No puedo partir esta reseña sin decir que soy fan de los libros escritos por Frank Herbert que, junto con Fundación y otros títulos, se han convertido en uno de los pilares de la ciencia ficción y la fantasía al punto que franquicias como Star Wars o Canción de Hielo y Fuego no podrían existir sin su cimiento.
También confieso que suelo quejarme de las adaptaciones: soy esa clase de nerd que nunca está satisfecha, siempre encontrando que algo falta… pero no en Dune Parte 2 (Denis Villeneuve, 2024). Es casi todo lo que quería ver y lo que había esperado por décadas, aún con lo mucho que me gusta la mini serie (2000) que hizo el canal Sci-Fi.
¿De qué va esta nueva película? Primero, es importante recordar que aún nos encontramos en el primer libro, escrito en 1965, que Dennis Villeneuve decidió, sabiamente, dividir en dos películas para tratar de explicar la mayor cantidad de detalles.
Así, en la primera parte, estrenada en 2021, conocimos a la casa de los Atreides, una de las cinco Grandes Casas que por mandato del Emperador, debió tomar posesión y liderazgo de Arrakis, aquel planeta desértico y único productor de la melange, la especia que es la materia prima mediante la cual se realizan los viajes intergalácticos y con la que funciona todo el universo, básicamente el petróleo de la saga.
Mandar a los Atreides a Arrakis, eso sí, fue el inicio de su final porque el planeta antes estaba administrado por la casa Harkonnen, sus enemigos centenarios. En la primera parte presenciamos la caída de los Atreides en manos de estos villanos apoyados por el Emperador y con el visto bueno de las Bene Gesserit, las brujas que mueven los hilos detrás de las sombras.
La película finalizó con el joven Paul Atreides (Timothée Chalamet) y su madre, la dama Jessica (Rebecca Ferguson), únicos sobrevivientes de su casa, haciendo contacto con los fremen, el pueblo nativo de Arrakis y con Paul temiendo su destino. Y es que sí, un tema importante desde ese film ha sido la profecía del Lisan al Gaib, un mesías implantado socio-culturalmente mediante el trabajo milenario de las Bene Gesserit. Un mesías cuyos requisitos Paul cumple a cabalidad.
Al igual que lo hace con el Kwisatz Haderach, el mesías real, por decirlo de alguna forma, de las Bene Gesserit, el pináculo de sus experimentos eugenésicos: el único hombre con las habilidades de la presciencia, el futuro y el pasado.
Esta segunda parte, que se ha estrenado bajo muy buenos comentarios y un 9/10 en IMDB, comienza a minutos del final de la anterior. Así que si estás pensando en ir al cine sin haber visto la primera entrega, te recomiendo no cometer ese error porque entonces no entenderás nada.
Acá vemos a Paul no solo convertirse en un fremen y dominar el desierto, sino que también expandir su vínculo romántico con Chani (Zendaya), y su batalla interna respecto a su destino, ese que está escrito con la sangre de la guerra santa que se levantará en su nombre por todo el universo.
Como secundarios, Jessica cumple un papel preponderante en la trama religiosa, aquel fanatismo que debe levantar para cimentar el lugar de Paul y su supervivencia y venganza —al igual que el feto en su vientre, nuestra pequeña Alia—. Stilgar (Javier Bardem) está perfecto como el personaje que saca las pocas risas de la película a partir de su creencia ciega en el mesías a impactar de manera deliciosa hacia el final debido a su fervor religioso, representando la máxima fé con la que se librará la futura yihad.
A la historia, además, se suma la presencia de nuevos personajes que enriquecen la trama: por un lado, el emperador, interpretado por Christopher Walken, y la princesa Irulan, encarnada por Florence Pugh que, en los pocos minutos que sale, es grandiosa. A ellos, también se añade Austin Butler como Feyd-Rautha, psicopático, carismático y un animal en los duelos que presenciamos.
La libre voluntad no existe
Creo que la mejor forma de disfrutar de la película es si se puede ver lo más cerca posible de la primera parte. Aquellas cinco horas de metraje funcionan de manera excelente para entender la historia y los paralelos que Villeneuve tejió: el entrenamiento de Paul con Gurney Halleck (Josh Brolin), su prueba de Gom jabbar con la Reverenda Madre (Charlotte Rampling), la masacre de los Atreides, son solo algunas de las escenas que esta segunda parte refleja de manera magistral.
Lo que más me gustó son los personajes. Como comentaba al inicio, soy fan de Dune desde hace ya unas dos décadas y mi gran amor por la saga no está precisamente levantado en estos, sino que en las temáticas. En Dune, los personajes funcionan como arquetipos que Herbert deconstruye, el viaje del Héroe de Paul, en específico —siempre me intrigó en oposición a los viajes de héroes como Luke Skywalker o Frodo Bolsón— y aún más el que toma su hijo Leto II en Dios Emperador de Dune. Ese tema junto con la ecología, la política y la lucha entre libre albedrío y determinismo son los motivos que me llevaron a que amara los seis libros que componen la saga —al menos para mí lo que ha escrito Brian y compañía no es canon, es fanfiction y del malo—.
El tema es que, siguiendo con las confesiones, nunca me gustó Paul Atreides. En un ensayo que sacaremos próximamente y que escribí hace 11 años, me reía de él, de su destino y sus malas decisiones. Y si bien sigo creyendo que toma decisiones pésimas, las películas de Villeneuve lograron humanizarlo ante mis ojos, verlo más que como el arquetipo deconstruido del héroe, más allá de la moraleja que creó Herbert sobre por qué los mesías y super héroes son malos para la humanidad.
Y no solo a Paul, sino que también a la dama Jessica y a Chani, quien pasa a ser más que solo el interés amoroso y madre de sus hijos.
No puedo no mencionar al Timoteo. Timothée Chalamet es majestuoso como Paul. Si en la primera parte, aún lo encontraba demasiado moody, acá se roba la película; es todo lo que Anakin Skywalker, guardando las proporciones, nunca fue. El arco argumental está perfectamente contado, más allá de que quizás sea un poco apresurado, y cualquier espectador entenderá el sacrificio, el altruismo y el egoísmo de sus decisiones.
(Spoilers a continuación)
Hace unos días Villeneuve decía que odiaba el diálogo y es algo que se nota acá —a mi juicio para bien—. Una película que podría sufrir de demasiada exposición debido a lo densa que es la obra original, apunta a tener una cantidad de diálogo adecuado donde la historia es narrada mediante sus imágenes y buenas actuaciones. Ahí es donde creo que el Timoteo sobresale: con solo sus miradas, tono de voz y presencia logra transmitir su reticencia a tomar el destino inamovible que lleva en sus espaldas desde el momento de su concepción hasta después convertirse en el mesías y tomar control de su futuro, a sabiendas de todo lo que aquello conlleva.
Podría ver una y otra vez la escena de Paul en el consejo fremen. Estamos en presencia del Kwisatz Haderach, no un niño mimado o llorón, no un héroe reticente a lo Neo, o un adolescente descontrolado como Anakin Skywalker, sino que una figura mítica y perversa capaz de la tiranía necesaria para liderar una yihad. La manera en la que saca la voz y empieza a oprimir a diestra y siniestra es perfecto.
(Fin de los spoilers)
Al contrario —y aquí puede que me entierren—, Zendaya no me convenció mucho. Me parece que en su caso los diálogos le sirven más que las miradas. Habiendo visto ya más de una vez la película creo que fruncir el ceño y lucir enojada fue lo que más hizo durante el tercer acto; me habría gustado mayor subtexto en sus emociones, más al considerar los cambios interesantes que se le hicieron a Chani en relación con la novela.
Comparándola a Irulan, el personaje femenino que servirá como su contrincante en Mesías de Dune, en los pocos minutos que Pugh está en la pantalla logra transmitir varias sensaciones: su suspicacia hacia el destino de los Atreides, sus propias habilidades políticas y ya hacia el final, el entendimiento de la trama que se desenvuelve a su alrededor. Con los pocos diálogos alcanza esa actuación subtextual que perfectamente logran Chalamet y Butler y en la que falla Zendaya.

Adaptando un texto denso
Hablando para quienes han leído la obra, con los años he entendido que no es posible adaptar todo un material original y que hay cosas que no funcionan en la pantalla grande o que, por tiempo, no pueden ser contadas.
Es el caso de Dune. Ya en la primera parte se entendía que la historia estaría centrada solo en ciertos focos temáticos como los Atreides, las casas, y las Bene Gesserit. Esta decisión, sin embargo, dejó fuera elementos importantes del world building como lo es la Cofradía Espacial, un actor crucial para los eventos de los primeros libros; explicaciones más detalladas sobre la importancia de la mélange; el capitalismo de la CHOAM que tiene más relevancia que las propias Grandes Casas; los mentat; y otros aspectos.
Para esta segunda parte, es probable que los más puristas tengan quejas porque son varios los cambios. Al igual que con la adaptación de El Señor de los Anillos, faltan personajes y la línea de tiempo fue reducida, de hecho, Alia solo sale en versión feto, nada de niña con cuchilla, y ni hablar del primer bebé Leto.
Con todo, creo que son modificaciones necesarias para no abrumar a la audiencia no conocedora del material original con un exceso de información. Y no me molesta lo de Alia, ¡lo prefiero! Mis únicas dos preocupaciones son que Mesías de Dune sería la adaptación menos fiel y tendría un trabajo importante a la hora de explicar los aspectos que no han sido mencionados o profundizados, sumando a que debería hacerse cargo de los cambios del final de la segunda parte.
Mi otro pero es el cliffhanger con el que termina la nueva película. Si bien la tercera parte ya está casi confirmada, solo a la espera de que esta sea un éxito de taquilla, tener tantos años hasta una continuación se me hace difícil, más cuando Mesías, el libro, ya funciona como un epílogo para Dune. Esta segunda parte podría haber jugado con un cierre más completo y no haber terminado de manera similar a la película de 2021 con un “continuará” invisible.
(Ahora también tengo dudas en por qué esta saga cinematográfica debe concluir con Mesías y no con Hijos de Dune que sí lleva el cierre a la historia de Paul Atreides. Entiendo que Dios Emperador puede ser demasiado por lo que ocurre, pero Hijos de Dune (2003) incluso tuvo una miniserie en la que unían a Mesías y a ese título homónimo).
Más allá de estos dos comentarios que, como pueden apreciar, suenan a queja de persona buena para quejarse, estamos ante una película épica de esas que ya no se hacen, esas que el cinismo hollywoodense y la fórmula Marvel han enterrado (puedes leer más en nuestro ensayo acá). Verla en IMAX es un privilegio y no solo para quienes hemos leído las novelas, sino que para cualquier espectador que le guste el buen cine, la imagen de excelencia de la pantalla grande y las temáticas interesantes.
En las casi dos horas de metraje me sentí como si presenciara una epopeya al nivel de El Señor de los Anillos: pegada al asiento, disfrutando la hermosa cinematografía y, sobre todo, la magnífica habilidad que tiene Villeneuve y que ya había demostrado en Blade Runner 2049 (2017) de generar aquella sensación de grandilocuencia ya sea al momento de mostrar a uno de los gusanos de arena o una enorme batalla en el desierto.
Dune Parte 2 si pudiera verla una vez a la semana por el resto de 2024 sería poco porque seguro serán muchos años los que tendrán que pasar para Mesías la que también sospecho tendrá final abierto (¡hasta convencer a Villeneuve a que solo se dedique a Dune y termine haciendo toda la saga!).



