Un cuerpo se descompone afuera de una estación de servicio que limita con la carretera. Aunque el dueño de la estación alertó a las autoridades para que vengan a retirarlo, estas se encuentran de manos atadas: al mismo tiempo se está llevando a cabo el carnaval. Una mujer de clase alta declara, no en comisaría sino que en una cómoda oficina del registro civil, sobre el trágico accidente en el que falleció atropellada la hija de su empleada doméstica, después de que la mujer la mandara a comprar pan y dejara a la menor sin supervisión. Una pierna genera histeria colectiva luego de ser encontrada dentro de la boca de un tiburón, mientras la prensa menciona brevemente la desaparición de una persona. Y entre medio, un hombre que vive con otro nombre intenta sacar a su único hijo fuera del país que lo persigue.
Tal vez otra industria cinematográfica convertiría esta historia en un elegante relato de espías o en un electrizante thriller político, pero Kleber Mendonça Filho sabe más. Sabe mejor.
Criado por una historiadora en plena dictadura brasileña (1964-1985) era inevitable que el director pudiera identificar desde temprana edad el tipo de violencia, corrupción y desinterés que se producen luego de años viviendo bajo un régimen autoritario. Y que para enfrentarlos la única arma que tenemos a nuestra disposición es la memoria, en este caso el archivo.
Ya en Retratos fantasmas (2023), el director brasilero trabajó con estos elementos, enfocándose en las desaparecidas salas de cine de su natal Recife. Hoy podría considerarse como una predecesora (temporal y espiritual) de El Agente Secreto (2025) y —por qué no— como un texto complementario para seguirle la pista a la película estrenada y premiada en la última edición del Festival de Cine de Cannes.

1977 en Brasil es un tiempo de “travesuras”. Al menos así lo introducen los créditos iniciales con un tono que persigue más el humor negro de Fargo (1996) que el drama histórico (y coetaneo) de Aún estoy aquí (2024). En El Agente Secreto, Wagner Moura es Marcelo (o Armando, dependiendo de quién pregunte) un padre que, ante una inminente amenaza de muerte, se encuentra viajando de vuelta a su natal Recife. Allí llega a una pensión donde viven otros refugiados como él, a la espera que sus contactos en una red clandestina le faciliten a él y a su hijo Fernando pasaportes para que puedan emigrar.
No hay demasiada sofisticación entre perseguidos y perseguidores; mientras los primeros intentan sin éxito ser discretos respecto a su situación, fallando una y otra vez en tareas como ocultar sus nombres, orígenes, ubicación y hasta el sistema detrás de sus comunicaciones (mención especial al montaje del telegrama), los segundos sólo pueden pretender seguir subcontratando gente para hacerles el trabajo sucio. Pero en su finura estética y en la caracterización de sus personajes, el filme le da poder al relato de cada una de estas personas entrampadas en un sistema viciado por los abusos de poder.
Esta no es una historia sobre los héroes que se rebelaron contra los poderes fácticos. Ni siquiera es una historia sobre los poderes fácticos. Es sobre todo lo que hay entre medio, que no es otra cosa que la gente que por más de veinte años tuvo que aprender a sobrevivir como si estuviera nadando en un mar infestado de tiburones.
El Agente Secreto no es una película de respuestas, es una película de historias y de los vacíos que hay en ellas, del vacío que está permitido llenar y del que no, antes de la dictadura e incluso después. El filme no le hace el quite al agitado presente de Brasil, con la sombra de Bolsonaro aún deambulando y la preocupante masificación de las fake news ¿y qué son los fake news sino la alteración malintencionada de los relatos?



