Somos gordos, no pesados

Las risas en Mike & Molly, que se incorporó recientemente al catálogo de HBO MAX, y las lágrimas que provoca The Whale con un Brendan Fraser revestido en un traje prostético, nos recuerdan cómo la representación de la obesidad en las pantallas sigue siendo polémica. ¿Cómo se busca el humor y el llanto en estos dos casos? ¿Ha cambiado en algo el tratamiento de los personajes con sobrepeso en la ficción audiovisual?

Por Aldo Vidal N.

El primer chiste de Mike & Molly, serie producida en 2010 por Chuck Lorre, el mismo creador de The Big Band Theory (2007) y Two and a Half Men (2003), tiene a su protagonista, Mike (Billy Gardell), un obeso policia de Chicago, tratando de seguir una nueva dieta, mientras el mozo y su compañero de ruta se burlan de sus esfuerzos. En la escena siguiente, Molly (Melissa McCarthy), una profesora con exceso de peso, se ejercita en una máquina elíptica mientras su madre come un trozo de torta y le aconseja que no siga esforzándose en eliminar kilos y que asuma que “es una chica de huesos gordos”.

A poco andar, Mike y Molly se conocen en “Overeaters Anonymous” (¿Glotones Anónimos? ¿Comilones Anónimos?), un espacio donde buscan apoyo en sus esfuerzos por bajar de peso, y comparten, con mucha chispa y humor, las dificultades de intentar y fracasar en las dietas. Durante los primeros episodios la serie construye su humor sobre la siguiente premisa “cómica”: dos gordos que quieren bajar de peso encuentran el amor en el camino.  

Si bien, tener dos protagonistas con sobrepeso de alguna forma ayudó a normalizar la presencia de personajes con obesidad en el prime time de la televisión estadounidense, el hecho de que las bromas fueran constantemente sobre sus cuerpos, y que su anhelo de ser delgados diera a entender que con ello serían más atractivos y mejor aceptados socialmente, resultaba contradictorio con el espíritu “inclusivo” de la serie.   

Algo similar ocurrió al inicio de Will & Grace (1998, Max Mutchnick y David Kohan). Pese a ser una serie creada por dos hombres homosexuales, donde de los cuatro personajes principales, dos son gay y una es ambigua sexualmente, la estrategia para que les permitieran emitirla fue jugar con la idea de que Will (Eric McCormack) y Grace (Debra Messing) podrían, eventualmente, ser algo más que amigos y que existía la posibilidad de que el abogado interpretado por McCormack pudiera volverse heterosexual. Esto, supuestamente, la haría más digerible para públicos masivos, pero al mismo tiempo coqueteaba peligrosamente con el mito de la “conversión” que la comunidad LGBTQ+ detesta. En el otro extremo, el personaje de Jack (Sean Hayes) era tan exagerado que resultaba muy parecido a los clásicos clichés que por años habían dominado el cine y la tv. Así, la serie que debía representar a un grupo invisible terminó ofendiendolos y tras su estreno en varios medios la calificaron como “estereotipada y que los hacía quedar mal”. 

Sin embargo, con el correr de los capítulos y las temporadas, Will & Grace comenzó a  abrazar la bandera multicolor, retratar experiencias que nunca antes se habían visto en una sitcom y eran muy especificas de la comunidad, por ejemplo, se rieron de la falta de besos gay en la televisión y mostraron uno sin censura, abordaron la experiencia de salir del closet, la discriminación, el matrimonio, entre otras. La serie se convirtió en un hit, ganó premios e impactó positivamente en la visibilización queer.

En el caso de Mike & Molly, pese a compartir el mismo director durante sus dos primeras temporadas (James Burrows) y abordar un tema muy cercano como la obesidad (hay estadísticas que hablan de que tres de cada cuatro adultos estadounidenses tiene sobrepeso), no logró calar de la misma forma. Quizás porque la serie se debate entre dos personalidades opuestas (muy Doctor Jeckyl and Mister Hyde) que no terminan de convivir bien.

Por un lado presenta una romántica y dulce historia de amor entre dos personajes que no lo han pasado bien y a quienes les cuesta establecer vínculos amorosos. Tramas sobre inseguridades, problemas de comunicación, suegras o ex parejas, son parte de esta línea narrativa. Por otro, constantemente se les recuerda que, pese a ser inteligentes, trabajadores, simpáticos, son gordos y por eso deben aceptar ser el objeto de los chistes. En una escena, el compañero policía de Mike lo abraza para reconciliarse después de una discusión, pero remata diciendo “es como abrazar a un futón”. El fantasma de una pregunta clásica sobrevuela en cada capítulo: “¿No estamos riendo con ellos o de ellos?”.

En general, en las comedias romanticas el humor proviene de los malos entendidos en las dinamicas de parejas, el sexo o las propias personalidades de los protagonistas. Pocas veces las bromas son sobre la apariencia física de los personajes. En este caso, además, es Mike quien se burla constantemente de sí mismo y hace comentarios irónicos o ridículos sobre su peso. En una escena de la segunda temporada, cuando se preparan para la boda y él habla de su dieta dice “tengo que hacerlo porque quieres que ambos estemos de blanco, y prefiero parecer un refrigerador que un camión de helados”. Probablemente sea una estrategia para facilitar que la audiencia acepte los frecuentes chistes sobre el peso: si él se ríe de sí mismo, nosotros también podemos. Esta actitud del personaje, además refuerza el tropo de gordo simpático en el que se encasilla siempre a este tipo de hombres.

En Friends (1994, Marta Kauffman y David Crane), una de las sitcoms más exitosas de la historia,  Monica Geller (Courteney Cox) fue obesa en el pasado, y aunque bajo la premisa de que perder peso es el éxito, ella sería una “ganadora”, cada vez que se abordaba el tema se burlan de esa situación. Le recuerdan que fue una “perdedora” y hacen bromas sobre su cuerpo. Esto no parece grave porque en el presente -y en la realidad- ella es muy delgada, por lo que, evidentemente, se trata de un chiste.

Algo similar ocurre en el capítulo donde Brad Pitt aparece como invitado. Pitt interpreta a Will Colbert, un antiguo amigo del colegio de Monica, Ross (David Schwimmer) y Rachel (Jennifer Aniston), pero ésta última no tiene ningún recuerdo de la existencia de esta persona. La gran broma e ironía, en este caso, es que el compañero gordo ahora es Brad Pitt (en su mejor momento). El humor proviene de lo “ridículo” que alguien con sobrepeso, y por eso según la serie, poco atractivo, aparece encarnado en el actor que en ese momento era considerado el hombre más bello del mundo. 

Con todo, en esta misma serie cuando el tema afectó realmente a uno de sus actores, se abordó de forma diferente. El actor Matthew Perry fue adicto a las pastillas y durante las temporadas tuvo grandes cambios en su peso. Cuando su personaje, Chandler, prepara el matrimonio con Mónica, él había pasado de 58 a 102 kilos. Uno de los capítulos lo muestra buscando su traje de novio, y el chiste es que no logra entrar en el terno. Perry se quejó con los guionistas y sus colegas lo apoyaron, porque no consideraron correcto hacer bromas con el cuerpo de su compañero (que, además, pese a todo, tenía imagen de galán). Nunca más se volvió a hacer referencia alguna a los cambios físicos del actor en la serie. 

En Mike & Molly los actores realmente tenían sobrepeso. La leyenda urbana dice que incluso Melissa Mccarthy tenía impedido por contrato bajar de peso para mantener el personaje. Considerando esto, el humor constante sobre su apariencia física parece problemático sobre todo porque puede enviar el mensaje de que es correcto hacerlo en la vida real. 

De hecho, una de las polémicas más recordadas de la serie fue el post de una bloguera de la revista Marie Claire donde decía que le asqueaba el cuerpo de los protagonistas. “Creo que me daría asco si tuviera que ver a dos personajes con rollos y rollos de grasa besándose… me daría asco si tuviera que verlos hacer algo”, escribió. La reacción transversal fue condenar este tipo de opinión. Y causó la indignación de varias activistas como Marilyn Wann que señaló que esto era un espejo de las “actitudes de nuestra cultura hacia las personas gordas… Los medios de comunicación te están diciendo que los gordos no cuentan, nunca van a llegar a ser el héroe de la historia. No tienen que tener sexo. Así que tal vez estarán agradecidos como objeto de una broma”.

Lágrimas de ballena 

Si en Mike & Molly una parte importante del humor se sostiene en el conflicto “quiero bajar de peso, pero no puedo”, y en todas las desventuras y situaciones cómicas que esa premisa puede producir; en la película The Whale (2022, Darren Aronofsky), el drama, precisamente, se construye porque esa posibilidad ya no existe. Para Charlie (Brendan Fraser) no hay vuelta atrás. En los primeros minutos de la película nos informan que su situación de salud es tan grave, que su cuerpo no resistirá más que unos días. 

No hay forma de reír porque su obesidad mórbida es una condición inapelable e irreversible, y eso establece el tono trágico de la historia. Rápidamente sabemos que este profesor que nunca sale de su departamento, que pasa su tiempo organizando cursos de escritura en línea, que mantiene su cámara web apagada para que nadie lo vea, está condenado.  

Charlie es un hombre introvertido y solitario, que usa su inteligencia e interés por la literatura como mecanismo de defensa. Hace años perdió al amor de su vida, un estudiante del que se enamoró y que lo hizo dejar a su esposa e hija. Ahora prefiere encerrarse en su casa y solo recibe las visitas de Liz (Hong Chau), su enfermera y única amiga, quien lo insta a ir a un hospital por el grave riesgo de insuficiencia cardíaca congestiva, pero él se niega porque le preocupa que nunca podrá pagar esa deuda médica. 

A lo largo de la película también lo visita Thomas (Ty Simpkins), quien dice ser un misionero de la Iglesia New Life y que ve en él la posibilidad de salvar un alma antes de que muera. Charlie pide pizza con frecuencia, siguiendo una rutina constante con el repartidor Dan (Sathya Sridharan), quien deja la pizza y recoge el pago en efectivo del buzón y solo se comunican a través de la puerta cerrada.

Al comienzo de la historia, cuando el protagonista comprende que su final está cerca, se impone como misión tratar de volver a conectarse con su hija adolescente, Ellie (Sadie Sink), a quien no ha visto en ocho años. Ese será su objetivo, su necesidad urgente, antes de que su cuerpo, finalmente, deje de funcionar.

En la mayoría de las películas que retratan trastornos alimenticios graves, como la bulimia o la anorexia, se desarrolla en extenso el aspecto psicológico del personaje (casi siempre femenino), pero aquí esa dimensión es más difusa. En las cintas donde se rechaza la comida, se busca el trasfondo que lleva a ese comportamiento. En The Whale es evidente que Charlie se ha abandonado a sí mismo y que pasa por una fuerte depresión, pero su compulsión por comer se da por descontada sin profundizar demasiado en cómo y por qué la adquirió.   

A lo largo del metraje sabemos que no ha hecho nada por revertir su precaria situación de salud, al contrario, ha contribuido conscientemente a empeorarla. Se niega a tratarse y rechaza cortésmente los consejos de su amiga Liz. Pese a esto, y a diferencia del retrato de la anorexia donde casi siempre los personajes están al borde del abismo emocional, el protagonista se percibe tranquilo, cálido, con temple e incluso sabio en la forma de enfrentar los fantasmas de su pasado.

Por esa representación tan “zen” es que en una primera capa, su obesidad se asume como “natural” y no un conflicto que lo está destruyendo. Nunca vemos -aunque podemos intuir- las crisis donde come de manera desaforada y usa los alimentos como una suerte de droga. Sus comportamientos aparecen como lógicos, sensibles e incluso autocríticos ante todos sus interlocutores y por eso desconcierta. Se lo muestra como un hombre que quiere corregir sus errores antes de que sea demasiado tarde, y no como alguien psicológicamente perturbado que ha empujado su vida a la autodestrucción.

Mucha gente se quejó porque consideró excesivo el énfasis en sus dificultades físicas para caminar o bañarse, en relación al escaso tiempo dedicado a profundizar en los “rollos mentales” que atravesaba el personaje y que están presentados de manera más concisa. Nuevamente el cuerpo real del actor, que usó un traje prostético, apareció como un factor que podría cambiar la interpretación de su performance, sumando o restando puntos a la forma de representar el personaje. 

Sin embargo, en este caso me parece que las lágrimas (casi aseguradas) que provoca la película, no tienen relación con la explotación de un cuerpo mórbido, si no con la racionalidad (aparente) del personaje. Presentarlo en sus cabales, coherente y empeñado en reparar algunos aspectos de su vida anterior, produce empatía. Es alguien que parece “sano” mentalmente y por eso duele que su cuerpo esté tan deteriorado. Ahora, si esta es una estrategia de manipulación hacía la audiencia, es otra discusión. 
A diferencia del humor de Mike & Molly, donde la apariencia de los actores es la clave para generar humor, en The Whale las lágrimas provienen no de la lastima, si no de la contradictoria ilusión de ver un cuerpo que ya no da más, reventado de comida, y una mente valiosa que quiere recuperar una relación familiar perdida y un padre que aún tiene mucho que aportar a su hija.

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