La televisión de prestigio es hoy ya un estándar. Entre el auge —y crisis— del streaming, la competencia por crear shows de calidad crítica y no solo comercial es imparable. Pero nada de eso habría sido posible sin las series que elevaron la vara a finales de 2000 e inicios de 2010. Es el caso de Hannibal(2013, Bryan Fuller) que hace solo unos meses cumplió 10 años desde el estreno de su primer capítulo.
La serie basada en el popular personaje creado por Thomas Harris en 1981 podría haber sido una más de esas centradas en procedimientos policiales, sin embargo, aunque sí detalla crímenes e investigaciones forenses aquello no es más que la superficie para contar una historia de amor.
Tóxico y repelente, sí, pero amor.
Bajo el prisma de homicidios, asesinos en serie y un eterno otoño, se desata una narrativa enraizada en elementos que comparten su corazón más con la novela Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 1847, Emily Brontë) que cualquiera de las CSI emitidas o series que vendrían después como True Detective (2014, Nic Pizzolatto).
El libro, que narra una historia tan vieja como el tiempo de amor y venganza, delinea muy bien la complejidad de sus personajes y la libertad de no limitarse por lo que es bueno o malo. Sigue la vida de Catherine, una muchacha adinerada, y Heathcliff, niño de la calle adoptado por la familia de ella, quienes entablan una amistad que se convertirá en amor imposible.
De manera similar a la evolución del desastroso (casi) romance del libro icónico de una de las Brontë, el show de Fuller –—reador también de esa otra magnífica serie que es Pushing Daisies (2007)— se desarrolla alrededor del potente significado de ser comprendido, aunque solo se revele un monstruo.
¿Cómo hilar una historia de amor tóxico sin glamorizar, pero tampoco quitándole lo romántico? En el caso de Hannibal la decisión apunta a potenciar la estética frente a la ética que, en general, suele visualizarse en las narrativas. La serie no está enfocada en responder a la interrogante básica y moral sobre lo malo que es matar.
Ocurre igual con el amor, el show no busca entregar un juicio de valor sobre lo equivocado que puede ser: su objetivo es conocer el cambio interior que produce, para bien o mal, en sus protagonistas.
Una adaptación que juega al fanfiction
La serie se desarrolla dentro de lo que nos cuenta el libro Dragón Rojo (Red Dragon, 1981) —ya llevado al cine en dos ocasiones, en Manhunter (1986, Michael Mann) y con su título homónimo en 2001 por Brett Ratner—, pero con un detalle: en vez de adaptar como tal la novela, su primera y segunda temporada se enfocan en un nublado espacio en que el agente especial Will Graham (Hugh Dancy) todavía no ha cazado a Hannibal Lecter (Mads Mikkelsen).
En la novela el foco está años después de ese hecho y sigue la investigación alrededor del asesino que han denominado Hada de los Dientes. Graham, al igual que Clarice Starling lo hará más tarde, acude hasta un enjaulado Lecter para pedirle su ayuda psicológica, un Lecter que él mismo atrapó luego de reconocer por un simple dibujo al destripador de Chesapeake.

En el show, Fuller escribe su propio (excelente) fanfiction. Si en la novela el período entre que Graham conoce a Lecter y lo atrapa es ínfimo porque lo descubre tras solo dos encuentros —el último, por lo demás, donde es acuchillado por el asesino—, en la serie se vuelve el cimiento en que ocurre gran parte de la narrativa.
En entrevistas, el creador ha comentado que al leer el libro se preguntó por la conexión que tenían Graham y Lecter, un hombre capaz de empatizar hasta poner en riesgo su salud mental y otro que es incapaz de sentir siquiera remordimientos. ¿Qué pasaría si pudieran entablar conversaciones, aún más, ser amigos?
En Collider planteó que “pensé, ¿bueno, qué pasaría si hubiese una relación entre Will Graham y Hannibal que no existe en los libros? En los libros Will Graham se topa con Hannibal dos veces (…) Hay una parte en ‘Dragón Rojo‘ donde Hannibal le dice a Will Graham, ‘¿sabes cómo me atrapaste?’ y Will contesta ‘bueno, porque estás loco’ y Hannibal le replica que ‘no, en realidad eres más como yo de lo que te gustaría admitir’”.
“En ‘Dragón Rojo’ había tanto material que nunca llegó a la pantalla, todas las complejidades de la intimidad entre Will Graham y Hannibal Lecter. Siempre me sentí atraído hacia eso. La línea donde Hannibal esencialmente dice ‘tú me atrapaste porque estás tan loco como yo’. Pensé, bueno, ahí tengo la serie”, explicó a Complex.
Para impedir que Graham, con sus casi sobrenaturales poderes de deducción, descubriera a Lecter, Fuller crea un interesante móvil: lo enferma con encefalitis, una rara afección autoinmune que ataca al cerebro. Con esto, el agente no solo no reconoce al asesino debido a que su mente está demasiado ocupada hirviendo en fiebre, sino que se convierte en la excusa perfecta para que Lecter entre a su vida como apoyo psiquiátrico tras un primer caso.
Ahora, un poco sobre los protagonistas.
Por un lado tenemos a Hannibal Lecter, una figura clásica de la cultura pop desde que se estrenó El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991, Jonathan Demme), tan terrorífico como otros villanos icónicos del cine. Alejado de su última versión audiovisual, esa que se puede ver en la mediocre Hannibal Rising (2007, Peter Webber), en el show se encuentra en todo su esplendor narcisista, hedonista y asesino. Mikkelsen, además, le entrega una elegante arrogancia que había sido ya revelada por Anthony Hopkins.
Por otro, está Will Graham: solitario y arisco. Con dos versiones en la pantalla grande, la de Dancy es una perfecta mezcla de vulnerabilidad y hostigamiento. Un profesor del FBI que no pasó los estándares para volverse un agente real, sin familia ni amigos, rodeados de siete perros y con una capacidad para empatizar que utiliza para perfilar asesinos, labor que, eso sí, lo destruye mentalmente como bien propone Fuller en Collider: “Si tienes un desorden empático y estás poniéndote en la mente de asesinos seriales, cuán dañino y traumatizante debe ser”.
Si bien sus diferencias, incluso de clase, son notorias, ambos comparten una característica que los unirá por toda la historia: la soledad y el deseo profundo de pertenecer.
De gustos y otras cosas
El primer episodio establece que el resto de la serie tendrá mayor vínculo con las definiciones estéticas que las éticas. Así queda desde la primera conversación entre los protagonistas. Con una mueca de desagrado, tras escuchar a su jefe detallar que el cuerpo de unas de las adolescentes asesinadas fue fotografiado, Graham murmura que la acción es “de mal gusto” y se da el siguiente diálogo:
Hannibal: ¿Tiene problema con el gusto?
Will: Mis pensamientos no son sabrosos.
Hannibal: Ni los míos. No existen barreras efectivas.
Will: Yo construí una fortaleza.
Hannibal: Las relaciones aparecen rápido.
Will: También las fortalezas.
Es un intercambio que, además de entregar el pie a lo que será la insistencia de Lecter por romper los límites que presenta el otro, pone en la mesa el tema del “gusto”.
Frente a la morbosa fotografía de una menor asesinada, el juicio de valor que realiza Graham es de estética. Su perturbación no es solo por la violación de intimidad cometida, sino que por el mal gusto, lo desagradable. No por nada es esta primera conversación la que pica el interés de Lecter, un curioso depredador que quiere conocer más de aquella mente que, al igual que la suya, parece predisponerse más hacia los problemas de gusto que los delitos.
Will Graham es el gran enigma: su naturaleza impredecible, necesidad de violenta justicia e introspección hacen de él la perfecta contraparte para Hannibal Lecter, un maestro del control, asesino por encima de las ideas de bien y mal.
En el segundo episodio Will revela su afectación hacia matar, esta vez por sus propias manos, con un juicio de valor que le presenta a Abigail Hobbs, la hija del hombre al que le quitó la vida. Con lágrimas en sus ojos y voz temblorosa confiesa que asesinar “es la sensación más fea del mundo”.
Una vez más frente a un acto que podría catalogarse bajo parámetros morales, Graham lo convierte en un tema estético.
¿Qué se siente matar? Unas escenas después en la oficina de Lecter, quien ya desarrolla su manipulación, Graham lo responde de nuevo. En una nube de aceptación entregada por quien tratará de ser su titiritero, Will confiesa: “Me sentí poderoso”.
Lo que diferencia a Lecter y Graham es que mientras Will sí sintetiza sus sensaciones en conceptos estéticos, su brújula de empatía le entrega el entendimiento ético; en el caso de Hannibal todo se resuelve a un tema estético, acciones de entretención para castigar a los “cerdos” que alguna vez lo han ofendido. Su patología le impide una comprensión ética real.
“Sobrevivir la separación”
La gran temática de la segunda temporada es este viaje de justicia ciega en que se embarca Graham; abandonado por la ley convencional está dispuesto a esconderse en su propia oscuridad para hacer caer a Lecter y que muerda el anzuelo de su compañía hasta tener evidencia para mandarlo a la cárcel. El problema, claro, es que su actuación cruza la línea porque el placer de ser (re)conocido es tanto o más delicioso.
Una de las sorpresas del episodio Mizumono, aquel espectacular final de temporada que marca un 9,8 de 10 en puntuación de IMDB, no está solo en ver a Hannibal Lecter perder por primera vez su control emocional. Se encuentra en una corta y reveladora llamada, ese “ellos saben”, un acto de Will Graham al avisarle que debe huir, un deseo de ayudar al asesino, su abusador, la impenetrable figura que odia y que, de manera inevitable, ama.
Invocamos aquí a Cumbres Borrascosas porque el desarrollo de Will Graham al inicio de la tercera temporada, perdido y traumatizado, es donde más recuerda a Catherine y su amor hacia Heathcliff. Puro e incondicional, absorbente hasta que ya no hay división de personalidad.

Catherine acepta un matrimonio conveniente sin saber cuánto alejará a Heathcliff y él responde como una bestia herida, se reconstruye en riquezas y vuelve para ejecutar sus planes y arruinar la vida de todos. Ambos obsesionados con el otro, participan en un juego sin ganador y el que Heathcliff lleva hasta las últimas consecuencias.
Son dos los diálogos que mejor explican la similitud entre Will y Catherine y el amor que sienten hacia sus monstruos, uno con Alana Bloom (Caroline Dhavernas) —psiquiatra quien fue su amiga y casi algo más– y otro con el mismo Lecter.
A Alana tras lo ocurrido en Mizumono, en la cocina donde Lecter lo destripó y asesinó a la adolescente que sublimó como su hija, le aclara su relación con Hannibal:
Alana: la amistad con Hannibal es chantaje elevado al nivel de amor.
Will: un pacto mutuo tácito de ignorar lo peor de cada uno para continuar disfrutando lo mejor.
Alana: ¿Después de todo lo que ha hecho puedes aún ignorar lo peor de él?
Will: … Vine acá para estar solo, Alana.
Y luego, con Hannibal, ambos sentados en la galería Uffizi ante La Primavera, conversan:
Hannibal: si te viera cada día, por siempre, Will, recordaría este momento.
Will: es extraño tenerte aquí, delante de mí, he estado viendo imágenes remanentes de ti en lugares en los que no has estado en años (…) Quería entenderte antes de volver a verte, necesitaba estar claro de lo que observaba.
Hannibal: ¿cuál es la diferencia entre el presente y el pasado?
Will: ¿mía? antes de ti y después de ti (..) Tú y yo nos hemos comenzado a difuminar (…) cada crimen tuyo se siente como uno del que yo fuera culpable (…) Estamos unidos, me da curiosidad si cualquiera de los dos puede sobrevivir la separación.
El guión original es más notorio al agregar una frase a Will: “He mirado el cielo de noche. Orión sobre el horizonte y, cerca de este, Júpiter. Y me he preguntado si también lo podrías ver. Me he preguntado si nuestras estrellas son las mismas”.
Ambos diálogos hacen memoria al monólogo de Catherine antes de que todo salga tan mal, ese donde describe su amor hacia Heathcliff:
«Todos mis dolores en este mundo han consistido en dolores que ha sufrido Heathcliff, y los he seguido paso a paso desde que empezaron. El pensar en él llena toda mi vida. Si el mundo desapareciera y él se salvara, yo seguiría viviendo; pero si desapareciera él y lo demás continuara igual, yo no podría vivir. Mi amor a Linton es como las hojas de los árboles, y bien sé que cambiará con el tiempo; pero mi cariño a Heathcliff es como son las rocas de debajo de la tierra, que permanecen eternamente iguales sin cambiar jamás. Es un afecto del que no puedo prescindir. ¡Elena, yo soy Heathcliff! Le tengo constantemente en mi pensamiento, aunque no siempre como una cosa agradable. Tampoco yo me agrado siempre a mí misma. No hables más de separarnos, porque es imposible (…)».
Un tipo de amor que es feo, pero no por eso no real. Lo que sienten Catherine y Heathcliff es tan poderoso que impide que amen a otros más allá de sí mismos, los obsesiona y los enferma hasta convertirse en un dolor que envuelve a dos generaciones y evita que puedan tener vidas plenas.
Romances no agradables
Muchas veces las historias de amor tóxico lo glamorizan —como pasa en novelas rosa o libros románticos juveniles, un ejemplo conocido es la saga Crepúsculo—; es el inicio de una pesadilla no correspondida; o buscan redimirlo al estilo del villano que al amar se une al bien.
En Hannibal, la relevancia estética por sobre la ética elimina la necesidad de redimir, de hacer “bueno” el amor. Graham, por supuesto, desde que “las escalas cayeron de sus ojos” al atar los cabos, sabe bien cuán terrible es Lecter: “No quieres que tenga nada que no seas tú”.

Pero por muy consciente que esté de que en Hannibal se aplican todas las banderas rojas, su problema es que se ha vuelto adicto a la comprensión que le ofrece. A que por fin, tras décadas de soledad, es visto y aceptado, incluso en sus profundidades más despreciables, Hannibal es el único que no lo mira como un bicho raro. Es eso lo que genera su ambivalencia y tortura interna ¿Cómo puede desear este entendimiento si viene de un hombre tan deleznable?
Y es que Lecter cumple con todos los patrones de abuso, en especial en la primera temporada. Incluso, en la segunda, en plena creencia romántica de que Graham le pertenece o le pertenecerá, no escatima en manipular su alrededor para causar el aborto de su futuro hijo o de continuar alienándolo de cualquier red de apoyo.
Son acciones terribles que Lecter comete en paralelo a su propio viaje. En Will reconoce a una persona, a su igual, le interesa su vida interior, le regala poesía en cenas íntimas mientras comen ortolanos: “Debes entender que la sangre y el aliento son solo elementos transformadores que alimentan tu resplandor, tal como la fuente de la luz es un fuego”.
Hannibal es casi una figura mítica, un Drácula a lo Coppola, misterioso y malévolo. Titiritero del sufrimiento de todos a su alcance, sádico en sus crímenes, sin ninguna preocupación por el mundo. Por lo mismo, es satisfactorio presenciar su caída desde su propio pedestal. Lo tenemos en la primera temporada dándose cuenta que uno de sus pacientes más patéticos, Franklin, quien solo desea ser su amigo, es un paralelo a su deseo por acercarse a Will más allá de una simple obsesión.
Es Lecter trazando retos y más retos que Graham supera una y otra vez. Es Lecter quebrando esa vulnerabilidad y confianza sin saber cuánto las desea, volviéndose falible. Es Lecter, solo en su oficina mientras espera por una cita que no se concretará porque metió a la cárcel al objeto de sus deseos. Es Lecter desangrándose de amor sin saber cómo amar.
Si al final de Mizumono arrasa con todo y todos valorando su libertad como máxima prioridad, es en medio de la tercera temporada donde su arco argumental tiene el cambio más fundamental al entregarse a la policía. Es el entendimiento de que sus acciones conllevan consecuencias. El hombre que no sufre de culpa, quien tira tazas al suelo para verlas romperse, amante de la entropía, solo desea cambiar el pasado: en sus manos una libreta de ecuaciones cuánticas con las que juega para ese fin.
Ya es demasiado tarde, eso sí. Graham, a quien trató unas horas antes de abrirle la cabeza para comerse sus sesos —su respuesta ante la cuestión de cómo “perdonar” su traición—, no quiere saber nada más de él.
Hannibal: ¿hablaremos sobre tazas y las reglas del desorden?
Will: la taza está rota y nunca más se volverá a reparar.
Hannibal: ¿ni siquiera en tu mente?… Tu palacio de memoria se está construyendo, está lleno de nuevas cosas. Comparte algunas habitaciones con el mío, te he descubierto ahí, victorioso.
Will: cuando se trata de ti y de mí no hay una victoria decisiva.
Hannibal: estamos en un juego de suma cero.
Will: extraño a mis perros… no voy a extrañarte… No voy a buscarte, no voy a mirarte, no quiero saber donde estás o qué estás haciendo. No quiero pensar más sobre ti.
Hannibal: … te deleitas con la maldad y luego te castigas por ese deleite.
Will: tú te deleitas, yo tolero. No tengo tu apetito. Adiós, Hannibal.
Tras esa despedida ¿qué más le queda? Necesita estar en la mente de Will Graham. Necesita su ojos en él, su comprensión incondicional más de lo que ama su libertad. Si al final de la segunda temporada cuestiona a Will con un rotundo “¿pretendías quitarme la libertad?”, ahora será él quien se pondrá las esposas. ¿Qué significado tiene estar libre ante lo vacío que se vuelve su mundo sin Will Graham?
Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson), psiquiatra de Hannibal y con quien sostiene una ambigua relación, desarrolla con Will un diálogo que recapitula lo anterior con poéticas palabras que Dante ya usó en su Divina Comedia:
Will: si tu juegas, tu pagas.
Bedelia: tú pagaste de manera cara. Ese conocimiento estará en tu piel por siempre. Le excita verte marcado de esta forma en particular.
Will: ¿por qué?
Bedelia: ¿por qué lo piensas?
Will: la esposa de Barbazul. Secretos que no sabes, pero que juraste mantener.
Bedelia: si yo fuera la esposa de Barbazul, me habría gustado ser la última.
Will: … ¿Está Hannibal enamorado de mí?
Bedelia: ¿podría él sentir una puñalada de hambre por ti y encontrar alimento con solo mirarte? Sí… ¿pero tu sientes lo mismo por él?
Es una comprensión similar a la que llega Heathcliff hacia el final de Cumbres Borrascosas. La ausencia de Catherine tras morir la evadió mientras ejecutaba su venganza, arruinando tantas vidas en el camino, pero es torturado por sus visitas —o alucinaciones— fantasmales. Una vez terminada su planificación y con todos castigados, ¿qué le queda?
Está solo. Heathcliff que incluso es capaz de profanar el descanso eterno de su amada y sobornar al sepulturero para que, al morir, los entierren juntos y así se confundan “en la misma tumba”. Lo reconoce páginas antes de fallecer:
«He vencido a mis antiguos enemigos y ahora puedo, si quiero, redondear mi venganza en sus descendientes. Pero ¿para qué? No me interesa ya ni quiero molestarme en levantar siquiera la mano contra ellos (…) La vida corriente no me atrae, y casi no me ocupo de comer ni beber (…) Si miro al suelo, creo ver las facciones de ella grabadas en las baldosas. En los árboles y en las nubes, en todas las cosas durante el día y llenando el aire durante la noche, veo su imagen. ¡Creo verla en las más vulgares facciones de cada hombre y cada mujer, y hasta en mi propio rostro! El mundo es para mi una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y que la he perdido».
En ambas historias el amor, tan hermoso en su estética como tóxico en su ética, no finaliza en buen pie. No puede terminar de manera feliz. En Cumbres Borrascosas con la muerte de Catherine le es imposible a Heathcliff cualquier reconciliación o arrepentimiento, es demasiado tarde. Reconocer sus propias acciones en el fallecimiento de ella serían aceptar su equivocación, imposible, lo más cercano es el monólogo mencionado.
En Hannibal —cancelada en la tercera temporada que narra, al fin, la investigación contra el Hada de los Dientes— su clímax, al menos, le da un momento a sus protagonistas de consumar su amor matando a aquel asesino al compás de Love Crime en la voz de Siouxsie Sioux.
Will y Hannibal en un acantilado que da hacia el océano Atlántico y entrelazados en un camino que no se puede romper, una fusión que han intentado amputar sin éxito, tienen una última conversación que hace eco a las primeras y enfatiza la importancia estética que ha tenido toda su historia.
Hannibal Lecter por fin vulnerable y sin capas de manipulación, se confiesa: “Esto es lo que quería para ti, para ambos” y Will Graham, quien una vez dijo que matar era lo más feo del mundo, ahora, con sangre en su boca y ojos iluminados responde ante la cacería que cometieron: “Es hermoso”. Y ahí, por primera vez es él quien toca a su amado; lo abraza, apoya su rostro en su pecho y los lanza a ambos al vacío. Un juego de suma cero.



