En septiembre de 2007 se emitió el primer episodio de The Big Bang Theory (TBBT), sitcom estadounidense que dio inicio a una de las franquicias más exitosas en la historia de la televisión. Doce temporadas, sindicación internacional, adaptaciones, streaming, clips en perpetua rotación en redes sociales y tres series derivadas (dos de las cuales continúan activas). O, dicho de otra forma, millones y millones de dólares en ganancias.
En el núcleo de todo están dos científicos, Leonard Hofstadter y Sheldon Cooper, y su vecina, Penny. Su círculo íntimo incluye a un astrofísico (Raj) y a un ingeniero (Howard), y luego, con el paso de los años, suma a una microbióloga (Bernadette) y una neurobióloga (Amy). Penny, mesera que aspira a ser actriz, es el único personaje humanista dentro del elenco principal. Este detalle, por supuesto, no es casual.
A lo largo de más de una década, TBBT cuenta la historia de este grupo de amigos: crecimiento personal y profesional, triunfos y fracasos, relaciones y rupturas, matrimonios y funerales. Y como ocurre en cualquier sitcom, ciertas características de sus personajes son utilizadas como ganchos recurrentes: la falta de autoestima de Leonard, los nulos códigos sociales de Sheldon o la incapacidad de Raj de hablarle a una mujer sin alcohol de por medio. Trucos simples y efectivos, disponibles para la comodidad de sus guionistas.
Uno de esos ganchos, no muy repetido pero sí reforzado en cada ocasión posible, es la abierta repulsión de Sheldon por cualquier área del conocimiento que no sea la ciencia dura. A lo largo de la serie no esconde su desprecio por las carreras de Howard y Penny, así como por las ciencias sociales (“inhumanities”) y cualquier otra que no considere digna de respeto (como la geología o la zoología).
La serie requiere de ciertos elementos fundamentales para funcionar (y por supuesto, su continuo éxito durante casi dos décadas demuestra que sí funciona). Tal vez el más importante tiene que ver con las interacciones del grupo alrededor de Sheldon: la capacidad del colectivo para aguantarlo en la interna, y para explicarlo, justificarlo o excusarlo al resto del mundo. Otro gancho recurrente, tal vez el más importante de todos. Sus amigos son la pieza clave para poder tolerarlo. ¿Qué pasaría si no existiera ese bálsamo, esa capacidad de suavizar sus interacciones?
CUSTOMER SUCCESS MANAGER
Ximena Lincolao es la actual Ministra de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Innovación de Chile, puesto que asumió el 11 de marzo de este 2026 como parte del gabinete del Presidente entrante, José Antonio Kast. Su primer semestre en el cargo ha incluido incidentes, patrimonio no declarado y una reunión con Google que no fue registrada en la plataforma de la Ley del Lobby.
La Ministra Lincolao volvió a ser noticia recientemente por los comentarios que emitió al ser invitada al podcast Cómo Te Lo Digo, conducido por Mónica Rincón y Paula Catena. En una conversación respecto al impacto de la Inteligencia Artificial en otras profesiones, salió la frase para el bronce: “Los profesores tienen la oportunidad de convertirse en vendedores o servicio al cliente”. Por supuesto, la respuesta del Colegio de Profesores no se hizo esperar. A través de sus redes sociales, el comunicado fue enérgico: “Reducir la labor docente a la de ‘vendedores’ o ‘servicio al cliente’ no solo es un error conceptual: es una falta de respeto a miles de profesoras y profesores que día a día forman a las futuras generaciones de este país”.
Si bien esa reacción es 100% comprensible, también es necesario señalar que es una respuesta a una cuña que, sí, es horrorosa, pero también está aislada. De hecho, al encontrarse con esa frase, la mayor parte de la opinión pública ha asumido, naturalmente, que se refiere al futuro del profesorado después de que su trabajo sea reemplazado por una IA. Sin embargo, basta escarbar un poco para ver que hay un contexto a considerar.
La cuña viene como parte de una respuesta mucho más extensa a una pregunta que plantea Paula Catena: “The Economist publicaba hace unas semanas un artículo que decía que las empresas de inteligencia artificial están contratando filósofos ahora, que ésa es la tendencia, porque están tratando de darle una mirada más crítica (…) y de pensamiento a todos estos modelos de inteligencia artificial”. Esto lleva a un análisis que no tiene relación alguna con las salas de clases, sino con los vacíos lógicos que ese tipo de empresas están encontrando que requieren habilidades humanistas.
Ese contexto es absolutamente necesario para entender las declaraciones de la Ministra Lincolao. Como ella misma dijo tras el comunicado del Colegio de Profesores, “Yo misma soy profesora y conozco de cerca el valor y la versatilidad de nuestra profesión”. A esto, agregó que con su observación original se refería “al rol de Customer Success Manager en Inteligencia Artificial, que es una posición donde las personas de las humanidades se han reconvertido con éxito en el sector tecnológico hoy en día”.
Ahí está el concepto clave, la explicación a todo este malentendido. La Ministra Lincolao nunca apuntó a ser un Jinete del Apocalipsis anticipando la muerte del factor humano en el aula. Sus palabras no estaban apuntando al profesorado, cuestionando la vocación o anticipando una relocación. No, el verdadero blanco eran las humanidades, pero ojo: esto no es un ataque ni una crítica. Al contrario, es un consejo. Una mano amiga.
Cuando la Ministra llevaba dos meses en su cargo, Radio ADN entrevistó a su predecesor, Flavio Salazar. En esa entrevista, describió la mirada de Lincolao como “utilitarista”. Un concepto elegante, digno de Sheldon Cooper. Y quizás ése es el problema: que en nuestra versión criolla, Sheldon no tiene ese grupo, ese colectivo alrededor que explique el punto de vista de alguien que asume de forma natural (casi displicente) que cualquier persona que siga trabajando en humanidades sólo está mal asesorada. Peor aún, no está al tanto de todas sus opciones.
Así pues, nuestra utilitaria Sheldon Cooper tiene el deber moral de ayudar e informar de estas nuevas oportunidades en el fascinante (y por qué no, necesario) mundo de la IA. No es un ataque ni una crítica. Al contrario, es un consejo. Una mano amiga. Cualquiera que se encuentre con esta nueva información, sin duda, va a unirse a la revolución tecnológica, ¿no? Es lógico. Elemental. Cualquier otra respuesta sería un sinsentido. Una mala broma. Un bazinga a la chilena.



