Con un director como David Lynch, la audiencia sabe qué esperar al enfrentarse a algo que lleve su nombre en el póster: fantasías oníricas, surrealismo inspirado y un tratamiento cinematográfico inolvidable. Es difícil que quienes ya hayan visto una película del director norteamericano no sospechen de lo que podrán encontrarse al momento de visualizar su material.
Y es que uno va preparado cuando se trata de Lynch.
Pero no siempre es el caso, como ocurrió en primera instancia con su proyecto televisivo: Twin Peaks (1990). La serie, transmitida de manera exitosa por la televisión nacional en Estados Unidos, fue observada no sólo por los fans del director, que a la fecha de su estreno ya había realizado películas como Cabeza Borradora (Eraserhead, 1977) y Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986), sino que también por espectadores comunes y corrientes que nada se esperaban de sueños mágicos ni lugares donde se habla al revés.
Partamos con una pequeña sinopsis: la serie sigue al agente del FBI, Dale Cooper (Kyle MacLachlan), quien es asignado al misterioso pueblo ficticio de Twin Peaks, ubicado en el estado de Washington, con el propósito de indagar en torno al asesinato de Laura Palmer (Sheryl Lee), una estudiante de secundaria ampliamente querida y respetada en la comunidad, quien aparece muerta, envuelta en plástico. Cooper se deberá aliar con la policía local para descubrir al asesino y también la doble vida que llevaba la adolescente.
«No creo que tenga posibilidad de éxito. No es comercial, es radicalmente diferente de lo que nosotros, como espectadores, estamos acostumbrados a ver, no hay nadie en el programa a quien apoyar», explicó poco antes del estreno de la serie Paul Schulman, un analista de medios, como se recuerda en una nota que publicó Vulture poco antes del estreno de la tercera temporada.
Un análisis agudo y es que sí, la serie creada por Lynch y Mark Frost venía con ideas nuevas y, sobre todo, no se trataba de un show que pudieran categorizar dentro de un género único, lo que hacía difícil adivinar qué tipo de audiencia la vería. Además, el horario que se eligió para su estreno no había sido exitoso para series dramáticas como Dinastía (Dynasty, 1981, Esther Shapiro y Richard Alan Shapiro), y Twin Peaks algo tenía de esos dramas telenovelescos. Más aún, competiría con el gigante de comedia que era Cheers (1982, James Burrows, Glen Charles y Les Charles).
Pero le fue bien. Tan bien que creó un fenómeno de masas: todos querían saber quién había matado a Laura Palmer.
Por ese entonces, en The New York Times, el crítico televisivo, John J. O’Connor, dio en el clavo sobre el éxito al indicar que el show “no es una parodia del género. El señor Lynch claramente saborea los ingredientes estándar … pero luego el director agrega sus propios toques peculiares, pequeños detalles pasajeros que de repente, y a menudo hilarantemente, sacan lo común de su lugar».
¿Qué fue lo que llevó a que la gente, incluso quienes no conocían a Lynch, siguieran tan de cerca esa primera temporada? Incluso Los Simpson, el pináculo de la cultura pop de ese tiempo, le regaló un gag con Homero diciendo que básicamente no entendía nada, marcando el impacto televisivo que tenía la obra sobre la muerte de Laura Palmer. Misterios, romance, aspectos sobrenaturales, humor y absurdismo, son parte de los factores que se fusionaron para hacer del show un antes y después en la televisión.
Si hasta la fecha, los formatos televisivos eran parte de situaciones cómicas, más conocidas por el término sitcom, generadas en los 50’ con el show Yo Amo a Lucy (I Love Lucy, 1951, Lucille Ball), popularizadas en los 60’ con una decena de otros títulos; o series de aventuras como las serializadas en los 70’ y 80’ —Los Magníficos (The A-Team, 1983, Stephen J. Cannell y Frank Lupo) o MacGyver (1985, Lee David Zlotoff)—, junto con otros modelos, Twin Peaks vino a fragmentar lo que era la televisión estadounidense en ese momento.
¿Por qué? Fácil, hasta entonces cada género se quedaba en su cancha. Sí, podían haber momentos más dramáticos en Yo Amo a Lucy, pero en el siguiente capítulo todo volvería a la normalidad. Los tropes de televisión eran inamovibles, su funcionamiento radicaba en que no se tocaran entre sí.
La serie de Lynch y Frost no solo se propuso trabajar de cerca con los géneros más conocidos de la época, sino que analizarlos, mostrar sus principales elementos y tratar de enlazarlos. Los misterios de Claro de Luna (Moonlighting, 1985, Glenn Gordon Caron); el desarrollo de personajes más allá de monolitos básicos de M*A*S*H (1972, Larry Gelbart); y las teleseries norteamericanas conocidas como soap operas, fueron solo algunas de las narrativas deconstruidas en Twin Peaks.

Una fusión perfecta
En la primera temporada, que para muchos mantiene una calidad magistral en cada uno de sus ocho capítulos, es posible visualizar distintos géneros en conjunto y filmados perfectamente dentro de sus conocidos arquetipos.
No es sorprendente entonces que el espectador pueda pasar de lo que es un misterio policial, con su música y cinematografía correspondiente, en escenas como del piloto con Dale Cooper revisando las uñas de la fallecida Laura Palmer; a, unos episodios más tarde, visitar el drama romántico y telenovelesco de Norma (Peggy Lipton) y Big Ed (Everett McGill), con actuaciones grandilocuentes, una trama que raya en lo inverosímil y que incluso suma el uso de la amnesia —jugando de manera perfecta con los arquetipos de las soap opera—.
En el show, los géneros que se utilizan presentan sus propias narrativas y estilos: la música, los colores, los escenarios y, por supuesto, los personajes. Las actuaciones, como la mencionada de Big Ed y Norma, por ejemplo, funcionan con equilibrio dentro de su mundo; al igual que la comedia del policía Andy (Harry Goaz) y la secretaria Lucy (Kimmy Robertson); o el drama detectivesco de Cooper.
Asimismo, los personajes son maleables y se pueden adaptar de acuerdo con lo que le pide la escena y el género que esté presente. Así tenemos entonces al jefe de policía Harry S. Truman (Michael Ontkean) quien bien puede ser parte de la trama de misterio al investigar la muerte de la joven Palmer y minutos después estar en su propia soap opera cuando se encuentra con su amante Josie (Joan Chen).
Uno de los problemas que muchas veces puede tener la deconstrucción es el objetivo y su resultado: ¿se quiere parodiar el material? Un buen ejemplo es la película Invasión, (Starship Troopers, 1997, Paul Verhoeven), que bien satiriza la novela original de Robert Heinlein. ¿Se quiere hacer un homenaje? Es el caso de Galaxy Quest (1999, Dean Parisot) y el paralelo perfecto que hace con Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966, Gene Roddenberry). ¿Tiene sentido hacerlo? Es una de las quejas que recibió The Last Jedi (2017, Rian Johnson), que bien trata de subvertir —con éxito o no— los arquetipos de Star Wars.
En Twin Peaks la deconstrucción está lograda, lo que se relaciona con el respeto con el que David Lynch y Mark Frost arman su historia. Y es que mediante la cinematografía y visualidad de Lynch y la narrativa magistral de Frost, se puede observar el choque de los géneros, pero también su perfecta unión, sin notar fracturas en sus bordes.
Son los personajes, siempre serios dentro de sus propios arquetipos, quienes se encargan de darle valor al juego de pertenecer a diferentes géneros televisivos. En ese contexto es el agente Dale Cooper, nuestro protagonista quien, aunque sea en solo una escena, pasa por cada modelo narrativo, convirtiéndose en el pegamento que une a Twin Peaks.
El resto, la decena de personajes normales y extraños que abundan en la serie sobre el asesinato de la adolescente reina de belleza, se caracteriza por cumplir muy bien sus roles, sin desmarcarse de sus propias historias y por ende sus modelos narrativos.
Lo que más destaca es que esta deconstrucción de géneros y su fusión no solo acierta sino que se vuelve adictiva. Es capaz de interesar a los fans de nicho de Lynch y también a los espectadores más convencionales.
Esto se consigue por aquella credibilidad y verosimilitud desde el punto de vista narrativo. La audiencia de Twin Peaks en algún momento de su visionado deja de notar los cruces entre géneros, más pendiente de lo que ocurre en la historia. Finalmente, las tramas permiten que los personajes puedan liberarse de los límites de sus propios paradigmas, dando paso a un nuevo estilo narrativo que, precisamente, une distintas ideas e inspiraciones de manera lisa y homogénea.
Con quien más se nota este detalle es con Cooper, por supuesto. El agente del FBI y quizás el personaje más icónico junto con Laura Palmer, puede sumarse al drama central y misterioso, recordable de series como Dallas (1978, David Jacobs) y su arco de ¿Quién mató a J.R.?; a pasar sin problemas al terror onírico y surrealista bien conocido de las obras del propio Lynch.

Puertas abiertas
La deconstrucción que Twin Peaks logró es fundamental para comprender cómo funcionan hoy los arquetipos en la televisión y por qué son tan atractivos para el público. Y cómo no va a ser importante si sentó las bases para las nuevas obras narrativas que siguieron sus pasos.
Twin Peaks abrió la puerta a la posibilidad de series como Los expedientes secretos X (X-Files,1993, Chris Carter), que se centró en investigaciones paranormales y conspiraciones, y probablemente no hubiera existido sin la influencia de la obra sobre la muerte de Laura Palmer. El show de Lynch y Frost demostró que había un mercado para narrativas complejas que desafiaban las convenciones establecidas en la televisión.
La serie comprobó que los espectadores estaban dispuestos a ver historias multidimensionales, más aún, que querían ese tipo de historias.
En la década de 2010, vimos una oleada de shows de prestigio que se inspiraron en Twin Peaks y llevaron la narrativa televisiva a nuevos niveles. Ejemplos destacados incluyen a The Fall (2013, Allan Cubitt), una serie de crimen y suspenso que explora la mente de un asesino en serie y la lucha de una detective por atraparlo; o Hannibal (2013, Bryan Fuller), adaptación del personaje de Hannibal Lecter que se sumerge en los aspectos más oscuros de la mente humana y que es narrada fuera de las convenciones de los procedimientos policíacos (puedes leer nuestro ensayo sobre esa serie acá). Estas obras adoptaron una narrativa tridimensional, con personajes complejos y tramas entrelazadas.
Incluso series como Riverdale (2017, Roberto Aguirre-Sacasa), que pueden ser consideradas de dudosa calidad, muestran la influencia de Twin Peaks en su enfoque narrativo. Basada en los personajes de Archie, presenta una mezcla de elementos de misterio, romance y drama adolescente, siguiendo los pasos de Twin Peaks al fusionar diferentes géneros y ofrecer una experiencia televisiva que busca ser más compleja (o al menos rara).
Lo que comenzó como un misterio sobre aquella adolescente que aparece sin vida y envuelta en plástico cambió la manera en que se cuentan historias en la televisión: un antes y después al atreverse a deconstruir arquetipos narrativos y fusionar diferentes géneros, primero en la narrativa estadounidense, pero luego sus enseñanzas se sumaron a otros países.
Con Twin Peaks la televisión se convirtió en un medio más arriesgado y experimental que ofrece, o al menos trata de hacerlo, historias y personajes con mayor complejidad narrativa y desafiando las convenciones establecidas.



