La Quimera: De la ausencia al paraíso perdido

La Quimera Portada 2024 Alice Rohrwacher
La Quimera es el regreso magistral a los largometrajes de Alice Rohrwacher, quien invita al espectador a presenciar el viaje íntimo de Arthur a través de la cultura popular italiana y la cultura del antiguo pueblo Etrusco, viaje infatigable por el que no descansará hasta (re)encontrar todo lo que el paso del tiempo y la ausencia que la muerte provoca le ha arrebatado.

Por: Diego Chávez Cádiz

Tras casi un año desde su ovacionado estreno durante el festival de Cannes de 2023, llegó a Chile La Quimera (La Chimera, 2023) de Alice Rohrwacher, quien se instala nuevamente en el mapa cinematográfico tras su último triunfo internacional en materia de largometrajes: Lazzaro Feliz (Lazzaro Felice, 2018), además de una gran presencia en la ceremonia de los Oscar 2023 con el cortometraje La pupila (Le Pupille, 2022).

La Quimera tiene como protagonista a un increíble Josh O’connor, conocido por su participación en series como The Durrells, The Crown, y también por otro estreno cinematográfico de este año: Challengers, del director italiano Luca Guadagnino. O’connor interpreta a Arthur, un inglés que coquetea con la arqueología y que es líder de una banda de Tombaroli. Es alto, delgado y con un aspecto desaliñado, vestido de traje color crema, propio de las provincias italianas en la década de los ‘80, como declararía la misma Rohrwacher en entrevista con Lisa Wong Macabasco para VOGUE. Las desdichas de nuestro protagonista se establecen de manera real y onírica, la realidad se establece tras un sueño interrumpido ¿o no es así?, frente a esto ¿cuáles son los límites entre el soñar y la realidad? La nueva película de Alice Rohrwacher nos invita a preguntarnos ¿Qué hacer con un anhelo que se convierte en quimera? o mejor dicho ¿Cuánto debemos soportar para recobrar lo perdido?

La Quimera Texto 1

El sueño interrumpido o sobrevivir a la terrible realidad


De un fundido negro, aparece el rostro de una mujer resplandeciente bañada por los rayos del sol (last woman’s face), que su presencia se dispone como si ella misma destapara el lente de una cámara formato super 16 mm, quien rompiendo la cuarta pared pregunta a un desconocido interlocutor “¿Te has dado cuenta de que el sol está aquí?”  para luego con un rostro de incertidumbre preguntar “¿Estás aquí?”.

De pronto Arthur aparece en escena sentado en el vagón de un tren donde vive la lamentable situación de no poder terminar su sueño ya que el guardia le pide su boleto y le dice: “Lo siento mucho, pero nunca sabrá como terminará”. Antes de esa abrupta intervención estábamos visionando las representaciones de los sueños en el cortex de Arthur, reproduciendo un metraje encontrado sin saber de momento si es una experiencia real o un anhelo, como si fuera una pantalla de cine (lo que es finalmente). Esta situación termina con un momento de humor  que no solo produce risas en quienes comparten asiento con él en medio del vagón, sino que de la mayoría de los espectadores en una sala de cine. 

Reflexionando sobre esta escena que da apertura a La Quimera y después del placebo que el humor nos brinda, en esas fracciones de segundos en donde la risa termina y de nuevo comenzamos a percibir lo real, solo he pensado en una triste frustración que aqueja en ese momento a Arthur. Pero en el cotidiano a todos quienes soñamos. Más aún cuando un sueño pareciera ser la lucidez y de golpe estamos presentes en esta terrible realidad que nos ahoga, la que solo está rodeada de la ausencia de lo que (no)vivimos y de lo que pudimos haber tenido, aquello que nos angustia inexorablemente junto con el paso del tiempo, algo que la película retrata a la perfección. 

Pareciera ser que el sueño de Arthur es un remanente de una experiencia previa donde el contenido onírico se presenta como un anhelo en el presente, es la capacidad del sueño de proponer una vida que no vendrá o que aún no llega, lo que se entiende como un viaje directo a ese mundo utópico construido por los resabios de una vida pasada y que trazará de principio a fin a la película. El sueño interrumpido es la manifestación de una ausencia que se establece como la representación de alguien que no está o que ha desaparecido.


La nostalgia como esperanza de retorno al mundo utópico


Arthur se presenta como un personaje casi autómata, nostálgico, que no habla en exceso y son muy pocos los movimientos que puedan alterar de alguna forma su vida sencilla. Pareciera que vive en un constante síndrome de desrealización y aunque su grupo de amigos intente animarlo es evidente el sentimiento de que su existencia es incompleta, así cobra sentido que todo en su vida ordinaria parece ser igual, pero que hay algo que falta: eso que le es propio a cada cosa. Esto de alguna manera nos acerca más a entender el comportamiento del protagonista de no querer vivir más de un día a la vez.

En la vida algunas personas casi siempre están esperando un milagro que revolucione sus sentidos pero pareciera que Arthur solo es una presencia que actúa bajo la premisa de la radiestesia, es un rabdomante que tiene el don de encontrar lo que nadie encuentra pero no lo que necesita encontrar. Solo tiene la  motivación secreta hacia el reto que promueve una búsqueda inquebrantable en los subsuelos de una Italia popular y ochentera. 

Arthur no es alguien sociable y guarda sus modales con el resto sin abrir mucho sus afectos, salvo con Flora (interpretada por una grandiosa Isabella Rossellini), una anciana maestra de música que vive en una casa que se cae a pedazos junto con su estudiante/criada llamada Italia (interpretada por Carol Duarte). En la escena en la que Arthur visita a Flora se va evidenciando su vínculo, hasta el punto en que la historia revela que ella es la madre de su antigua novia Beniamina, quien hace un tiempo no muy lejano ha fallecido, lo que se retrata cuando él lleva una flor a una especie de altar donde una vela ilumina fotografías de ella. De este modo se abre la conexión entre la escena que da inicio a la película rompiendo cierta abstracción sobre quién es aquella mujer resplandeciente y donde se le da un nombre propio.

Hay cierta confianza con Flora respecto a esta hija, que según ella “está próxima a volver”, e incluso le dice a Arthur que la siga buscando incansablemente, de hecho es él quien le dice que lo está haciendo pero que donde “andaba” (en la cárcel) le era imposible. El vínculo sigue articulando la historia en la escena previa al paseo que da Arthur, Italia y Flora a la estación abandonada de Riparbella, es aquí donde la anciana le comenta que tiene un aspecto delgado y que debería comer una galleta para que cuando se encuentre con Beniamina no lo vea así, de modo que nuestro protagonista va y come una galleta.

La negación de Flora llega a tal punto que incluso es capaz de silenciar a una de sus hijas cuando esta le dice que Beniamina no volverá, así pareciera que no solo nosotros (espectadores) sabemos que ella no volverá. Esta ausencia latente y destructiva que no deja avanzar a estos dos personajes los suspende en el tiempo sin mayores desarrollos, lo que mantiene fragilizada a la anciana en una gran casa destruida y a Arthur trabajando incansablemente excavando tumbas de la antigüedad.

El mundo en el cine de Rohrwacher siempre vive el agobio de la modernización, el ejemplo es que Arthur cree mantenerse al margen del paso del tiempo, pero no puede ralentizarlo: la vestimenta va cruzando las modas de la época, la salud se descompone y el cigarrillo ayuda, pero hay cierta esperanza que alivia el pesar que trae consigo la realidad  y que es encontrar  mundo utópico para reubicarse en aquel bello instante que todos conocemos como felicidad. 

Este mundo que fue habitado pero que pareciera que no volverá, se forja en plena resistencia ante lo que podemos entender cómo “rehacer lo que queda de vida”, una resistencia al cambio por un sentimiento nuevo, es por ello que Rohrwacher establece cierto giro al espectador brindándole una oportunidad a Arthur con Italia, pero le es imposible olvidar lo que realmente busca. El mundo utópico que los poetas láricos nos contaron sirve como la esperanza necesaria para entender la actitud de nuestro protagonista, los sueños de este se manifiestan como la utopía inquebrantable de ese mundo expectante que está por volver/vivir. Tal como diría el poeta Jorge Teillier, Arthur vive en una constante Nostalgia del futuro, no es una nostalgia que erradica el pasado como tal sino que vislumbra los anhelos más puros, la existencia de una vida que debiera haber existido, que no ha ocurrido y que está por venir.

La Quimera Texto 3 Ojos humanos

La adivinación o la alternativa etrusca de la búsqueda


El trabajo de Rohrwacher de desentrañar el pasado parte desde una invitación a conocer la cultura popular de la Italia rural de la década de los ‘80, pasando por la tradición musical e incluso incorporando la vestimenta de la época. Es este regreso a una época determinada lo que trae por antonomasia una vuelta a una serie de prácticas populares, de tipo carnavalescas y también de índole delictiva, en la que se incluye el saqueo y el contrabando de piezas arqueológicas de la civilización Etrusca.

La actividad propia de la profanación de tumbas, que es esquiva socialmente al actuar de los arqueólogos (que de igual manera profanan, pero con un revés historiográfico y artístico), se desarrolla en todo momento para nuestro protagonista desde la propia religiosidad del pueblo que sucumbió ante los Romanos. El carácter de zahorí que tiene Arthur hace que con una rama doble con forma de “Y” intente encontrar algo preciado en el subsuelo al igual como lo hacían quienes tenían el don de la Adivinación, lo que era propio de la Etrusca Disciplina

La cultura de la antigua Etruria no solo se plasma en la zona geográfica de la Italia moderna que se utiliza como escenario, la Toscana (que a la vez es lugar de infancia de la propia Rohrwacher), sino que también desprende todo su misticismo sobre el sentido de la muerte. Son tumbas etruscas las que saquea Arthur y su banda de tombaroli que en algún momento gracias a un grupo de juglares modernos entendemos que los mueve ese sueño que es propio de los campesinos: el de encontrar un tesoro que los libre del pesar económico. 

Pero para Arthur es diferente, cada reliquia encontrada se transforma en las señales necesarias para buscar a Beniamina, una búsqueda que incluso es tan obstinada como la del mito griego de Orfeo, él cual bajó al Hades para encontrar a Eurídice. No por nada Rohrwacher abre su película con la obertura de la ópera La fábula de Orfeo del compositor italiano Claudio Monteverdi, estableciendo a Arthur como el Orfeo moderno.

El desarrollo de este don se manifiesta como la materialización de la negación de la realidad la cual está devastada ante la ausencia, es por ello que esta práctica es una forma de escapismo para Arthur, así entonces la idea de riqueza lo que es leitmotiv del grupo de tombaroli ante los posibles hallazgos y el lucro que esto genera, no es el mismo para él que está constantemente bajo los designios de una señal que le indiqué qué camino seguir, la búsqueda material de un símbolo en la realidad. Pero no encuentra nada y solo quedan los sueños de los que se sirve para seguir resistiendo el presente.

Los intentos de Arthur de atravesar la temporalidad invadiendo tumbas marca un punto de inflexión en la escena donde aparece despertando dentro de un automóvil y en su ventana encuentra un hilo rojizo al viento. Esto conecta de manera perfecta con un sueño pasado donde vemos a Beniamina a quien se le desprende un punto de su vestido, un hilo rojizo que se engancha a algo pero que no podemos entender a qué y donde por más que intente recogerlo no puede llegar al comienzo ya que el hilo pareciera haber atravesado el subsuelo. Es entendible entonces que en aquel automóvil observemos a Arthur con plenitud y alivio ya que el hallazgo se transforma posiblemente en una señal de esperanza.

La Quimera Texto 2 Josh O' Connor

La quimera de Arthur


El título de la película lleva una palabra no muy conocida, ya que prácticamente no muchas personas la utilizan de forma contemporánea. Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando escuchamos “quimera” podría ser “La quimera de Arrezo”, propia de la Toscana (Etruria), una estatua de bronce con cuartos traseros de serpiente o dragón, lomo de macho cabrío y cabeza de león. También podríamos pensar en la escultura del chileno Nicanor Plaza de nombre “La quimera”, que tiene una composición en base a figura femenina semi desnuda apoyada sobre un león alado. Bajo ella se distingue parte de una serpiente y guirnalda de flores. A pesar de que estas obras estén relacionadas de manera semántica con el nombre que ha elegido Rohrwacher para su película, en su metraje no encontramos nada de eso, la historia se anida más en la definición de quimera que dice: un sueño o ilusión que es producto de la imaginación y que se anhela o se persigue pese a ser muy improbable que se realice. Incluso podríamos repensar esto desde la poesía clásica la que hace referencia a aquellos amores imposibles, mujeres hermosas que nunca podrán conquistarse, vidas increíbles que jamás se harán

Desde esta última premisa el trayecto de Arthur trasciende, aquel hilo rojizo se presenta como una revelación de una infatigable labor que está más próxima a terminar. La quimera de Arthur por lo tanto está a punto de desaparecer, ya que ese amor que los clásicos profesaban se manifiesta por sobre el sentimiento de desrealización,  aunque esto último crezca cerca del final de la película no invade la última energía de nuestro protagonista. Si bien mencionó anteriormente que pareciera que Arthur renunciaría a ese mundo utópico, le es imposible hacerlo, las imágenes nos lleven a ver a un hombre casi moribundo que de manera estoica siga buscando a Beniamina, lo que hará que se asocie a otro grupo de tombaroli. 

De este modo lo que sería un gran golpe para este nuevo grupo de contrabandistas, se transformará en la última proeza en la vida de Arthur, quien atrapado en una catacumba solo alumbrado por el trozo de una vela de mecha inagotable encuentra aquel hilo rojizo, tomándolo y tirando de él, abre un surco que permite que sea alumbrado por un haz de luz del sol. Esto no solo es la piedra angular que le muestra las puertas para reingresar a ese mundo utópico tan anhelado, sino que desvanecerá la significación de la quimera sobre la imposibilidad. Es aquí donde se responden las preguntas establecidas por Beniamina que dan apertura a la película: “¿Te has dado cuenta de que el sol está aquí?” “¿Estás aquí?” Arthur es capaz de ver el sol a pesar de la oscuridad de su presente y de continuar de manera real aquel sueño interrumpido.

Así, la quimera para Arthur no es solo la admiración por la cultura antigua de los Etruscos, sino que la búsqueda infatigable de aquel amor ausente, su quimera es la brecha que constituye la propia muerte, incluso teniendo que unirse a ella.

La Quimera es el retrato de un zahorí moderno movido por la espectralidad producida por la ausencia de alguien que se ha ido y que no volverá. Arthur es un escapista sin pretensiones materiales propias a la época a la que pertenece. Durante toda la película lleva a una no vida  que está dedicada a la práctica arqueológica la que le permite no aferrarse a nada de manera latente, donde cree que lo digno de seguir son solo sus recuerdos los que se manifiestan a través de sus sueños, los que se presentan como la idealización de una vida utópica. Desde esto último, todo hallazgo es la representación de un (des)encuentro con la propia vida y donde lo encontrado en el subsuelo se traza como un mapa fragmentado sin concebir de manera plena el camino correcto a un destino prometedor. La Quimera es la invitación a no olvidar la esperanza de volver al “paraíso perdido” cueste lo que cueste.

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