Coyote: “Quiero ser el rival a vencer, incluso cuando ya no esté acá”

Coyote Portada Entrevista
Formado por viejos próceres de la lucha libre chilena y pionero en profesionalizar la escena nacional, "El Hito" repasa más de dos décadas de combates, sangre y jaulas suspendidas. Hoy, alejado de los rings por primera vez, revela cómo enfrenta el momento más difícil de su carrera: la frustración de la quietud tras la peor lesión de su historia.

Nubes grises cubren Maipú y él está esperando vestido completamente de negro, apoyado en un par de muletas y una bota ortopédica del mismo color. Se trata de Coyote, “El Hito” de la lucha libre chilena. Una leyenda viva de la historia reciente del wrestling nacional, quien pasa por la lesión más severa en más de dos décadas de carrera. 

“Es la primera vez que me pasa algo tan grave, a pesar de las idioteces que he hecho luchando”, dice, una vez sentados en la cafetería que recomendó. “Me he partido la cabeza, la ceja, la pera. En la cara tengo más puntos que el Kino —se ríe—, pero nunca nada me dejó fuera de acción como ahora”. 

Todo ocurrió en abril de este año, en la tradicional entrega de Guerra de Titanes organizada entre Legión y Revolución Lucha Libre. En el marco del evento “Ambición de Poder 2026”, realizado en el Polideportivo del Estadio Nacional, fue parte de un combate Fatal de 4 Esquinas por el Campeonato Máximo de Legión. Al frente tenía a los ex-WWE Eugene y The Brian Kendrick —con este último, en el clímax de una intensa rivalidad desde 2025— y al entonces monarca de la compañía, Alexios Myth.

Con relatos de Hugo Savinovich, la secuencia de hechos está disponible en YouTube. Tras ingresar con su clásico tema de entra Aquí no es donde de Resorte y batallar con cada uno de sus contendores, Coyote y Myth llevaron la lucha fuera del ring, en dirección a la escalera que en el recinto separa ringside de la galería. Tras aplicarle un suplex directo sobre el suelo sin protección, “El Hito” lanzó una mirada hacia el segundo piso. Lo que vino después fue detonante. Se abrió paso entre la gente que se le acercaba, quedó por sobre el campeón y se dio media vuelta, mientras el personal del staff se debatía entre proteger al caído y gritarle a su rival para que se bajara de esa altura. 

Coyote no hizo caso y se lanzó de espaldas sin saber que nada volvería a ser igual. “Hice un backflip y caí encima de mucha gente, pero, en términos prácticos, no había nadie. Nadie me agarró, para los entendidos. Traté de caer de pie y lo hice más o menos bien, pero mi pie izquierdo quedó en pésima posición. Me lo doblé, con el golpe me hice palanca y me fracturé tres huesos del metatarso”.

“Apenas sucedió me di cuenta que me había fracturado, pero seguí luchando. No sé si habrá sido la mejor idea, no sé si haber seguido me agravó, pero era mi única opción. Ese día entré a cirugía y me pusieron dos placas y un tornillo”, añade.

Cojeando de la pierna izquierda, tocándose cada cierto tiempo y con expresiones silenciosas que delataban dolor, esa vez batalló hasta el final en un combate donde Alexios Myth retuvo el título. Él fue el último en salir del ring: lo sacaron entre varios mientras el público lo despidió con una ovación. 

Esta tarde nublada es la primera vez que este maipucino de 42 años habla públicamente de lo que ocurrió y de lo que sus palabras dejan entrever como un error. Al cierre de esta edición, intercambié un par de mensajes para ver cómo seguía y me dijo que bien, ya recuperado, de vuelta al trabajo aunque aún en rehabilitación. 

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Coyote es un ícono del circuito local, cofundador de Revolución Lucha Libre (RLL) y un referente con más de una decena de títulos a su haber —entre estos, múltiples campeonatos como los Absoluto, Máximo, Mundial e Indiscutible en RLL, como también de Xplosion, Legión y Guerra de Titanes, tanto individuales como en parejas—. Un recorrido gigante que incluye el paso por agrupaciones como Titanes del Ring, Adicción Lucha Libre, ALP, FNL, Max Lucha Libre o Wrestling Superstar, además de plazas regionales en Impacto Iquique, Full Antofagasta y Vpro Wrestling en Valparaíso, e incursiones internacionales en Perú (Generaxion) y Bolivia (Líder y LNL). 

–El año pasado también estuviste lesionado. 

–Sí, fue con algo nada que ver con la lucha, alrededor de cuatro meses. Me atravesé la mano izquierda con un vidrio. Fue un accidente laboral, pero tuve lesiones en el flexor medio y en el nervio. Entré a cirugía para corregir esos cortes parciales. 

–Con esta lesión en tu pie, ¿se proyecta que estarás harto tiempo fuera?

–Sí, ahora estoy con licencia y el doctor me dijo que para que empiece a entrenar y luchar, me faltan mínimo unos seis meses. Pero en la lesión pasada me dijeron seis, máximo ocho, y me recuperé en cuatro meses. Ahora tengo la fe de hacerlo antes de lo que tenía presupuestado y estar listo a final de año.

–¿Ha sido complejo físicamente? 

–Sí, pero yo creo que la lesión más grave ha sido mental. En términos “luchísticos”, digo que soy inmortal y un superhombre. Entreno mucho para eso y he demostrado que soy resistente, que me recupero rápido, pero tener lesiones graves y operarme dos veces en menos de un año ha sido una mella en términos emocionales. No puedo luchar, que es lo que más me gusta. Aparte, la lucha libre es un ingreso importante. Llevo varios años recibiendo buenos ingresos por luchar y hacer clases, y en Chile debo ser uno de los que mejor cobra. 

–¿Y en lo personal?

–He estado en la casa en calidad de estorbo —dice con una sonrisa—, al principio yo no podía apoyar el pie, lo mío era 100% reposo. Para moverme debí hacerlo solo con muletas, entonces las posibilidad de aportar en algo eran nulas. Tengo una hija chica, de 10 años, quien necesita que la vayan a dejar y a buscar al colegio. Mi mujer trabaja desde casa y tiene harta pega, por lo que fue un tema que haya tenido que hacerse cargo de muchas cosas que yo comúnmente hacía. 

–Te entiendo…

–Y uno igual, por temas de personalidad, sale para adelante, viendo el vaso medio lleno. Pero una persona como yo que está acostumbrada a depender de su físico y de aportar, de hacer lo mejor posible, querer ser el mejor y no poder lograrlo, me tiene no sé si triste… Frustrado. Frustrado y con hartos sentimientos de rabia conmigo. No culpo a nadie ni al destino. Uno toma decisiones y se tiene que hacer cargo. Me tiré y toda la hueá, pero yo tomé esa decisión. Yo quise lanzarme, pero eso no quita lo que me provoca esta situación. 

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Hablar con Coyote sobre su trayectoria es conectar con el origen de la lucha libre chilena, cuando no existía nada de lo que vemos hoy. Lo confirman sus 26 años de carrera, el haber creado una de las agrupaciones pioneras y más longevas del circuito como Revolución Lucha Libre, junto con su paso por más de diez promociones nacionales y extranjeras, además de un historial con muchos títulos. Pero si uno profundiza más allá de lo anterior, su relevancia también radica en cómo partió o, más específicamente, bajo el alero con el que se formó: los históricos Titanes del Ring. 

“Mi profesor fue el prócer de la lucha libre chilena, Miguel Ángel Fanfani”, evoca sobre esta figura del Cachacascán y uno de los luchadores del programa Titanes del Ring conocido como Miguel Ángel. Y como todo lo que distinguía a ese ícono, la historia de cómo Coyote lo conoció es también llamativa y graciosa.

Todo comenzó en su adolescencia, a partir de un rito que todo apasionado por el wrestling hizo alguna vez en su etapa escolar: jugar a la lucha libre en el colegio. Una experiencia que él y otros compañeros aprovechaban en los minutos finales de la clase de educación física con un ring improvisado de colchonetas en el patio que, por supuesto, alertó a la directiva de su colegio, el antiguo Liceo Industrial Italia de Santiago Centro. 

“Una vez el inspector nos vio haciéndonos llaves y nos dijo que dejáramos de huevear. Que conocía a un cabro de un curso más chico que entrenó con los ex-Titanes del Ring y que iba a hablar con él para que no hiciéramos más lucha en el colegio. No me acuerdo del nombre del compañero, pero sobre el ring era El Súper Niño”.

De vuelta al presente y mientras avanzaban los minutos y la cafetería se llenaba, Coyote recordó con detalle un día crucial de 1999, cuando tenía 16 años. Con el Súper Niño y otros cuatro compañeros, fueron hasta el centro de Santiago, específicamente a la esquina de San Diego con Alonso Ovalle, a un edificio viejo de varios pisos. Tenían que hacer hora porque el profesor aún no había llegado, así que repartieron la espera entre hablar de lucha libre y pelusear, “hasta que de repente apareció Fanfani de la nada”, destaca.

“Nunca lo vimos venir y fue cuático porque era un señor viejo, alto, con un abrigo negro hasta el suelo, con sombrero y lentes gigantes. Solo saludó a nuestro compañero, a nosotros ni nos pescó. De repente hizo una pregunta. ‘¿Quiénes son estos hueones?’ El Súper Niño le dijo que éramos compañeros y que también queríamos entrenar. Ahí Fanfani se dio vuelta, nos miró y nos dijo ‘síganme, yo los convertiré en héroes’”, cuenta. 

Mientras caminaban, Coyote y sus amigos se miraban con incredulidad dibujada en sus rostros, como buscando una explicación a lo que acababa de ocurrir. Subieron por un ascensor algo destartalado hasta el octavo piso, sin imaginar que estaban a punto de conocer el que sería su primer centro de entrenamiento. Un sector deteriorado, con plástico cubriendo los ventanales y un pequeño galpón con el equipo. Sin embargo, no entrenaron esa jornada, sino que dos días después. 

Casi 20 años después, Coyote cree que aquel encuentro fue una clase de antesala para lo que aprendió en aquella sesión inaugural: las enseñanzas desde el aspecto comunicacional que tiene la lucha libre. 

“Fanfani tenía una oratoria impresionante. Esa vez nos habló de lo que nos iba a enseñar, de lo que podíamos lograr, dónde podríamos llegar y nos convenció de inmediato. Tenía tan buen verso ese viejo que ese día con los demás nos enamoramos más de la lucha. Si ya lo estábamos con lo que veíamos en la tele, poder acariciar la posibilidad de convertirnos en luchadores en ese tiempo nos dio la motivación de dedicarnos al 100%. Incluso estaba con ganas de dejar el colegio. No lo hice obviamente”. 

–¿Cómo fue tu sorpresa de comprobar que se entrenaba lucha libre en Santiago?

–Cuática. Como la mayoría de los fanáticos, era un sueño y haber tenido la oportunidad de hacerlo fue cumplirlo. Así como hueón, puedo llegar a la WWF en cualquier momento. Éramos cabros jóvenes, echamos a volar la imaginación. Y todo se potenciaba al conocer a un ex-titán del Ring como Fanfani y a otros ex-luchadores que también iban a enseñarnos, quienes son, de alguna manera, los papás para mi generación, como La Momia y Mister Chile. Con solo eso ya decíamos que había empezado nuestra carrera como luchadores. 

Hasta antes de ese momento, Coyote nunca había practicado un deporte de forma regular. Aunque siempre se sintió atlético, ágil y fuerte, en su infancia y adolescencia tuvo sobrepeso y su actividad física se limitaba a jugar en el barrio con sus vecinos de Renca. Por lo mismo, cuando la rutina de entrenamientos con Fanfani pasó de ser dos sesiones a la semana a sumar días intercalados y finalmente a fines de semana completos, su vida comenzó a girar exclusivamente en torno a la lucha libre.

Lo siguiente fue su esperado debut, el cual llegó tras dos años de preparación. Fue en el verano de 2002, tras haber salido de cuarto medio, en el Teatro Caupolicán —por entonces “Monumental”—, en un combate contra Kid Foley, compañero fallecido hace un año y con quien mejor se entendía sobre el cuadrilátero. A ellos les tocó la responsabilidad de cerrar el espectáculo ante más de 200 personas, según su memoria, una cifra más que meritoria para la época. Él la recuera como una gran lucha porque no hicieron nada de lo que el profe les pidió. Eran rebeldes en ese sentido, pues su formador quería algo más Titanes del Ring y ellos algo más WWF. “En realidad, más ECW”, se rió.

“Por ejemplo, Fanfani estaba en contra de las salidas del ring y de lanzarse hacia afuera. También de los movimientos más sucios, como los combos y las patadas. Él prefería lo acrobático, lo técnico, y nosotros queríamos hacer una mezcla. Y a pesar de que se negó cuando se lo propusimos, igual en la lucha nos fuimos hacia el público. Después el profe nos retó, nos hizo sentir que éramos los peores del mundo y luego nos dijo, casi en silencio, sin que hubiera nadie alrededor, buena lucha. Buena lucha cabros”, comentó.

–¿Y quién ganó?

–Empatamos. Ese era otro tema. El profe no quería que nadie se sintiera mal y todo terminaba en empate. Y con Foley nos daba lo mismo quién ganara, lo único que queríamos era terminar con un ganador porque siempre se resolvía por falta de tiempo. Nuestra lucha llegó al límite, quedó en empate, pero fue tan buena que la gente se quedó gritando y nosotros reanudamos como dos veces más. Fue la raja. 

–Y es que el debut no se olvida… 

–Sí. En Chile se habla mucho de los colchones meados y de los comienzos. Como te he ido contando, tuve la suerte de que me entrenara alguien que sabía, pero las condiciones eran complejas. Por ejemplo, en el octavo piso no había baño, así que teníamos que bajar al primero o hacer en un tarro que el profe iba a botar después. Si queríamos hacer del dos había que bajar y pedir la llave. Entrenamos un año con un tatami donde aprendimos a caer, el que claramente no era como los de hoy, de goma eva y alta densidad. Ese era de esponja, muy grande y al medio muy molida. Bien under y paupérrima, en realidad. Y así fueron pasando otras cosas que fueron duras, pero como era joven, me sentía un superhombre y no notaba mucho las falencias. 

–¿No tuviste lesiones en esa primera etapa?

–Sí, me acuerdo que algunas básicas como en un tobillo o pegarme en la rodilla. Una vez tuve una expansión rotuliana y en otra me luxé el dedo gordo de la mano por una tontera. Estaba conversando con alguien y un compañero me hizo un paquetito de la nada. Cuando bajamos, mi dedo se dobló por completo. Anduve con férula, pero eso fue menos tiempo y para nada comparable con mi lesión de ahora. 

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Aunque la carrera de Coyote transcurrió por distintas promociones de Chile y el extranjero, su nombre está indisolublemente ligado a Revolución Lucha Libre. Agrupación de la que es uno de sus fundadores, además de la mente administrativa, creativa y formadora, pues también es profesor de su academia. 

Tras su paso por las clases de Fanfani, quien solía echar a sus pupilos, a veces casi sin motivo y reincorporarlos como si no hubiera pasado nada según relata Coyote, inició un camino propio. Primero pasó por Adicción Lucha Libre y luego por ALP, donde conoció a un grupo de muchachos tan entusiastas como él que se adjudicaron un proyecto del antiguo CONACE (Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes) que tenía como meta ayudar a los jóvenes de Pedro Aguirre Cerda. La iniciativa venía con una ayuda clave: la entrega de un ring para impartir talleres y dar un espacio de entrenamiento. “Esos fueron los inicios de Revolución”, afirma. 

Lo anterior debido a que en ese grupo también figuraba Montoya, otro pionero de la lucha libre local y fundador de RLL, quien facilitó el exterior de su casa en Pedro Aguirre Cerda para instalar el cuadrilátero y comenzar los entrenamientos. Cuando había funciones especiales los fines de semana, trasladaban toda la estructura hasta un recinto en la misma comuna. Coyote aún no era parte del proyecto pero recordó que alcanzaron a realizar un par de shows antes de que el financiamiento llegara a su fin, lo que los obligó a regresar al patio de Montoya. De ahí en adelante, como la experiencia ya había dejado la chispa encendida, entre todos se propusieron levantar un proyecto propio. 

En 2004, Coyote tenía 20 años, estudiaba producción de eventos y aplicaba todo lo que iba aprendiendo en esta iniciativa, asumiendo roles cada vez más activos en la gestión de las pocas funciones que iban saliendo. Ese ímpetu los llevó pronto a arrendar su propio espacio. Una antigua iglesia abandonada en la calle Carmen llamada Cristo Redentor, la que estaba en desuso y que se arrendaba por un monto accesible bajo una sola condición: la necesaria limpieza y mantención del lugar mientras se ocupara. 

“Estaba la cagada. Lleno de basura, con butacas de cine antiguas y amontonadas al fondo. Limpiamos, arreglamos lo que más pudimos, con un bloque enorme de madera que estaba botado ahí hicimos una rampa de entrada y, con pocos recursos, una escenografía al fondo. No era la gran cosa, pero nos sirvió para tapar y tener una división para los camarines”, rememora.

“Luego tuvimos que llevar el ring, que se armaba en unas seis horas, si es que no más, con 500 mil pernos y cuerdas de cadena. La base era pura madera. Hoy se usa tatami y lona encima, pero en ese tiempo era común que fuesen como te digo, de madera y pedazos de cubrepiso, los que en nuestro caso, ni siquiera alcanzaban para tapar la superficie entera. Por eso, de ahí en adelante el ring lo guardamos exclusivamente para los shows”, agrega.

Ese año realizaron buenos shows, un logro que, sumado al enorme esfuerzo invertido, fueron los cimientos para que se reconozca a Revolución como una de las marcas más importantes del circuito nacional. De las primeras en profesionalizarse, en traer figuras internacionales y en fundar una academia con su propia formación luchística, entre otros logros que hacen que Coyote mire hacia atrás con orgullo: “Siempre lo digo de manera grandilocuente en las entrevistas, pero yo me siento así y te lo puedo explicar. Yo soy uno de los precursores de la lucha libre chilena como es hoy”.

“En ese tiempo todo lo que te propusieras era muy difícil. En primer lugar, porque no había locales ni gimnasios que se arrendaran para esto. Ahora sí y muchos. Tampoco había plata, proyección comercial, pagos a los luchadores ni nada. Todo era corazón, ñeque y sacarnos la chucha porque esto no existía y había que crearlo. Buscamos ser un símil de WWF y que esto se transformara en algo cultural”.

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Si bien su lesión es uno de los temas de esta entrevista, no es el punto central de la conversación, pues también hablamos sobre los enfrentamientos más memorables de su carrera. En su mayoría, luchas extremas e impredecibles, todas en Revolución, marcadas por la sangre en el ring y por anécdotas tejidas alrededor de esos combates.

Una de las luchas más recientes ocurrió en 2024, durante Año 0, en una triple amenaza entre Coyote, Nicolás Cornell y The Brian Kendrick por el Campeonato Mundial de Revolución Lucha Libre. El combate lo tuvo todo, pero su momento más icónico ocurrió cuando dos árbitros quedaron noqueados. Algo habitual en la lucha libre, pero a lo que aún le faltaba un ingrediente especial. El réferi que entró a salvar la situación fue una leyenda de la escena chilena, un ex-árbitro conocido por todos como el “Tío Pelao”. El papá de Coyote. 

La contienda estaba sin referees hasta que desde la primera fila del público una persona de edad se levantó del asiento y se sacó el polerón: vestía su antigua camiseta a bastones blancos y negros, la cual no se ponía desde hace una década. “Con 80 años de edad y cómo pudo, lo ayudaron a mi papá a subirse al ring”. Kendrick le estaba contando a Cornell, Tío Pelao empezó a contar hasta que su hijo lo jaló de la pierna. Luego este se subió con una silla y su padre le decía que no lo hiciera, que lo iba a descalificar, “y yo le gritaba cállate, eres mi papá, tienes que apoyarme”.

Todo era una gran tensión, el público estaba a punto de explotar, hasta que el padre le quitó la silla al hijo. Esto provocó que The Brian Kendrick lo sorprendiera a Coyote con un intento de su finisher, pero el Tío Pelao lo impidió con una patada en los genitales. “En eso yo me doy vuelta, le hago un martinete y luego un 450. Conteo rápido y me convertí en campeón. Todo era una trampa del maldito Coyote en ese tiempo. Era top heel, el villano máximo de la promoción”. 

Uno de sus grandes combates fue la primera lucha en jaula realizada en Sudamérica, en la Iglesia Cristo Redentor, en 2004. Un evento que volvió a esa jornada algo irrepetible, comenzando por el hecho de que la estructura metálica se terminó de armar a escasos minutos del campanazo inicial. 

Al dar los últimos sorbos de su café me asegura que no es una exageración. Cuando el público hacía fila afuera del recinto, adentro todos corrían contra el tiempo para soldar ese armatoste. Una dinámica de urgencia que se mantuvo durante toda la velada, pues apenas los luchadores se bajaban del cuadrilátero corrían a dar una mano con la construcción destinada al main event de la jornada. Una triple amenaza entre Coyote, Crazy Cid y Toro Americano.

Sostiene que “mientras luchábamos había compañeros alrededor de la jaula, que para la gente seguramente estaban alentando porque se apoyaban en ella con las manos y gritando, pero en realidad era para que se afirmara la hueá y no se cayera. Como que aleonaban, pero en realidad estaban agarrando las rejas porque había la posibilidad cierta de que todo se desarmara”.

Pero lo más llamativo no fue eso, sino que Coyote enfatiza que no se acuerda de buena parte de esa presentación. ¿El motivo? Otro impacto directo en su cabeza. Y es que fiel a su estilo por los aires, arriesgando su humanidad, una vez que se subió a lo más alto de esa jaula tambaleante junto a Crazy Cid, hizo un intento de hurracarrana que no se logró porque su rival le aplicó un golpe bajo que lo hizo caer de espaldas.

“El ring era duro y con el peso de la jaula, la poca amortiguación se perdió. En la caída de espalda me pegué en la nuca y cuando salí de la lucha, que según recuerdo ganó Toro Americano, con mis compañeros abrazándome y yo tapándome la cabeza, Toro me dijo oye negro, media lucha que hicimos. Yo lo paré y le dije que cómo me decía eso, si se nos habían olvidado muchas partes. Toro me miró asombrado y yo le seguía diciendo, hueón, la cagamos, no hicimos tal hueá, y él me decía que sí. Yo pensé que me estaba molestando, me acordaba del puro final. En ese tiempo teníamos una handycam y recién ahí me di cuenta. Vi toda la lucha y salió tal cual lo teníamos planificado. Yo diría que incluso mejor”, afirma. 

Otro combate que trae al recuerdo es su primera lucha hardcore contra Montoya en el Teatro Novedades. Fue en 2006 y ambos tenían una rivalidad que finalizó ese día con Coyote como ganador. La tiene grabada en la piel porque le dejó una de las heridas más terribles de su carrera. Tras lanzarse con un spanish fly desde lo alto de la escenografía y directo a la mesa de comentarios, en el impacto se cortó la barbilla. 

“Como era una hardcore estuvo bueno lo que pasó, pero me partí el hocico y me tuvieron que hacer una especie de reconstrucción. Fue una muy buena lucha y como te digo, la primera de este tipo que tuve. La venía preparando desde antes y finalizar la rivalidad así fue cine, como dicen los lolos”, relata.

Otra jornada que evocó con especial afecto fue, era que no, otra lucha en jaula con Revolución Lucha Libre en el Teatro Caupolicán. Aquel combate fue la coronación de la pre-temporada 2007, la que remarca por su alta visibilidad en Canal 13, donde la agrupación tenía apariciones constantes en el matinal Viva la Mañana, conducido por Luis Jara y Eduardo Fuentes. 

Debido a la crisis de sintonía de este programa y como se suele hacer en esos horarios televisivos, se apostó por contenidos no relacionados con lo que se venía haciendo antes. Entre estos, la lucha libre. Pero aquí el éxito fue rápido. El rating subía cada día y en un momento, asevera Coyote, los ejecutivos decidieron postergar el final de ese matinal para aprovechar el empuje: “De hecho, una vez Lucho Jara nos presentó diciendo que ya venía la lucha libre, la bendita lucha libre, mirando al cielo y levantando los brazos”.

Las transmisiones avanzaron a través de un torneo de eliminación directa de toda la agrupación donde solo dos luchadores llegaron a la disputa final: Coyote y Ramces, en una lucha de leñadores. “Esa final fue con harto público en el estudio y salí segundo, pero para la gente yo debería haber sido el campeón. Mis compañeros me levantaron, me sacaron en los hombros a pesar de que había perdido”, atestigua.

Aquel paso fue más que la antesala para el verdadero clímax de esa temporada. Un evento estelar en el Teatro Caupolicán. Espectáculo que no solo destacó por la multitud que repletó el recinto, sino por una arriesgada apuesta de producción que sorprendió a todos los asistentes.

Como la cúpula del Caupolicán albergaba en su entretecho unas macizas cerchas de metal, el equipo de Revolución instaló un sistema de tecle y piolas para mantener una jaula de acero completamente suspendida en las alturas. Una nueva jaula en la historia de Coyote, quien se enfrentó a Pensácola, Toro Americano y Engranaje Jack. El ganador obtendría el recién creado título de Guerra de Titanes, que se mantiene hasta el día de hoy. 

“Llevamos un poco más de tres mil personas, lo que en esa época era bravo. Y esta vez la jaula estaba bien hecha, la que descendió lentamente a lo WWE. Pero a medida que iba bajando, comenzó a girar en su propio eje. Para la gente era la raja, pero nosotros estábamos urgidos porque si seguía así no iba a cuadrar con el ring. Siguió bajando, ya esperábamos lo peor, y como si fuera parte del destino, cuando llegó justo topó con uno de los postes y calzó perfecta”, detalla.

Tras una batalla intensa, el desenlace aún le eriza la piel. En los segundos finales, mientras yacía exhausto en la lona y uno de sus rivales que no recuerda intentaba escapar de la estructura, todo el público comenzó a corear su nombre al unísono: “¡Coyote, Coyote!”. Impulsado por el clamor, detuvo la huida de su contrincante, azotándolo a la lona desde las alturas, y se coronó como el primer campeón de Guerra de Titanes tras salir de la jaula.

–Veo que te emociona haber recordado todo esto. 

–Sí, hay veces que uno avanza, avanza y avanza. Tengo eso de que sé lo importante que ha sido Coyote para la lucha libre chilena, pero como siempre estoy mirando para adelante, olvido un poco lo que viví. A veces lo recuerdo con mis alumnos, con el público y los promotores con que he trabajado, incluso con los que han vuelto a los espectáculos de lucha. O con gente que me pide foto en la calle y me dice yo te vi hace tantos años en tal evento, que tenían 10 años y ahora son adultos. Eso es muy emocionante. 

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–Cuando un luchador está lesionado muchos no conocemos lo que hay detrás de su recuperación. 

–Y con el tema de las redes sociales se juega con eso de liberar la realidad dentro del relato. A mí me cuesta un poco. Trato de hacerlo porque es la tendencia y lo que ayuda a abarcar más público y tener más contenido, pero hasta el día de hoy me es difícil. Por ejemplo, ahora que no tengo contenido de lucha libre, me ha costado mantener activo mi Instagram porque me da lata subir una hueá de mi recuperación. De verme o mostrar la radiografía con los pernos. Lo he pensado y digo puta, este tema me genera sentimientos encontrados y un poco de lástima, o muchas otras cosas con que no me gusta lidiar. 

–¿Qué otros aspectos de la preparación no conocemos los que no luchamos?

–Hoy en día es más conocido el tema. Muchos de los que entrenan lucha por primera vez piensan que solo es subirse al ring a aprender movimientos. La mayoría desconoce que lo óptimo, lo que no se hace mucho en Chile, es primero convertirse en un atleta. En deportista, luego en un peleador y después saltar al espectáculo. Acá normalmente se hace al revés. Primero el espectáculo y después se va aprendiendo lo otro. Diría que los más antiguos saben más de esto que te cuento que las generaciones actuales.

–Y en cuanto a los sacrificios y lo que se deja atrás, ¿qué cosas no se suelen tener en consideración?

–Que la mayoría estudia, tiene trabajo y familia. Yo no hablo mucho de esto, pero yo tengo mi casa, mi mujer, mis hijos y mi trabajo aparte de la lucha libre. La gente comúnmente se queda con el espectáculo, pero con nada de lo que significa llegar un domingo a luchar. En mi vida tengo que levantarme temprano, ir a dejar a mi hija al colegio, luego a trabajar, ir al gimnasio, hacer mis clases, llegar a la casa y tener vida familiar. Cuadrar todo eso en un día es complejo para un luchador adulto. 

–¿Se te hizo muy complejo al comienzo de esta lesión?

–Sí, al inicio era imposible que pudiera hacer la cama, pero ahora que puedo apoyar la pata lo hago sin tener que hacer mucho peso durante la pisada. Trato de aportar, de hacer cosas y no sentirme tan inútil. Ayudo a estudiar a mi hija y lo que más puedo con los quehaceres. Puedo manejar porque mi auto es automático y ocupo la pata buena, así que la paso a dejar a la puerta del colegio. Que se baje y entre, que comúnmente no lo hago así porque su colegio está en una avenida. 

–Espero que tengas buena recuperación…

–Gracias, yo igual. Espero hacerlo pronto, volver a hacer clases y a luchar. Lo que más extraño es ir al gimnasio. Esa hueá me tiene loco. Gracias a mi trabajo y a mi cargo, tengo la posibilidad de arrancarme en algún momento del día y repetirlo en la semana. Darle el tiempo necesario al tipo de entrenamiento que hago. Pero ahora que estoy imposibilitado, he pensando mucho en ese cliché que ir al gym es terapia y blablabla. Y la verdad es que sí, lo es. Me ayuda con el estrés. Tengo 42 años, me dicen que no represento mi edad y espero mantenerme bien físicamente por mucho tiempo. Y para eso, necesito entrenar. 

–¿Cuál es tu reflexión con respecto a la escena local de hoy en día? Sobre todo de las generaciones actuales.

–En términos generales, hoy en día recién se está tomando en serio todo esto. De verdad. Algo que me ha costado mucho inculcar, y eso que he sido uno de los precursores, es que hay que tomárselo profesionalmente. Años atrás, cuando en Revolución comenzamos con el eslogan «La única lucha libre profesional», nos agarraban para el hueveo. Que eso no existía en Chile porque no se pagaba, no había contratos, nada. Pero nosotros queríamos hacer las cosas de manera profesional, con seriedad. Por eso siempre estuvimos cortos de recursos y no pudimos pagarle a nuestros luchadores, pues todo lo extra que se ganaba era para reinvertirlo. 

–¿Hubo otras cosas que también influyeron más allá de los pocos recursos?
–Yo digo, entre comillas, que era 50 y 50%. El error que cometíamos en Revolución era tirarnos los peos más arriba del culo con cosas que no estaban a nuestro alcance humano ni monetario. Pero eso, por otro lado, nos hizo marcar la diferencia. Establecer el estándar de hacerlo profesional y traía consigo buenos trajes, buen físico e invertir en uno mismo. 

Coyote profundiza y explica que “durante mucho tiempo todo salía de nuestro propio bolsillo. Era el sacrificio para el “renacimiento” de la lucha libre como yo le digo, luego de la época de los Titanes, con el fin de que hoy los luchadores podamos dedicarnos a entrenar. Que tengamos un local y un ring, cosa que yo cuando partí no tenía. Ahora, en la promoción que sea, hay un ring, un recinto, un baño hueón, yo hacía pichí en un tarro, cachai. Hay más posibilidades de entrenar el físico, porque ahora todos los locales que hacen lucha libre tienen máquinas, pesas, y si no, hay gimnasios en casi todo Santiago y accesibles”. 

–Incluso viajar, ahora hay más aerolíneas, se puede financiar con el crédito…

–Sí. Yo he luchado en Perú y Bolivia, pero porque me pagaron todo. Algo que me inculcó Fanfani es que si nos ofrecían ir afuera nos tenían que pagar porque éramos unas estrellas. En mis inicios tuve al menos tres oportunidades para hacerlo, pero era difícil autofinanciarse. Aún así, tuve invitaciones importantes. Rikishi me invitó a su escuela, pero tenía que viajar por mi cuenta y estar allá harto tiempo. Y antes de eso, un promotor de México también me podía meter en promociones y así llegar fácilmente al Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL). Pero no tenía los recursos monetarios, tendría que haberle pedido a mis papás que se endeudaran porque estaba empezando la universidad. Tiempo después un promotor de Australia también me ofreció estar en distintas promociones, pero lo mismo, era por lo menos por unos seis meses y mi hija era chica. En ese momento arrendábamos con mi mujer y teníamos compromisos de adultos que me lo impedían. 

–¿Y ahora lo ves como una posibilidad?
–En el último tiempo he conversado mucho con The Brian Kendrick, mi enemigo máximo, con quien tenemos un feudo bastante largo porque a él le gustó mucho como yo trabajaba. Después de la primera lucha que tuvimos me pidió un mano a mano. Tras ese segundo combate ya teníamos una rivalidad, por lo que cuando fuera a Estados Unidos, él me conseguiría las fechas. Ahí veo una posibilidad, pero de nuevo, no puedo irme por mucho tiempo por los compromisos. Sea como sea, no puedo por seis meses. A lo mejor tres, pero tendría que renunciar a mi trabajo. Yo sé que lo haré en algún momento, quizás no por mucho, pero tal vez aprovechando las vacaciones. No pierdo la esperanza. Como hemos venido hablando, hoy en día todo es mucho más fácil que antes.

–Y puede venir más adelante…

–Y si me preguntas cuál es mi objetivo a futuro, es ser inolvidable. Que la gente hable y piense en mí tal como lo hacen de Míster Chile o de La Momia, o como se recuerda a Shawns Michaels, The Rock, The Undertaker. Quiero tener esa relevancia en Chile. Que la gente en 50 años diga hueon, había un luchador que hasta el día de hoy nadie lo supera. En el fondo, son gustos y son subjetivos. ¿Pero cuánta gente puede opinar que nadie supera a The Undertaker? Quiero que se sienta que pase lo que pase, con los años que sean, estaré siempre en otro nivel. Quiero ser el rival a vencer, incluso, cuando ya no esté acá. 

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