Por: Aldo Vidal N.
La primera vez que conocemos a Sidney Prescott (Neve Campbell) es una adolescente tímida y frágil que intenta recuperarse de la trágica muerte de su madre. Fue ella quien encontró el cuerpo en su casa y quien, además, se convirtió en la testigo clave del caso al acusar al amante de su progenitora, Cotton Weary (Liev Schreiber).
[Spoilers de las cuatro primeras entregas de Scream a continuación]
Al final de Scream (Wes Craven, 1996), la situación es todavía peor: Sidney descubre que su novio y uno de sus amigos cercanos son en realidad los asesinos de su madre; su mejor amiga está muerta; varios de sus cercanos están en riesgo vital; y es ella quien finalmente debe matar a los culpables.
Un año después, en Scream 2(Wes Craven, 1998), nos encontramos con Sidney en la universidad. Es famosa por haber inspirado la película del momento (“Stab”), tiene un nuevo pololo y participa en un grupo de teatro. Pero la tragedia la persigue. Cuando termina la película, su pareja, su mejor amigo, su compañera de casa y varios compañeros de clase han sido asesinados por la madre de Billy Loomis. Y otra vez es Sydney quien aprieta el gatillo para poner fin a la carnicería.
En Scream 3 (Wes Craven, 2000) está viviendo sola, trabaja desde casa, casi no sale, y pasear al perro es su único pasatiempo. Su padre, quien milagrosamente ha sobrevivido a todos los ataques, aparece de vez en cuando para sacarla de esa especie de depresión funcional que vive. Al cierre, todo el elenco de “Stab 3” está muerto y el asesino resulta ser su medio hermano, resentido porque su madre lo abandonó.
Una década más tarde, Scream 4 (Wes Craven, 2011) nos presentó a una Sydney aparentemente recuperada. Escribió un libro de autoayuda (“Salir de la oscuridad”) y recorre el país contando su historia. El problema es que al visitar a su prima adolescente en Woodsboro los asesinatos vuelven a comenzar. La revelación final es que su propia familia no la soporta: su prima decide que la mejor manera de convertirse en la nueva heroína es asesinando a la original.
Con el estreno de Scream 7 (Kevin Williamson, 2026) nos reencontramos con Sidney. La cinta marca el regreso en gloria y majestad de Neve Campbell, tras su polémica ausencia en la película anterior ambientada en Nueva York. Algo que la producción, lejos de disimular, se encarga de recordarnos a lo largo de todo el film.
Han pasado 30 años desde la primera historia, Sidney es ahora madre de una adolescente y debe enfrentar, una vez más, la reaparición de Ghostface, el asesino enmascarado que amenaza con destruir a su familia. Y este es probablemente el mayor problema de la nueva entrega: la trama es demasiado simple. Una venganza genérica que aporta poco al universo de la saga más allá de volver al origen y rescatar a la “scream queen” original.
El plan inicial del estudio era otro, y el guión lo delata. La intención era continuar la historia de las hermanas Carpenter introducida en el exitoso relanzamiento de 2022 (Scream 5, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett). Pero tras el vergonzoso despido de Melissa Barrera (por tuitear a favor de Palestina), todo volvió a foja cero. Y cuando Scream no sabe qué hacer, la solución siempre es la misma: hacer sufrir a Sidney Prescott.
¿Una nueva vuelta de tuerca?

En su origen, la saga creada por Kevin Williamson y dirigida por Wes Craven hizo historia al revitalizar el género slasher mientras reflexionaba, con humor, sobre sus propios clichés.
La primera película jugaba abiertamente con las reglas del cine de terror: los personajes discutían las normas del género mientras intentaban sobrevivir a un asesino que parecía actuar siguiendo precisamente esas reglas. No es casual que el título original del proyecto que presentó Williamson era “Scary Movie”. Era un punto de vista refrescante, que ubicaba a la audiencia en el mismo lugar de los personajes al reírse de los clichés que hicieron canon, a partir de las películas de los años 80.
Tras la primera trilogía, la estrategia fue actualizar este tipo de comentarios meta incorporando las tendencias contemporáneas del cine, especialmente del terror. Las entregas cinco y seis, por ejemplo, ironizaban con la obsesión de Hollywood por utilizar la fórmula del “legado”, es decir la presentación de una nueva generación conectadas con la original.
En esta séptima parte, y ahora con Kevin Williamson al mando como director, productor y guionista, la película adopta una estrategia distinta. Y ahí aparece su mayor debilidad. El juego meta ya no consiste en dialogar con otras películas de terror, sino en citar obsesivamente al propio universo de Scream.
La secuencia inicial lo deja claro: una pareja fanática de “Stab” llega a pasar la noche en la casa donde murieron Billy y Stu en la primera película. La vivienda, convertida en un Airbnb temático, está llena de memorabilia y guiños para fanáticos. El turismo macabro y el true crime funcionan como excusa perfecta para anunciar lo que vendrá: una cadena interminable de chistes internos.
Así lo que sigue es un constante juego de espejos. La primera aparición de Tatum (Isabel May), la hija de Sydney, bautizada así en honor al personaje muerto en la primera entrega, recrea casi plano por plano la escena inicial entre Billy y Sidney en 1996. Incluso los diálogos parecen reciclados.
Desde ese momento la película no deja de guiñar el ojo al espectador, como diciendo, “¿te diste cuenta que estoy citando Scream 1 o 2, o 3?”. Transcurrida la mitad del metraje se instala la sensación de estar viendo un “reboot”, uno de esos revivals televisivos donde la nostalgia importa más que la historia. El intento por encadenar autocitas termina revelando otro problema: los personajes nuevos no funcionan.
El ejemplo más evidente es el esposo de Sydney. Interpretado por Joel McHale (Community). El personaje parece una versión diluida de Dewey (David Arquette), el entrañable policía de las primeras películas. Pero McHale está tan marcado por sus personajes de comedia paródica que resulta difícil verlo como compañero de una mujer marcada por décadas de trauma. Uno espera, en cualquier momento, que rompa la tensión con un comentario irónico.
Tampoco funciona el intento de convertir a Tatum en la nueva heroína. En un momento confiesa: “Me siento tan tímida”, pese a que la película la presenta como la típica adolescente popular y perfecta. Mientras tanto, todo vuelve a sucederle a Sydney. Como si treinta años de persecuciones no fueran suficientes.
Gale Weathers (Courteney Cox) reaparece oportunamente (demasiado) para atropellar al psicópata de turno. Llega acompañada de dos personajes rescatados de las entregas cinco y seis, los sobrinos de Randy, el cinéfilo original de la saga. Este trío, tenía mucho potencial, pero el guión parece no saber qué hacer con ellos.
La inclusión de inteligencia artificial como recurso para traer de vuelta a un personaje clave del pasado se siente poco desarrollada y carente de verdadera tensión dramática. Sí, hay algunas bromas ingeniosas (“¿Stu está vivo? Bueno, Billy Loomis tenía una hija secreta, así que todo puede pasar”) y dos o tres secuencias de suspenso realmente bien ejecutadas. Pero el arco narrativo es completamente predecible.
La película culmina con un festival de muertes, la revelación más absurda de las motivaciones del asesino en años y, por supuesto, la pobre Sydney Prescott nuevamente poniendo el pecho a las balas, que probablemente continúen llegando. El estreno fue el más exitoso de la saga y rompió récords de taquilla, por lo que es casi seguro que habrá una octava entrega.
El momento más emocionante del film llega cuando aparecen varios actores icónicos de la franquicia. Un gesto que confirma lo evidente: la nostalgia es el principal pilar sobre el que se sostiene esta película. Y ahí surge la pregunta inevitable al salir del cine: si todo gira en torno a recordar las películas originales, ¿no habría sido mejor quedarse en casa y verlas otra vez?



