El mundo cambió por completo desde que el cine incorporó sonido en sus películas a finales del 1920. Han pasado décadas desde eso, pero la evolución en el uso del recurso músical acompañado de imágenes nos terminó entregando el género del documental de concierto (si es que a eso se puede llamar un género cinematográfico). Si bien es normal que dentro de esa etiqueta se aprecie una forma de dirigir que sea menos adornada y de un estilo más realista, al salir de esos bordes creativos puedes crear imaginativos bodrios o, en el caso de la cinta que nos convoca hoy, grandes obras que cambiaron el cine. No hay punto medio.
No sé ustedes pero yo conocí a los Talking Heads por un capítulo de Doug, ese dibujo animado narigón que daban en Nickelodeon, donde el personaje titular trata de tener una banda y se le ocurre aparecer en sus presentaciones en vivo con un traje excesivamente grande. A mi solo me pareció gracioso, pero mi sabia madre me comentó que eso era una referencia a una banda. Mi vieja no era fan, y hasta el día de hoy probablemente nunca les ha escuchado un disco entero, pero algo conocía de ellos: esa estética representada en el traje grande que usa David Byrne en esta cinta.
Corte al 2023.
Stop Making Sense, el concierto/documental que la banda lanzó junto al director Jonathan Demme en 1984, tiene un reestreno en los cines IMAX gracias a la distribuidora A24 que se consiguió los derechos, la remasterizó e incluso consiguió (en un movimiento que nadie vio venir) reunir a los miembros de Talking Heads para un conversatorio en el Festival de Cine de Toronto. Lo divertido es que, al menos aquí en Santiago de Chile, el breve fin de semana en que estuvo en las salas fue celebrado tanto por los amantes de la música como por los del cine. Y es que si bien el ya mencionado Demme es más famoso por El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), la verdad es que unos años antes ya había dejado su huella en la industria estadounidense gracias a este trabajo.
La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos eligió esta obra para ser preservada en el Registro Nacional de Films por su “significado cultural, histórico y estético”. Es difícil disentir con esa afirmación, ya que Stop Making Sense, más allá del famoso traje icónico que usa Byrne, tiene de todo: momentos humorísticos, bailes, manchas de sudor, pasos marcianos, miradas, sudor en el aire, funk, cambios de vestuario, una banda cohesionada y…¿ya dije sudor? Todo eso se ve en la pantalla, dejando claro que la Biblioteca del Congreso de U.S.A. tenía razones de sobra para sus buenas palabras.

Ritmo sobre género
El genio de Stop Making Sense viene de la combinación de una banda muy motivada (en especial de un David Byrne aún más motivado) a dar un espectáculo lo suficientemente entretenido para que valga la pena hacerlo película; y en el otro extremo un Jonathan Demme que pone todo su cine en la mesa, logrando comprender las relaciones entre los miembros del grupo, filmándolos con el detalle que años después lo llevaría a sus grandes éxitos de ficción, y no solo nos referimos a El Silencio de los Inocentes sino que también el drama legal con connotaciones queer que fue Philadelphia.
Un show especialmente teatral se encuentra con un cineasta muy concentrado. La música más blanca del mundo se junta con la más negra, y todo frente a nuestros ojos.
Por un lado, los Talking Heads estaban en el cenit de sus poderes. Recién habiendo lanzado su disco Speaking in Tongues (1982) — que siempre pelea contra Remain in Light (1980) por ser reconocido como el mejor trabajo de la banda—, la película combina grabaciones de tres conciertos que dieron en Los Angeles para crear el metraje, que en esta reedición 2023, tiene la novedad de contener todas las canciones tocadas en los setlists de esos shows.
La combinación entre la banda de estudio (los notoriamente blancos David Byrne, Tina Weymouth, Chris Frantz y Jerry Harrison) y los músicos invitados para el show en vivo (los notoriamente negros Lynn Mabry, Edna Holt, Alex Weir, Bernie Worrell y Steve Scales) muestra una de las grandes fortalezas de la agrupación, y una de las razones por las que destacaron en su momento como líderes del movimiento New Wave: Su capacidad para combinar sonidos ajenos al mainstream en un resultado pop y bailable, partiendo desde una actitud sin prejuicios que se ve reflejada en la inteligente decisión de, a finales de los setenta, alejarse del rock y concentrarse en ritmos músicales en vez de géneros musicales.
El resultado es una amalgama donde cada sonido tiene su propio color, pero entre todos crean uno nuevo: el del baile. Y al baile no le importa de qué color es tu piel, ya sean los movimientos llenos de actitud del guitarrista Alex Weir y el percusionista Steve Scales; como los pasos marcianos de David Byrne o Tina Weymouth.
Al mismo tiempo, tiene sentido que una banda tan rítmica como Talking Heads tenga una película con un ritmo cinematográfico tan ligero. Si conoces a alguien que es de esas personas que no gusta de ver conciertos en video, Stop Making Sense es una buena oportunidad para tratar de convencerlo de lo contrario. Todo en esta película se mueve de forma rara pero sin pausa, como los bailes de Byrne que, en su obsesión por mostrar el aislamiento del humano en la sociedad consumista a través de actitudes ridículas, termina bailando con una lámpara de pie, golpeándose múltiples veces en la cabeza en una repetición robótica e incluso se pone a correr por el escenario como un poseído por el crossfit, tan común en estos días.
Por lo mismo, la película no sufre al ser vista en 2023. Es más, incluso puede que el visionado cuarenta años después ayude a poner en perspectiva lo novedosa y rupturista que sigue siendo la obra hasta hoy. Una suerte de intento por zamarrear a las audiencias para que pidan mejor calidad: a las bandas mayor creatividad y a las películas más corazón. Todo se encapsula en Stop Making Sense que, irónicamente, hace más sentido ver en una sala de cine llena de otras personas que no pueden evitar moverse. Incluso hubo funciones donde la gente se levantó a bailar en la parte delantera del IMAX. Aunque, si hay algo que se le puede criticar a este reestreno es que se decidió que sólo se pudiera disfrutar en IMAX, quitándole a las salas independientes la oportunidad de mostrar la cinta cuyo público objetivo es, precisamente, el más asiduo a estos cines independientes.
¿Pero críticas duras? Ninguna. Quizás me hubiera gustado ver más de Jerry Harrison y habría cambiado algunas canciones del setlist por otras, pero nada grave. Nada que arruine la experiencia. Y es que buscarle algo malo sería quejarse de lleno, porque aunque no te guste la música de Talking Heads, es innegable lo importante e icónica que es esta película.



