su muerte es real y que tendré que cambiar mi motto de “cuando muera Ozzy…”. Que ya nunca más podré escuchar Mama, I’m Coming Home sin llorar. Y que al menos tengo casi seis décadas de su catálogo para acompañarme por el resto de mis días (y como digo, soy muy buena escuchando la misma música de siempre).

Ahora estoy en la etapa de la aceptación, de que cuando piense en él, será en ese Ozzy que vi en vivo, en el escenario, manos en el aire, pidiendo por más, diciendo God bless you aaaall. Será el Ozzy de la cultura pop que grita Sharoooon. O el Ozzy con ojos desorbitados, un pésimo teñido, caminando por el escenario mientras anuncia que I’m going off the rails on a crazy train extremadamente drogado. 

Ese Ozzy con casi 73 años sacando un disco donde reconoce que la mortalidad se acerca.

Será Ozzy aún en ese estilo setentero, pelo en melena desgarbada, más bonito de lo que fue nunca, diciéndomeI can’t see the things that make true happiness” en blanco y negro. 

Y será Ozzy, viejo y con sus clásicos lentes redondos, confesando que the truth is I don’t wanna die an ordinary man

Como si hubiera sido posible que muriera siendo cualquier otra cosa que un hombre extraordinario.


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